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Opinión

  • | 2017/06/03 22:15

    Destruir, destruir y destruir

    La oposición uribista no busca mantener las instituciones ni propone la construcción de nada, sino destruir de todo lo que le sirva para proclamarse como el salvador del país

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La oposición uribista quiere volver al poder en 2018 y no propiamente por cuenta de sus ideas ni de sus propuestas, la mayoría de las cuales no las conocen ni los propios uribistas.

Su estrategia para retomar el poder es tan primaria como peligrosa, sin precedentes en la historia del país, porque ni siquiera Laureano Gómez dejó de ser un defensor de las instituciones y un creyente republicano cuando se convirtió en el férreo opositor al régimen liberal.

La oposición uribista, en cambio, no busca mantener las instituciones ni propone la construcción de nada, sino la destrucción de todo lo que le sirva para proclamarse como el salvador del país. Su truco es hacerles creer a los colombianos que nada de la Colombia de hoy sirve; que este país es inviable; que estamos en el peor momento de nuestra historia y que lo único que puede salvar a la Nación de la hecatombe y de caer en las fauces del “castrochavismo” es el uribismo, la única estirpe política capaz de gobernar a Colombia.

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Dicen ser defensores de la Constitución, pero en realidad la utilizan para limpiarse las manos con ella. Se rasgan las vestiduras porque según ellos el marco jurídico del acuerdo de paz sustituye a la Carta Política, van a la Corte Constitucional a poner sesudas demandas y exigen respeto por ella, pero no participan en los debates ni ejercen el derecho al voto en el Congreso. A la hora de votar, se van del recinto, sin ejercer sus funciones legislativas para luego salir a decirle al país, sin ruborizarse, que se acabó la división de poderes y que esta democracia es una farsa.

Su amor por la Constitución, por la división de poderes y por las instituciones se acaba cuando estas funcionan en contra de sus intereses. Cuando la Corte Suprema de Justicia decidió en 2007 destapar los vínculos de los políticos con el paramilitarismo y meter a la cárcel a 60 congresistas, que en su mayoría formaban parte de su grupo político, el entonces presidente Álvaro Uribe, vociferando, calificó a la Corte Suprema de ese entonces de ser “auxiliadora de la guerrilla”. Por si esto fuera poco, le inventó (a esa misma corte) una alianza con el narcotráfico que nunca pudo probar, mientras en Palacio sus asesores más cercanos recibían al narcotraficante alias Job, mano derecha de Don Berna.

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Tanto será el respeto por los jueces y los magistrados que profesa el uribismo, que, siendo presidente Álvaro Uribe, su oficina del DAS los terminó chuzando. Y será tanto su respeto por la división de los poderes, que con tanto ahínco hoy invocan sus huestes, que promovió desde el poder una reelección en el Congreso obtenida a través de métodos delictivos reconocidos por la Sala Penal de la Corte Suprema de Justicia.
Para la oposición uribista todo vale, sobre todo si cumple el objetivo de mantener vivo el odio entre los colombianos y si les sirve para manipular la psiquis nacional, con el objetivo mezquino de lograr que todos los intentos de reconciliación sean vistos como una entrega al “castrochavismo” o como un acto de debilidad del gobernante.

Cada paso que el país da para salir de la guerra es un retroceso para el uribismo, y cada demora en la implementación de los acuerdos de paz, es un triunfo para el Centro Democrático. El hecho de que hoy se hayan reducido drásticamente los homicidios en el territorio nacional y que se estén desactivando los campos de las minas antipersona no puede ser registrado como una buena noticia, porque, en el fondo, todo lo que avance hacia la paz desactiva el odio, que es la materia prima que abastece la máquina furibista.

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Lo fácil es lo que hace el uribismo cuando se sirve del odio larvado en tantos años de conflicto para abrirse camino. Lo fácil es apelar a los temores que nos ha dejado una cultura política, que se ha nutrido de la intolerancia y de la desigualdad social sembradas por la guerra. Lo simple es destruir y hacer trizas una democracia débil que les teme a los cambios. Lo cómodo es seguir sosteniendo la mentira de que todo los horrores de esta guerra fueron por cuenta de las Farc, en lugar de que la mayoría de los sectores de poder legales e ilegales acepten su cuota de responsabilidad en lo que nos sucedió.
Lo extraordinariamente difícil es poner la paz y la reconciliación por encima de los miedos, de los temores y de los intereses mezquinos que han sostenido la confrontación en Colombia.

En política, destruir siempre ha sido más fácil que construir. Sin embargo, hay momentos en la historia de los países en los que terminar una guerra se vuelve un imperativo ético. Y si la guerra con las Farc termina, los primeros que tendrán que reinventarse serán los uribistas.

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