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Opinión

  • | 2015/06/09 09:50

    Los demonios de Yesid

    45 días después de haber confesado ser el autor de una falsa amenaza contra siete periodistas Yesid Toro perdió su vida. Está bajo tratamiento siquiátrico, su esposa e hijos lo abandonaron y cuando sale a la calle lo hace disfrazado y utilizando otro nombre.

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En noviembre del 2014 los nubarrones que agobiaban la vida de Yesid Toro parecían esfumarse. Su jefe lo había llamado a ofrecerle un aumento de sueldo; por esos días recibía regalías por la venta de su libro ‘Complot para matar al diablo’; además, un señor lo había contactado con una oferta para que escribiera un nuevo libro el cual venderían en Estados Unidos. Con estas noticias pudo renegociar con el banco las deudas que lo tenían asfixiado. Eran excelentes noticias después de un año lleno de problemas. Su carrera como periodista estaba bien consolidada y la de escritor despegaba a buen ritmo.

Sin embargo, las buenas nuevas lo atormentaban, su mente se transportaba una y otra vez a la mañana del 29 de septiembre del 2014. Ese día se sentó frente al computador, buscó en Internet logotipos de bandas criminales y se sentó a redactar una amenaza contra 7 periodistas. Henry Ramírez, Cristian Abadía, Gildardo Arango, Julio César Bonilla, Óscar Gutiérrez, Álvaro Miguel Mina y Darío Gómez. Todos eran amigos cercanos o buenos colegas de Yesid. También incluyó su propio nombre.

Los declaró objetivo militar y los sentenció diciéndoles: “Al que incumpla la orden de callar se le dará de baja y van a ser acribillados". Y firmó como la banda “Los Urabeños”.

“Lo hice todo por un hijueputa carro, uno que ni siquiera cuesta diez millones de pesos”, repite una y otra vez Yesid. Se refiere al vehículo que alquilaba con el dinero que le había dado la Unidad Nacional de Protección a finales del 2013 cuando fue víctima (real) de unas amenazas a raíz de un libro novelado sobre el sicariato en Cali. “Era además un carro viejo que si hubiera sido juicioso y hubiera ahorrado me lo podría haber comprado por mis medios”, rezonga Toro.

Han pasado 45 días desde que Yesid admitiera su delito: “Profundamente avergonzado me dirijo a ustedes para confesarles que fui el autor del panfleto que contenía amenazas en su contra”. Asegura que la amenaza la escribió solo, sin ayudas y que también decidió contar la verdad porque no podía con la carga de lo que le había hecho a sus amigos.

Desde ese día, Yesid cuenta por decenas los episodios de ansiedad que ha sufrido, toma medicamentos y está bajo tratamiento siquiátrico; su esposa le dijo que ni ella ni sus dos pequeños hijos podían seguir viviendo con él. Pasa largos periodos de  encierro en una habitación porque teme salir a la calle, y las pocas veces que ha decidido hacerlo utiliza disfraces y se presenta con un nombre distinto para que nadie pueda identificarlo.

Repasando sus acciones, Yesid menciona las palabras “idiota” y “sin inteligencia” de manera repetitiva. Se siente estúpido por haber deseado tanto mantener un carro y un hombre de protección para así conservar el status. No duda en reconocer todos los errores que cometió, no solo al momento de escribir la amenaza sino durante las semanas previas. Dice que sentía soberbia, que había empezado a escribir para que lo adularan. Quería restregarle a la gente que a sus 38 años “ya era alguien”, a pesar de no tener título universitario y de haber vivido una infancia dura, tan difícil que merecía ser escrita, como lo hizo en el libro ‘Las aguas turbias’.

El falso panfleto es un hecho sin precedentes en la historia de violencia contra periodistas. En los últimos 3 años la Fundación para la Libertad de Prensa FLIP ha documentado 200 amenazas contra periodistas, cuatro han resultado auto amenazas, pero ninguna afectaba a otras personas. Como bien sintetiza el CPJ - The Committee to Protect Journalists- los ataques inventados como el de Yesid son muy graves porque a pesar de que son una excepción terminan encubriendo y desviando la atención sobre los peligros reales contra los periodistas. (https://cpj.org/es/2015/05/ataques-inventados-por-periodistas-colombianos-enc.php)

Pero más allá de los efectos colaterales la invención de Yesid perjudicó de manera directa la vida de 7 periodistas, tres de ellos de Buenaventura, ciudad en la que confluyen todas las miserias de Colombia y donde el periodismo se ejerce en las peores condiciones.

Henry, amigo cercano de Yesid, comenzó a llamarlo muy seguido después de conocer la amenaza. Con voz angustiosa le decía que no podía más, que estaba muy asustado, que había tenido que dejar de trabajar y que no tenía dinero para llevar a su casa. Cristian, de Buenaventura, empacó sus cosas y reinició su vida en otra ciudad. Al resto, la falsa amenaza les significó incontables angustias.

El futuro de Yesid es incierto. La Unidad Nacional de Protección lo demandó penalmente por el detrimento patrimonial de 114 millones de pesos, derivado de los esquemas de seguridad que tuvo que implementar. Además, varios de los periodistas afectados han expresado su deseo de demandarlo. Sin embargo, ni Yesid ni su abogado han recibido ninguna notificación. El miedo a  afrontar la cárcel es otro de los demonios que día y noche lo atormenta.

La historia de Yesid sucede cuando el programa de protección a periodistas atraviesa por su peor crisis, coincidiendo con sus 15 años de creación. Es hora que el gobierno del presidente Santos haga una evaluación tanto de la UNP como entidad como de la efectividad del programa. Deberá revisar si entregar subsidios económicos es una forma de disminuir el riesgo o si por el contrario es lavarse las manos y darle la oportunidad para que las víctimas lo utilicen como un ingreso económico y exageren las amenazas que sufren. También deberá evaluar la perversión que genera que en un país de siete millones de víctimas, el Estado entregue costosos esquemas de seguridad pero al mismo tiempo condene a esas víctimas a la impunidad, pues para esos millones de colombianos la justicia no aplica.

(*)Fundación para la Libertad de Prensa
@Goodluck_bock
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