Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2005/06/25 00:00

El país que nos dejan nuestros viejos

"Nos ha tocado vivir un país tan interesante como apasionante. Sus contrastes, sus noticias, sus historias hacen que se pase de la tragedia a la euforia en un abrir y cerrar de ojos". Palabras de Alejandro Santos Rubino, director de SEMANA, en el almuerzo con el presidente Bill Clinton.

Alejandro Santos Rubino

Quiero hablarles desde una generación no sólo nueva sino distinta. Que le tocó en su juventud la caída del Muro de Hierro. Que su París del 68 fue Berlín del 89. Que es menos erudita pero más cosmopolita. Que ya no escribe cartas, pero tiene internet para descubrir el mundo. Una generación que es hija de la generación que está en este salón y que en Colombia ha crecido en una época de momentos muy difíciles y marcados por la violencia.

En los ochentas, la guerra contra los carteles de Medellín y Cali y la diabólica guerra de Pablo Escobar contra el Estado y la sociedad. En los noventas, el auge del paramilitarismo y el desbordamiento de la guerrilla. Y en este siglo, la tenaza de narcotraficantes, paramilitares y guerrilleros. Unas décadas de magnicidios, masacres e intolerancia.

Miedo que no sólo ha vivido Colombia en los últimos años, sino que ha vivido el mundo y especialmente Estados Unidos después del 11 de septiembre. Podríamos decir que somos la generación del miedo. Pero yo diría que ha forjado su carácter en medio de la adversidad y el terrorismo. No es la generación del miedo, sino la generación que aprendió a conocer sus miedos.

Por eso nos ha tocado vivir un país tan interesante como apasionante. Sus contrastes, sus noticias, sus historias hacen que se pase de la tragedia a la euforia en un abrir y cerrar de ojos. De las noticias de los capos de la droga a la majestuosa obra de Gabriel García Márquez; de los ataques de las Farc a los cuadros de Fernando Botero o del terror paramilitar al embrujo de Shakira.

Un país amenazado por poderosos grupos armados y, al mismo tiempo, la democracia más sólida y estable de la región. Unas personas, famosas mundialmente por su crueldad y maldad, y una intelectualidad y clase empresarial respetada y admirada en toda América Latina. Un país con toda clase de problemas y un Presidente con el 70% de popularidad. Ayer, por ejemplo, Bogotá, a pesar de sus problemas de seguridad, fue declarada Capital Mundial del Libro por encima de ciudades como Ámsterdam y Viena. Un día un corresponsal del Washington Post me dijo: "Yo he estado en varios países del mundo y lo que más me impresiona de Colombia es que cuando soy periodista, me siento en Afganistán, y cuando soy ciudadano me siento en New York".

Más allá de los problemas estructurales e históricos que expliquen nuestra realidad, podemos decir que en Colombia la gente es muy seria. Los malos son muy malos y los buenos son muy buenos. País de héroes y mártires, de aplausos y lágrimas. Donde se sufre y se goza pero no se aburre. Por eso, los miles de colombianos que en los noventas se fueron al exterior a buscar un futuro mejor debido a la crisis económica y a la violencia han ido regresando. Porque para un colombiano, el problema del 'American Dream' es empezar a vivirlo.

Yo, Alejandro Santos, colombiano de 34 años, y me tomo el atrevimiento de tomar la vocería de una generación, queremos construir un futuro distinto. No aspiramos a un puesto bien pagado en el extranjero. Preferimos tratar de cambiar las cosas y correr riesgos en el intento.

Pero las cosas en Colombia y en el mundo no están fáciles: terrorismo, miedo, bombas, alertas, amenazas. Y esa es, tristemente la realidad de la generación que ustedes nos heredan. La generación de las utopías nos entregan una realidad casi subrealista. Sólo espero que hagamos con nuestros hijos lo que nuestros padres no pudieron hacer con nosotros: Entregarles un mundo mejor.

*Director Revista Semana

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