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Opinión

  • | 2006/06/12 00:00

    La legalización de la droga y el ilusorio mundo del ingenioso Lache Camba (Por Pascual Perry)

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Ante la insistencia de algunos en convertir el negocio de la droga en una actividad legal, siento la necesidad de participar en el debate sobre este tema de terribles consecuencias para Colombia y en general para toda la humanidad. Me resisto a creer que el periodista Lache Camba (nombre ficticio construido a partir del que él utiliza para su columna en uno de los más importantes periódicos colombianos) se haya inspirado en la mala fe o que tenga algún interés creado en el consumo directo.

Es ya conocido que en esta cruzada a favor de la legalización, el periodista Lache Camba está acompañado de artistas de renombre e intelectuales con gran influencia en la opinión pública, entre éstos nuestro más famoso novelista, quien al verse cuestionado cuando manifestó su apoyo a la legalización tuvo la cobardía de decir que no dijo lo que escribió o mandó a escribir. A nuestro periodista de marras, al menos, se le puede abonar su sinceridad que llega a ser tan extrema que se convierte en cinismo desvergonzado. Repasemos algo de lo que escribió en su artículo del 19 de Abril del 2006, “La lucha contra la droga: hagámonos pasito” “...Existe una manera de minimizar sus efectos nocivos, quitar de en medio a los hampones y despojarla del vicioso carácter de negocio prohibido: legalizarla...”.“...La legalización llegará tarde o temprano...” “…Mientras llega la legalización, tratemos de no acabar con Colombia…”Qué ingenuidad, qué iluso es nuestro famoso periodista Lache Camba.

Supongamos que argumentos tan “poderosos” y “sabiamente” esgrimidos convencen hasta al más reacio, por tanto, parémosle la caña al periodista y levantemos la varita mágica de la legalización como la más genial solución a este problema. Entonces, después de pasar por todo el trámite legislativo y presidencial esta ley, que convierte el negocio de la droga en una actividad legal, entra en vigencia en nuestro atribulado país.

Confiados en “la ley lachecamba” (bauticémosla así en honor a su conspicuo inspirador) no nos dejaremos asustar del escenario al cual estaremos enfrentados, cuando la droga pase de la canasta putrefacta y maloliente guardada en el oscuro socavón de la ilegalidad a la canasta familiar plena de legalidad al lado de la panela, el arroz, la papa, la arepa y el chocolate. Por supuesto que al principio no todas las familias podrán incluir la cocaína (nombremos sólo a ésta para abreviar) en la canasta dado su alto costo. Con lo que cuesta un gramo se puede comprar panela, chocolate y papas por bultos y alimentar a muchas familias, además de la propia. Pero como sucede con todo producto de gran demanda, los precios bajan con una buena producción, pues aquí también se cumplen las mismas leyes de la oferta y la demanda, como ocurre con todos los productos de la canasta, además de los libros, los zapatos y las indulgencias. ¿ O será que, como creen Lache Camba y los que pratrocinan su despropósito, basta que la droga se legalice y automáticamente se eliminan las leyes del mercado y desaparece la tragedia humana detrás del consumo, que es precisamente el meollo del asunto?

¡Ah!, y por fin sabremos que los drogadictos de todo el mundo sólo estaban esperando precisamente eso para curarse, que con la legalización iban a desaparecer las causas síquicas, sociales y económicas, entre otras, que originan el consumo y lo exacerban. Ya no habrá más evasión ilusoria, no más volados nadaístas; no más hogares destruidos y violencia familiar; no más tragedias personales que falsamente son ahogadas en ríos de droga. Y por supuesto y lo más importante:“quitaremos de en medio a los hampones”, como escribe nuestro genio de la pluma, Lache Camba.

Como el negocio seguirá siendo tan bueno como cuando era ilegal, con la diferencia que ahora el Estado colombiano entra como agente directo al cobrar los respectivos impuestos, es necesario tener una estricta regulación del mercado, la cual puede ser ejercida de común acuerdo con proveedores y distribuidores. La regulación con miras a disminuir la oferta sería una ilusión pues, como ocurre con todo producto de gran demanda, termina imponiéndose la necesidad de más ganancias, montando nuevas fábricas que alimenten el consumo, además de las que pueden seguir operando en la selva dada la ventaja comparativa al tener las matas de coca a la mano y a Tirofijo como el gran proveedor.

Estas nuevas plantas de producción pueden ser trasladas a las mismas ciudades ya que las nuevas normas sanitarias exigen más higiene en la producción, lo que es más fácil de obtener en las ciudades que en las selvas, infestadas de mosquitos y culebras con el peligro permanente de enfermedades como la malaria y la elefantiasis a las que se exponen los trabajadores cocaineros. Además, en las ciudades podrá utilizarse materiales de construcción más idóneos como el ladrillo y el cemento y no los bejucos y las enramadas que hacen que los aguaceros y la consiguiente humedad dañen la producción del polvo. Claro que el Estado podría optar por retirar la licencia a estas plantas en la ciudad si se llega a dar, como muchos creen, el gran peligro de explosión durante el proceso productivo y la consiguiente pérdida de vidas humanas.

Como el negocio adquiere estatus, nuestros estudiantes de economía y administración de empresas buscarán donde les paguen mejor al final de sus carreras; por lo tanto, ya no irán a buscar trabajo en las empresas de los capitalistas Luis Carlos Sarmiento y Ardila Lülle sino en las plantas cocaineras recién legalizadas de los emergentes “Pilirrubina” y “Chongolo” donde pagan sueldos de ensueño.

Debo suponer que al periodista Lache Camba, como a todos los mortales, le encanta la platica, pues entonces lo podemos nombrar “Zar de las drogas legales” con sueldo de fantasía al estilo del que se gana el Zar de las ilegales, cargo éste que tendría que desaparecer por obsoleto. Siendo el negocio el más lucrativo de todos, por encima del que tiene montado Chávez con el oro negro y Bill Gates con su Microsoft Windows, pues habrá plata para todos, entre ellos el ejército de cobradores de impuestos quienes con sus enormes volúmenes de recaudos permitirán al Estado dar educación y medicinas gratis a todos los pobres al estilo de las misiones del coronel venezolano. Podremos además financiar, por fin, una red vial con relucientes autopistas, estilo europeo, y lo más importante, sin huecos.Ya los hospitales no tendrán que cerrar al tener con qué pagar la nómina y los que fueron cerrados serán reabiertos. Hasta los artistas pintores se beneficiarán, pues ya no tendrán que pintar con pincel y óleo y otros materiales caros, sino que llenarán sus lienzos de hojas de coca pegadas con plastilina formando caras de hombres y mujeres valientes como el que recibió el presidente Uribe de su colega Evo para lo cual no faltará el motivo, pues toda la historia del continente americano está llena de héroes.

Y los capos, los que no están en el cementerio, podrán ser sacados de las cárceles en Colombia o re-extraditados desde Estados Unidos y reivindicados y, gracias a sus enormes conocimientos, serán enganchados al negocio. Ahora, si éste se legaliza globalmente, los re-extraditados se dedicarán a dictar conferencias sobre el tema en Estados Unidos y Europa que es donde mejor pagan. Y no sería nada raro que muchos científicos se llenarían de entusiasmo (algunos ya volados) y se dedicarían a investigar sobre las propiedades curativas del níveo, polvo éste que puede terminar convirtiéndose en la panacea que nos salvará del cáncer, del sida, la tuberculosis y de tantas otras enfermedades terribles.

Este escenario es aún más complicado y tenebroso, según el papel que Estados Unidos juegue. Dado que sin el apoyo de este país no se puede pensar ni en legalizar, pues, de hacerlo unilateralmente, terminaríamos convertidos en peores parias que los de aquella época nefasta, cuando fuimos incluidos en la lista negra. Ya no sólo nos mirarían mal y seguirían rompiendo nuestras maletas en los aeropuertos, sino que, por añadidura, nos escupirían y patearían como a perros sarnosos.

Con la legalización estaríamos, pues, al borde del abismo; un empujoncito más y allá caemos todos: Lache Camba y demás seguidores y también nosotros, ¡qué lástima!, pues de nada nos habrá servido haber estado en contra de semejante desvergüenza.

Espero que nuestro famoso e ingenioso periodista cambie de opinión y no porque lea este artículo, el cual le puede pasar inadvertido, pues este autor es un desconocido, sino porque alguien lo haga entender que su propuesta acabaría con lo que aún nos queda de pueblo, de país y dignidad. Pensemos en que ese alguien fuese Maradona, quien casi al borde de la muerte logró devolverse de Cocalandia y estuvo a punto de destruir su familia y no porque la cocaína fuera ilegal sino porque sintió que la necesitaba (legal o ilegal, ¿cual es la diferencia? el efecto es el mismo) para ahogar sus desgracias personales.

Mil gracias a Semana y a los lectores por su generosa atención.

Pascual Perry (pascalepetit38@hotmail.com)

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