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Opinión

  • | 2001/04/23 00:00

    George por dos

    El ex Beatle George Harrison y George Martin, productor del mítico grupo, hacen noticia con dos discos.

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Los Beatles se separaron oficialmente hace casi 31 años pero lo que se teje alrededor de ellos sigue siendo fuente inagotable de noticias. A mediados de los 90 la conmoción corrió por cuenta de la serie Antología, que conformaban, por un lado, los videos que contaban su historia y, por el otro, los tres CD dobles con demos y tomas desconocidas (salvo para los consumidores de discos piratas). Antología volvió a ser noticia el año pasado bajo forma de autobiografía oficial del grupo, en especial por sus más de 1.000 fotografías, gran parte de ellas inéditas.

En 1999 a los mercaderes de Apple Records se les ocurrió inventarse un nuevo disco del Submarino amarillo y, de paso, relanzaron la película en versión restaurada. El año pasado el turno fue para 1, un CD que reúne las 27 canciones del cuarteto de Liverpool que llegaron al primer lugar en las listas de éxitos de discos sencillos de Estados Unidos y/o Gran Bretaña. Aunque el disco no traía nada nuevo para los coleccionistas resultó ser un colosal éxito de ventas en todo el mundo.

Pero ahí no para la cosa. En las últimas semanas han aparecido dos discos muy ligados a la leyenda de los Beatles. Y ambos tienen en común que sus protagonistas se llaman George. Uno de ellos es Harrison, el ex Beatle. El otro es Martin, el productor del grupo y considerado por muchos como ‘el quinto Beatle’.



George, el talento oculto

En diciembre de 1970 apareció un álbum que deslumbró al mundo por punta y punta. Por un lado, era un álbum triple –una aventura comercial en la que muy pocos artistas se arriesgan-, y, por el otro, resultó ser un gran álbum. Su nombre, All things must pass. Su autor, George Harrison, el Beatle tímido, el que pocas veces había logrado que sus composiciones tuvieran cabida en los discos de los Beatles. Pues bien, George se dio el tremendo gusto de demostrarle al mundo que era un compositor de la talla de John y Paul. Al menos eso se pensó en aquel momento. Luego los posteriores álbumes de Harrison se encargarían de demostrar que en realidad no era tan ‘genio incomprendido’. El hecho es que en diciembre de 1970 George barrió y trapeó con sus antiguos compañeros, cuyos álbumes no le daban ni al tobillo en calidad ni en cantidad a aquel prodigio de Harrison.

El gran gancho de All things must pass era My sweet lord, una canción que sonaba a cada rato en las emisoras de todo el mundo y que, de acuerdo con el dictamen de un juez tras cinco años de querellas judiciales, resultó ser un plagio del tema She’s so fine, interpretado a finales de los 50 por un grupo vocal femenino llamado The Chiffons.

Pero All things must pass era mucho más que My sweet lord. Ahí estaban varias canciones memorables, como la propia All things must pass, What is life, Beware of darkness, Wah-wah, Awaiting on you all, Apple scruffs, If not for you (una composición de Bob Dylan), I’d have you anytime (escrito por Dylan y Harrison)… Eso en los dos primeros vinilos. El tercero, que Harrison no se lo cobraba al comprador, era una serie de deliciosos jam sessions donde salía a relucir el talento improvisador de los amigos de Harrison que colaboraron en las grabaciones de aquel álbum. Y vaya amigos: los guitarristas Eric Clapton (que no aparecía en los créditos por razones legales entre los sellos disqueros) y Dave Mason, los bateristas Ringo Starr, Jim Gordon y Alan White, el tecladista Billy Preston, Jim Price (trompeta), los bajistas Carl Radle y Klaus Voormann (el que se hizo amigo de los Beatles en Hamburgo y les dibujó la carátula de Revólver), Bobby Keys (saxofón)… nombres que de pronto no le dicen mucho a los más jóvenes pero que eran verdaderas leyendas vivientes en la época, ya sea como integrantes de bandas famosas de aquel entonces (Traffic, Yes, Delaney and Bonnie, Dereck and the Dominos, la Grease Band de Joe Cocker) o por ser músicos de sesión que participaron en las grabaciones de varios de los grandes discos de comienzos de los 70. Para completar la galería de famosos el productor era Phil Spector, considerado por los historiadores como uno de los personajes más decisivos de la historia del pop y creador del legendario ‘wall of sound’ (pared de sonido).

Harrison no volvió a grabar un disco como este. De tarde en tarde escribió buenas canciones pero jamás acumuló un material tan consistente como el de All things must pass. Por ese motivo, 30 años después del superéxito de My sweet lord, se lanza esta edición conmemorativa, en la que Harrison agradece a quienes participaron de ella (entre ellos Phil Collins, quien entonces tenía 20 años y tocó percusión en la canción The art of dying) y en la que, además de explicar los pormenores de la grabación del disco, también confiesa que estuvo tentado de remezclar algunas canciones y quitarles el exceso de orquestación y reverberación propios del sonido de aquella época. El disco trae, además, un tema inédito, un par de pistas instrumentales que no se utilizaron y una nueva versión de My sweet lord, en la que Harrison se aleja al máximo de la melodía original, la que dio origen a la demanda de The Chiffons. También se presenta la versión sin recortar del jam session del tercer vinilo de la edición original.

Otro detalle divertido del disco está en la caja, en la que Harrison no sólo coloreó la portada original del álbum (una foto en sepia tomada en su propiedad de Friars Park), sino que en los sobres de los discos y el libreto les fue agregando progresivamente edificios y chimeneas hasta quedar bajo la sombra de un viaducto. De este modo Harrison quiso llamar la atención acerca de la invasión de concreto y ladrillo que ha destruido tantos paisajes en todo el mundo en estos últimos 30 años.



El otro George

Y mientras el George de Liverpool conmemoraba los 30 años de su obra maestra el George de los estudios de grabación de Abbey Road se dio a la tarea de rendirle homenaje a los Beatles con un álbum titulado In my life. En él George Martin, el mítico productor de todos los álbumes de los Beatles salvo Let it be, reunió a cantantes, músicos y actores de cine y televisión para que interpretaran diversos arreglos que él hizo de sus canciones favoritas de los Beatles, más un par de temas de su propia autoría: una adaptación de la música incidental para orquesta de la banda sonora del Submarino amarillo y Friends and lovers, un tema que Martin escribió poco después del asesinato de Lennon y que nunca había utilizado.

Martin logró reunir en este disco al actor Robin Williams y al músico de jazz Bobby McFerrin (¿Se acuerdan? El de Don’t worry, be happy) para que canten Come together. Jim Carrey, el de La máscara, canta I am the walrus. Sean Connery recita el texto de la canción In my life. Celine Dion interpreta la balada Here, there and everywhere, Goldie Hawn interpreta una versión muy jazz de A hard day’s night. Dos grandes guitarristas, Jeff Beck y John Williams, interpretan versiones instrumentales de A day in the life y Here comes the sun. La violinista Vanessa Mae interpreta Because, Phil Collins se encarga de los tres temas finales de la célebre ‘suite’ de la cara B de Abbey Road.

Como suele ocurrir con este tipo de discos, la convivencia de tantos estilos genera un trabajo dispar cuyo principal valor, además de la reunión de estrellas y el tono fresco y nada pretencioso de la mayor parte de las canciones, termina siendo el gesto de Martin de decirle adiós a la producción con un disco creado y pensado por él y no con un encargo cualquiera. Martin, al fin y al cabo, ha sido uno de los grandes personajes de la industria discográfica y sus aportes a la evolución del rock y del pop como productor y a la vez compinche de los Beatles es imposible apreciar en su verdadera dimensión.
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