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Opinión

  • | 2010/09/03 00:00

    ¿Es mejor seguir casados?

    Estudios realizados en EE.UU. han demostrado que los beneficios de permanecer en el matrimonio se distribuyen de manera inequitativa entre los miembros de la familia.

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El artículo publicado por ustedes titulado “Mejor Juntos” genera varias inquietudes.
 
En primer lugar, a pesar de que el texto introduce las críticas de Stephanie Coontz y Allen Li a los planteamientos de Wilcox, por su título, su introducción y conclusión deja la impresión al lector de que el matrimonio es siempre beneficioso para la salud física, mental y económica de los padres y los hijos.
 
Estudios realizados en EE.UU., el mismo contexto en el que experto ha llevado a cabo sus investigaciones, han demostrado que los beneficios de permanecer en el matrimonio se distribuyen de manera inequitativa entre los miembros de la familia. Es así como los hombres casados tienen mejores condiciones de salud física y psicológica que los hombres solteros, mientras que se encuentran resultados opuestos en el caso de las mujeres. Las mujeres casadas enfrentan más dificultades de salud física y mental que las mujeres solteras. A pesar de que en EE.UU. se ha observado una tendencia hacia una mayor equidad en este sentido (entre 1995 y 2006), no existen estudios concluyentes al respecto.

Por otra parte, aunque existe un importante número de estudios que defienden la hipótesis de que el divorcio en sí mismo es perjudicial para el desarrollo de los hijos, existen críticas y revisiones empíricas que ponen en tela de juicio dichos presupuestos. Más que un asunto de sentido común, los teóricos sobre familia han encontrado que es el conflicto entre los padres y no su situación marital (estar casados, separados o divorciados) lo que tiene efectos sobre el bienestar de los hijos. Adicionalmente, teóricos como David Demo de la Universidad de Carolina del Norte, han cuestionado las metodologías utilizadas en los estudios sobre divorcio y sus efectos sobre los hijos. Esto debido a que en los hijos de padres divorciados no se encuentra una distribución normal de los “síntomas”; por el contrario, los hijos de padres divorciados se encuentran en dos extremos del continuo: una parte de los hijos están en muy buen estado físico y psicológico; y otra están muy mal.

Adicionalmente, vale la pena analizar el planteamiento de que el matrimonio es beneficioso en términos económicos y el divorcio no lo es. Es un hecho que el divorcio afecta las finanzas de hombres y mujeres. Sin embargo, suelen ser las esposas quienes quedan en una situación económica mucha más desfavorable. Pero esto no debería significar en todos los casos que es mejor seguir casados. Más bien debería implicar revisar tanto las leyes de distribución de los bienes después del divorcio, como las decisiones que toman los jueces de familia en dichas circunstancias. Así como las condiciones en las que entran económicamente las mujeres al matrimonio, y las posibilidades de recuperarse económicamente que tienen ellas después de salir de él.
En segundo lugar, parece importante preguntarse de qué manera se pueden aplicar a las familias colombianas las conclusiones que se han derivado de investigaciones sobre familia, matrimonio y divorcio en los Estados Unidos.

Las diferencias socio políticas, económicas y culturales entre Estados Unidos y nuestro país son importantes en términos de las familias. Entre otros factores, la marcada cultura individualista y la religiosidad de los estadounidenses ameritan por lo menos hacerse la pregunta sobre hasta dónde o en qué sentido vale la pena tener en cuenta las investigaciones que en este contexto se han realizado sobre la familia. Por ejemplo, frente a la preocupación que existe sobre el ‘madresolterismo’ y sus efectos perjudiciales en los hijos, cabe la pregunta de si en un contexto como el colombiano en donde los abuelos, los tíos, los primos y los vecinos siguen manteniendo vínculos de apoyo importantes, la ausencia de uno de los padres en la crianza resulta menos problemática que en un país donde el sentido de autonomía y la movilidad geográfica hacen que los vínculos con la familia extensa y la comunidad sean escasos.

Finalmente, vale la pena preguntarse por el lugar que ocupa Bradford Wilcox dentro de la comunidad académica norteamericana. Como lo plantea el artículo, el profesor Bradford Wilcox es el director del programa National Marriage Project, que actualmente está radicado en la Universidad de Virginia. Dicho programa se autodenomina no partidista y no adscrito a una corriente religiosa en particular. Sin embargo, la historia del programa indica un origen claro en el espectro político. El proyecto fue creado en 1997 por David Popenoe, académico y político republicano, y Barbara DaFoe Whitehead, periodista. La mayor parte de sus investigaciones fueron financiadas por el gobierno del presidente Bush, bajo una campaña por hacer el matrimonio la única opción de familia. Si bien algunos lectores podrán estar de acuerdo con los presupuestos ideológicos que fundamentan los estudios de Wilcox y el proyecto que lidera, resulta importante que los lectores tengan oportunidad de conocer el contexto en el que se han generado los proyectos de investigación y la teorización sobre familia que se presenta en el artículo.

*Psicóloga, especialista en Terapia Sistémica, magíster en Psicología Clínica y estudiante de doctorado en Terapia Familiar.

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