Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

×

Opinión

  • | 2003/02/16 00:00

    La Vorágine

    La guerra sucia sólo es eficaz si el resultado que se busca es la creación de una sociedad monstruosa

COMPARTIR

La guerra total que este gobierno ha querido, y que era previsible y estaba prevista desde que el gobierno anterior se comprometió con el malhadado Plan Colombia de los Estados Unidos, y que los colombianos escogieron al elegir a Alvaro Uribe, es exactamente eso: guerra total. Con todos sus horrores de acompañamiento y con todas sus "víctimas colaterales". Lo cual incluye el terrorismo. Los atentados de la guerrilla, contra el pueblo perdido de Bojayá o contra el exclusivo Club El Nogal de Bogotá, las cartas bomba y las minas quiebrapatas. Los bombardeos militares, como el de Santo Domingo. Las matanzas de los paramilitares. El exterminio de sindicalistas. La guerra total es total en todas partes, y por todas las partes. No hay por qué sorprenderse. Cuando el Libertador Simón Bolívar dictó su famoso decreto de la "guerra a muerte", no esperaba que los realistas españoles le respondieran con guante blanco. Y no lo hicieron.

(Lo cual no impidió, más tarde, el famoso "abrazo de Santa Ana" entre Bolívar y el no menos feroz Pacificador español Pablo Morillo).

En Colombia la guerra es total desde hace ya años, aunque no estuviera declarada, aunque no estuviera generalizada: sólo ahora empieza a rozar las grandes ciudades, pese a que desde hace mucho se había tomado ya las carreteras que las unen. Cilindros de gas y motosierras, torturas y desapariciones de detenidos, masacres colectivas y asesinatos selectivos, y la infamia incesante del secuestro extorsivo o de la toma de rehenes. Es total porque los colombianos, los de todos los bandos, incluyendo aquellos que hemos intentado comprender y explicar los motivos que impulsan a todos los bandos, nos hemos encallecido hasta la ceguera política y la corrupción moral. Ya no importa quién tiene o tuvo la razón, quién tiene o tuvo razones para hacer la guerra. La guerra misma nos arrastra. "Jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia", escribió hace más de medio siglo José Eustasio Rivera en su novela La Vorágine. En esas seguimos.

No creo, y lo he escrito muchas veces en muchos sitios, que esta guerra que vivimos se pueda resolver con métodos exclusivamente militares. Sus raíces son muy viejas y muy hondas: sociales, económicas, políticas, morales. En el terreno militar no la puede ganar nadie -y sí podemos seguirla perdiendo todos-, sino que, como hemos visto, simplemente se prolonga, se agrava, se endurece y se envilece. Rivera concluía su novela (creo que es de lectura obligatoria en los colegios, pero por lo visto no ha leído aquí nadie) con una frase tan rotunda y premonitoria como la de su inicio, que ya cité: "Se los tragó la selva". Para allá vamos.

Creo sin embargo que es todavía posible escapar a esa vorágine de la guerra total, de la ley de la manigua, ya que no a la guerra misma. Mediante un acuerdo humanitario entre las partes. Un acuerdo que no es simplemente un "canje humanitario" de guerrilleros presos por políticos secuestrados, sino que consiste en renunciar, por ambas partes, a los métodos de la barbarie. Al terrorismo y al secuestro, a la "desaparición" de detenidos y a la tortura, al impulso y protección dados a los paramilitares para que sigan ocupándose de las atrocidades que antes cometía directamente la fuerza pública. Un tal acuerdo no tiene por qué incluir ni los cultivos ilícitos ni el narcotráfico mismo, que se han convertido en el nervio financiero de la guerrilla (y de tantos otros). Pedir el cese del tráfico de drogas es iluso, mientras exista la demanda; pedirle a la guerrilla que lo deje es tan tonto como exigirle al Estado que cese de cobrar impuestos. El cese del terrorismo y del secuestro, en cambio, es algo que podría canjearse por la renuncia a la ayuda criminal del Plan Colombia diseñada por los gobiernos de Clinton y de Bush. No se trata de renunciar a la guerra, sino solamente de renunciar a la guerra sucia.

Pero, me preguntarán unos y otros: ¿Y por qué diablos vamos a renunciar a la barbarie si es eficaz en la guerra?

Yo diría: porque no es eficaz. Puede parecerlo, pero el costo es mayor que el beneficio. La guerra sucia sólo es eficaz si el resultado que se busca es la creación de una sociedad monstruosa, tanto en la victoria posible como en la derrota inevitable; o, más bien, en el previsible abrazo final entre los contendientes, después de muchos años más de horrendos sufrimientos colectivos y de la destrucción, moral, además de física, de Colombia. No es la reconciliación lo que se puede buscar a corto plazo, sino la dignificación de la guerra.

Lean La Vorágine. La conseguirán en cualquier colegio de bachillerato.
¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 1825

PORTADA

Venezuela: la calle contra el dictador

Un trino de Santos indigna a Maduro y él amenaza con revelar los secretos del proceso de paz. Invocar el anti-colombianismo no cambia el hecho de que la crisis venezolana está llegando a un punto de inflexión.