Domingo, 4 de diciembre de 2016

| 1992/04/13 00:00

EL CIRCULO DEL CLIENTELISMO

El clientelista tiene que nombrar a sus clientes, porque de lo contrario no sería reelegido; y sus clientes tienen que reelegirlo, puesto que sólo así pueden conservar su puesto.

EL CIRCULO DEL CLIENTELISMO

POR LO QUE ACABAMOS DE VER EN estas elecciones, en Colombia sólo votan tres electores de cada 10 en las ciudades, y sólo cuatro en el campo. No me parecen pocos. Me parecen demasiados.
Porque lo que ven a diario votantes y abstencionistas, desde hace muchísimos años es el resultado del voto: los elegidos se roban entero el Estado cuya administración les ha sido confiada por los electores. Se lo roban de arriba abajo: los hospitales, las aduanas, las licoreras, los acueductos, el espacio público. Entonces ¿por qué votan esos tres o cuatro que todavía votan? ¿Es que son idiotas?
No. Es peor. Votan porque los elegidos no roban solamente para sí mismos sino también para sus electores, los cuales los eligen no por estupidez, sino por interés. No por civismo o por ingenuidad, sino a cambio de algo. Los electores no regalan su voto, sino que lo venden. Algunos lo hacen directamente por unos miles de pesos (no sé cuál es ahora la tarifa), o aun por menos: por media botella de ron o una camiseta roja de mala calidad, y que destiñe a la primera lavada. Los demás, indirectamente, permutan su voto por una beca para algún hijo en algún colegio departamental, o por un puesto de maestro de escuela o de telegrafista. O, en el peor de los casos, por la promesa de algo por el estilo: dan su voto al fiado.
Pero no lo fían por una promesa colectiva, como la de una carretera o un colector de aguas negras. Porque todos los colombianos saben de sobra -puesto que viven en un país sin carreteras e inundado de aguas negras- que esas promesas electorales no se cumplen jamás. Sino por algo personal: ya digo: lo normal es un puesto público a cargo del erario. No tengo a mano las cifras: pero estoy seguro de que, si se echan cuentas, el número de empleados públicos del país y de sus mujeres coincide exactamente con el número de votantes. Y si hay proporcionalmente más votos en los pueblos que en las grandes ciudades (cuatro en vez de tres) es justamente porque en los pueblos el principal empleador es el Estado. Es decir, los elegidos que controlan los recursos del Estado. En resumen: en Colombia sólo votan aquellos a quienes se les paga por hacerlo. Insisto, me parecen demasiados.
Eso se llama clientelismo.
Lo malo del clientelismo, que a primera vista podría parecer una manera racional y eficaz de organizar la vida política, es que en la práctica la despolitizan: la convierte en una transacción privada en la cual el Estado, los recursos y las funciones del Estado, son solamente la moneda de cambio. El compromiso adquirido por el clientelista elegido queda pagado con el favor hecho a su cliente elector, por cuenta del erario público. No se lo elige para administrar, sino para devolver favores mediante nombramientos. Y a su vez el nombrado no necesita ejercer de telegrafista o de maestro, sino que le basta con haber votado por su nombrador. Para decirlo con el viejo aforismo del cuerpo diplomático: no se lo nombra para prestar servicios, sino por los servicios prestados.
Y eso sucede a nivel estrictamente personal. Nadie, ni el elegido ni el nombrado, tiene obligaciones para con la comunidad cuyos dineros administra o cobra; sino solamente para con su respectivo cliente o clientelista. Lo sorprendente es que, en tales condiciones, quede todavía en Colombia alguien que cumpla las funciones para las que fue elegido o nombrado. Que haya parlamentarios que se ocupen de legislar, alcaldes que se tomen el tiempo de administrar, telegrafistas que transmitan telegramas y maestros de escuela que se esfuercen en enseñarles a leer a los niños.
Porque si por un lado las obligaciones de los unos se reducen a nombrar a quienes los eligen, y las de los otros a elegir a quienes los nombran, por otro lado se trata de obligaciones absolutamente ineludibles. El clientelista tiene que nombrar a sus clientes, porque de lo contrario no sería reelegido; y sus clientes tienen que reelegirlo, puesto que sólo así pueden conservar su puesto. Ese círculo vicioso explica por qué los elegidos son siempre los mismos, y los electores son tan poco numerosos. Y también por qué el Estado, convertido en botín de clientelistas para pagar los votos de sus clientes, no le sirve estrictamente para nada al resto de la nación.
El problema está en que quien se comprometa a desmontar ese dañino sistema de parasitismo no tendrá nunca el poder para hacerlo, puesto que carecerá de una clientela que vote por él.

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