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Opinión

  • | 2013/06/16 00:00

    En el desierto político

    La disputa está planteada entre el presidente Juan Manuel Santos y su primo Pacho, un dúo que en sí mismo revela el desierto en el que estamos.

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Alguna vez le oí decir al profesor Jesús Martín Barbero que la política es la puesta en común de sueños de sociedad, pero que los políticos se la tomaron y expulsaron de ella al ciudadano. Para no generalizar, digamos que la gran mayoría de los políticos usan a la gente para hacerse elegir a través de remedos de partidos donde impera la pragmática y la conveniencia.

Por truculenta y tramposa, la política ha sido en Colombia una actividad peligrosa, para quien la ejerce –más de 3.000 líderes de todos los partidos y filiaciones han sido asesinados en los últimos 28 años– y para quien la sufre. Basta ir a cierto pabellón de La Picota para darse cuenta a qué se dedicaban muchos de nuestros más insignes representantes del pueblo. Desde narcotráfico hasta el planeamiento de masacres, pasando por robos de tierras, carruseles y demás barbaridades.

En esas circunstancias, no hay quien se arrime a la política. Excepto, por supuesto, los políticos.

Aun así, de vez en cuando surge una idea capaz de movilizar a la sociedad y lanzarla a la calle en busca del cambio. De vez en cuando surge una esperanza. Eso ocurrió hace cuatro años con la malograda Ola Verde, que puso en jaque al establecimiento con sus demandas de transparencia y contra la corrupción. Aunque no duró mucho, la campaña Verde demostró que era posible enfrentar con imaginación las mañas de los políticos.

En contraste con las anteriores elecciones, el panorama actual es desolador. La disputa está planteada entre el presidente Juan Manuel Santos y su primo Pacho, un dúo que en sí mismo revela el desierto en el que estamos. El uno le ofrece al país la vieja fórmula de la guerra como solución a todos sus males. El otro, además de sus delirios de grandeza, una paz exprés, con reformas parciales. Michicatas.

Por el lado alternativo la cosa no mejora. Antonio Navarro propone una consulta del centro y la izquierda para elegir un candidato único a la Presidencia; mientras Iván Cepeda busca reunificar a la misma gente que hasta hace poco se sacaba los ojos en el Polo Democrático Alternativo. Dos iniciativas loables que, sin embargo, apelan a lo mismo de siempre: acuerdos de última hora para solucionar las premuras electorales de un puñado de dirigentes.

No sabe uno alrededor de qué plataforma, de qué programa audaz, de qué idea. O si lo que se busca es juntar los votos necesarios para sobrevivir apenas. Para cruzar el umbral que salvará unas cuantas curules. No más.

Ojalá estos acuerdos prosperen. No obstante, creo que son insuficientes. En un país con 5,5 millones de víctimas, con miles de mujeres abusadas, con una educación de baja calidad, una salud colapsada, quienes claman por una tercería deberían estar en la calle escuchando a la gente, construyendo con ella un ideario, unas formas novedosas de participación. Renovando los liderazgos, oxigenando los discursos. Haciendo, perdonen el sacrilegio, sus propios talleres democráticos.

La política es la verdadera antagonista de la guerra. Es su antídoto. El único instrumento civilista que posee esta sociedad para afrontar la tarea del cambio social. Pero tiene que volver a ser una puesta en común de sueños. Un ejercicio ciudadano, y no una simple aritmética electoral. No sólo un asunto de los políticos.
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