Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2016/03/07 09:26

La grandeza ante las dificultades

El ferrocarril y el canal francés son partes fundamentales de la historia de nuestro país, pero se olvidan con frecuencia los visionarios dirigentes que las pusieron en marcha.

Julio Londoño Paredes.

En Colombia y en el mundo hay alarma por el zika. Hace poco fue por el chikunguña y antes por el dengue.

Esta coyuntura hace recordar que Colombia durante el siglo XIX, azotada por el paludismo y la fiebre amarilla que generalmente conducían a la muerte y en medio de las guerras civiles que azolaron al país, emprendió obras extraordinarias que pusieron de relieve la visión de los gobernantes de la época y el temple de un pueblo.

Una de ellas, el ferrocarril para unir por Panamá al Atlántico con el Pacífico, la primera vía interoceánica que se construyó en el continente.

Mientras que los Estados Unidos e Inglaterra pugnaban por el control del istmo centroamericano, el genial Tomás Cipriano de Mosquera considerando con razón que para Colombia con sus dos costas era fundamental la comunicación interoceánica, en 1848 durante su primera presidencia, concertó con un grupo de inversionistas encabezado por el norteamericano William A. Aspinwal, un contrato para la construcción del ferrocarril. Fue inaugurado el 28 de Enero de  1855, hace más de 150 años sin boato y sin sostener que se trataba de una obra “histórica”.

Atravesaba una de las zonas más malsanas del continente. Los nativos y los negros antillanos que fueron llevados como obreros, caían víctimas del paludismo y de la fiebre amarilla. La empresa resolvió entonces “importar” trabajadores chinos de Cantón. Sin embargo la situación con ellos se agravó, ya que fueron incapaces de resistir las enfermedades y morían por decenas: solamente unos 200 sobrevivieron. Algunos exagerando, afirmaron que en la construcción había habido tantos muertos como traviesas tenía el ferrocarril.

La obra, adelantada por una concesión similar a las que se utiliza hoy para construir y mantener carreteras, maravilló al mundo. En sus primeros años de operación más de 750 millones de dólares en especies fueron transportados y cerca de 400.000 pasajeros lo utilizaron.  Aunque para el gobierno no se derivaron mayores ganancias económicas, la existencia y operación del ferrocarril fue un motivo de orgullo nacional y una ilusión de avance hacia el progreso.

Tiempo después en 1878, Colombia durante dio otro paso aún más importante y otorgó una nueva concesión ahora a los franceses para la apertura de un canal interoceánico, paralelo al ferrocarril, denominado luego “el canal francés”. Aunque fue en su momento la más extraordinaria obra de la ingeniería mundial, tras siete años de trabajos y afectada también por el paludismo, la fiebre amarilla, los deslizamientos, los torrenciales aguaceros y la mala administración, la compañía constructora quebró en medio de un monumental escándalo. Los trabajos hasta entonces realizados serían utilizados por los norteamericanos para la conclusión del canal.

El ferrocarril y el canal francés son partes fundamentales de la historia de nuestro país y mucho se ha escrito sobre ellos.  Sin embargo se olvidan con frecuencia la grandeza de los dirigentes colombianos visionarios de ese entonces y el extraordinario valor de nuestros compatriotas que desafiando las dificultades acometieron, incluso con pica y pala, obras que sorprendieron al mundo.

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