Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2016/05/10 16:54

Santos y el liberalismo

De los partidos que apoyan a Santos solo el Liberal tiene la vocación y probabilidad de defender su obra, porque los demás tienen poca posibilidad de permanecer o están en otra cosa.

Juan Fernando Londoño. Foto: Daniel Reina Romero

El Presidente Santos es lo que podría llamarse un liberal clásico. Defensor de las libertades públicas y privadas y partidario del mercado como mecanismo principal para la asignación de bienes y recursos. Su trayectoria también muestra sus credenciales como liberal, partido en el cual militó hasta que sus cálculos políticos lo llevaron a apoyar a Uribe y ser su ministro de Defensa. Sin ese cálculo nunca habría sido Presidente, pero una vez fue elegido volvió a ser él mismo.

Para poder gobernar el Presidente ha buscado coaliciones y acuerdos, pues en un sistema multipartidista no podría ser de otra manera. Pero de los partidos de la coalición el Liberalismo es el más importante por una razón muy sencilla: es el único que puede defender su legado hacia el futuro. Por esta razón, los disgustos entre el Presidente y el Partido Liberal son más el resultado de un exceso de expectativas que de una mala relación. Cuando alguien a quien se quiere no se comporta como esperamos genera más intensidad en los sentimientos que cuando lo hace alguien con quien no tenemos afectividad. Esa es la razón de la tensión reciente entre el partido liberal y el Presidente, pero para el bien de ambos y del país, la relación debe ser reparada.

De los partidos que apoyan a Santos solo el Liberal tiene la vocación y probabilidad de defender su obra porque los demás tienen poca posibilidad de permanecer o están en otra cosa.

El partido de La U, si bien es el mayor de la coalición, no sobrevivirá dos elecciones más. Probablemente llegue todavía a las elecciones de 2018, pero su falta de historia, de propuesta ideológica y escasez de lideres lo llevan a tener una presencia efímera en el firmamento de la historia política colombiana. El partido de La U es una amalgama de barones electorales y cuando entren en vigencia las nuevas reglas electorales que se derivarán de la paz buscarán el árbol que más sombra provea. En cinco años no existirá y no podrá defender y ni siquiera recordar la obra de Santos. No tendrá ni siquiera una sede para colgar su cuadro.

El Partido Conservador ni siquiera ha estado unido en la defensa del Presidente, mucho menos pensar que pueda incluirlo en los anales de su historia. Tampoco creo que ese sea el sitial que busca el Presidente.

Cambio Radical tiene vocación política propia. Existe para elegir a Germán Vargas Lleras, y dentro de la coalición se comporta como una rémora, aprovechando el impulso del gobierno mientras le sirva a las aspiraciones de su jefe. Cuidándose de no desgastarse en la defensa del Presidente y atentos para desprenderse de él. La presencia del Vicepresidente en el gobierno está en cuenta regresiva y probablemente se dará en cuanto empiece la campaña por el plebiscito pues no querrá asumir el costo político de jugársela por la paz, como no lo ha hecho hasta ahora. En los salones de Cambio Radical solo habrá espacio para una foto: la de Vargas Lleras. Y de llegar a ganar seguro contará con el Liberalismo en su propia coalición.

Le queda pues al Presidente sólo una opción para el futuro: el Partido Liberal. Los resquemores recientes son solo pequeñas escenas de celos del novio que en la fiesta siente que le dan demasiada atención a los invitados y poca al anfitrión, pero una vez salgan los invitados vendrá la reconciliación.

Para que esa reconciliación llegue son necesarias dos cosas. Primero, como en cualquier terapia de pareja, mejorar el diálogo. El Presidente debe abrir la puerta para el contacto directo con el liberalismo. Ojalá lo haga empezando por asistir al próximo Congreso liberal y planteando su visión, no sobre la coyuntura sino sobre el futuro y el papel que el liberalismo jugará en él. Segundo, el partido liberal tiene que clarificar sus posiciones políticas frente al país. El apoyo al gobierno no significa la sumisión frente a sus decisiones. Tomar distancia en lo que corresponda y seguir su apuesta firme por la paz no significa una ruptura con el gobierno, sino una oportunidad para que el liberalismo se reencuentre a sí mismo y renueve su vocación socialdemócrata.
El futuro de Santos y del liberalismo están atados y ninguno de los dos debe olvidarlo.

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