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Opinión

  • | 2007/11/11 00:00

    El Polo, el metro y el gobierno de Bogotá

    El Polo tiene la oportunidad de gobernar bien a Bogotá por otros cuatro años y consolidar su opción a la Presidencia en 2010

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Si el Polo Democrático gobierna bien a Bogotá en los próximos cuatro años, el premio puede ser la Presidencia de la República en 2010. Pero esa es la condición: una gestión inteligente y democrática que innove y simultáneamente vele por no echar marcha atrás en el terreno ganado. Un desafío difícil de cumplir sobre todo teniendo en cuenta que los predecesores de Samuel Moreno han puesto la vara muy alta y los bogotanos son exigentes porque ya están acostumbrados a administraciones eficaces.

¿Cuáles son esos logros que se deben preservar? Para mí, el éxito crucial de Mockus fue haber transformado la naturaleza de la relación entre Alcalde y Concejo. Acabó con la lógica clientelista, origen de la gran corrupción en Colombia, por la cual a cambio de favores personales a los concejales (otorgarles puestos a sus recomendados en la administración, darles contratos a sus amigos y otras fuentes de riqueza) el Alcalde de turno lograba pasar sus iniciativas. De ahí, nacía la mala distribución del presupuesto que no se asignaba según el interés público, sino de acuerdo con el interés privado de los concejales. En esa relación malsana también se originaban los malos funcionarios, que se escogían por el número de padrinos que tuvieran y no por el mérito para ocupar el cargo.

Este sano modelo de política se ha mantenido en lo sustancial desde 1995 y por eso, los alcaldes Mockus, Peñalosa y Garzón buscaron a la mejor gente posible para liderar los principales asuntos de la ciudad, y aún cuando se equivocaron no fue porque le dieron “cuotas” a algún político. El Polo debe velar porque Samuel Moreno siga esa línea. Si Bogotá se vuelve un botín de repartija de favores políticos a los congresistas amigos de la línea Moreno dentro del Polo, la gerencia pública decaerá y con ella, el modelo de ciudad tan admirado por el mundo. A juzgar por lo que se sabe hasta ahora, con la ratificación de algunos funcionarios de Lucho, Moreno parece haber arrancado con pie derecho en este sentido.

Una ventaja adicional que le traería al Polo ratificar a los mejores y nombrar a los más brillantes es que le ayudaría a superar la tradicional debilidad de las izquierdas latinoamericanas: como siempre han estado en la oposición, cuando llegan al gobierno carecen de cuadros técnicos con experiencia de gestión pública y pierden tiempo precioso en armar equipos eficaces. En cambio, después de ocho años de administrar a Bogotá por meritocracia, el Polo contaría con suficiente equipo para medírsele a gobernar el país.

El segundo logro de Mockus fue haberle inculcado a los ciudadanos que se acabaron los tiempos del paternalismo y que eran ellos y ellas los llamados a cambiar su propia ciudad, con participación, cambio de actitud en la calle, movilización, pago debido, e incluso adicional, de impuestos, etc. Este espíritu ha se ha mantenido y crecido en lo que hace a la organización comunitaria, pero ha perdido fuerza en la calle. Los bogotanos hemos abandonado el entusiasta espíritu cívico que nos hacía no arrojar basura, respetar la cebra y al peatón, defender el espacio público, ceder el paso en un trancón… La ciudad está más sucia y más agresiva. Allí hay un terreno enorme para templar riendas y volver a despertar el alma de la cultura ciudadana. Moreno necesitará vincular a los bogotanos más creativos para ello.

En mi concepto el aporte fundamental del gobierno Peñalosa a la ciudad fue el de poner al gobierno al servicio de los más pobres. Concentró la mayor inversión en los barrios más marginados: en hacer calles y andenes, llevar acueducto y alcantarillado, mejorar la seguridad, construir colegios y bibliotecas, hacer parques, y por supuesto, en procurar un trasporte digno para la gente, como es el TransMilenio. Las grandes peleas que se dio fueron para hacer valer el derecho de los más débiles frente a los más ricos, como por ejemplo, defendió los bolardos porque estaba del lado de los peatones y no de la minoría dueña de automóviles que estacionaban en los andenes.

Luis Eduardo Garzón no sólo mantuvo esta ruta trazada por Peñalosa sino que la profundizó y la expandió con los premiados programas de Bogotá sin hambre y de lucha contra la deserción escolar. Ese ha sido el aporte fundamental del primer gobierno del Polo: metérsele a los problemas más duros: la pobreza, la desnutrición, la falta de oportunidades para seguir estudiando, la falta de ingresos mínimos para subsistir. Gastarse el dinero de la ciudad para que tenga el mayor impacto sobre el mayor número de habitantes –y en especial lo más desvalidos – ha sido el principio rector de los últimos gobiernos bogotanos y debería seguir siendo así porque es lo que hará sostenible social, política y económicamente a la ciudad.

Es en este campo donde el Polo se jugará su mayor carta en Bogotá en los próximos cuatro años. Si la gente no ve con claridad en la capital que la diferencia de un gobierno de izquierdas es su compromiso serio con una buena gestión a favor del interés público y la transformación social, no va a votar por el Polo en 2010. Por eso, algunas señales que ha dado Samuel Moreno sobre las prioridades de su gobierno en este sentido, deben tener al Polo en alerta.

No se ve, por ejemplo, cómo calza la persistencia de Moreno a favor del metro en un gobierno de corte socialista. ¿Es esa la prioridad de la ciudad? ¿Sería esa inversión multimillonaria la que más cerraría la brecha entre pobres y ricos, entre poderosos y desvalidos? Sólo para tener una idea del costo para la ciudad y de la cantidad de dinero que tendría el Alcalde que quitarle a otros proyectos para financiar el metro, hay que mirar el caso de Medellín. Allí se hizo un metro, mucho más chico que el que se haría en Bogotá y se inició la obra hace más de una década, y sin embargo ha costado 2.500 millones de dólares. ¿Cuánto más costaría el metro de Bogotá?

Pero aún si la capital resolviera endeudarse sólo en los 2.500 millones de dólares que costó el metro de Medellín, podría, en lugar de transportar más rápido a un porcentaje de ciudadanos (quizás ni siquiera a la mayoría), financiar su actual programa Bogotá sin hambre por 27 años, o construir 150 bibliotecas como la Virgilio Barco, o darle vivienda a 125 mil familias bogotanas que no la tienen, o crear dos y medios millones de cupos gratuitos para estudiantes que quieran hacer una carrera técnica o tecnológica; o financiar 250 mil microempresas.

¿Qué prefieren los ciudadanos de Bogotá? Como dijo el profesor de la Esap Jaime Mejía, en un comentario a una columna mía, el metro requiere amplio debate público que incluso termine en consulta popular. Obviamente no se puede consultar sin que antes la ciudadanía conozca lo que implica meterse en esta obra, lo que la ciudad va a dejar de hacer para poder financiar el metro y después subsidiar su operación (prácticamente todos lo metros del mundo son deficitarios).

No entiendo por qué Moreno parece casado con el Metro, como si tuviera un compromiso ineludible de antemano, Allí es donde el Polo debe hacerse sentir para que el Alcalde no pierda la perspectiva sobre lo que debe ser prioritario en el próximo gobierno de Bogotá. Es el Polo el que debe gobernar la ciudad, no la nostalgia anapista de macroproyectos. Y su desafío hoy en Bogotá es profundizar un modelo exitoso no clientelista en lo político, que incentive una real democracia de ciudadanos, y que busque la igualdad económica y social. Si derrocha gran parte de los recursos y esfuerzos de su segundo gobierno en proyectos que, como el metro, no contribuyen a ninguna de éstas tres metas, le quedará bien difícil convencer a los colombianos en el 2010 de que puede ofrecerles un gobierno realmente alternativo.
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