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Opinión

  • | 2015/03/10 02:00

    Matar un perro a bala

    ¿Por qué Juan Sebastián Toro, un deportista que ha representado a Colombia, resuelve a plomo un problema de tránsito?

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Este martes es tendencia en las redes el piloto Juan Sebastián Toro, quien al caer la tarde del domingo y tras la marcha por la vida, mató a bala a un perro en el norte de Bogotá en el triste epílogo de una pelea entre conductores.

El caso representa en toda su dimensión los sobrecogedores niveles de intolerancia en que naufragamos a diario. Toro hizo historia al ser el primer representante del país, en el 2013, en el Rally Dakar, en la categoría de motos. Llegó a este escenario para disputar durante 15 días una competencia en la que 450 pilotos en camiones, automóviles, cuatrimotos y motos recorren alrededor de 800 kilómetros diarios hasta completar 9.000 kilómetros. Toro suma tres participaciones en serie. En la última terminó la prueba, lo que fue considerado un hito.

Por todas estas cifras, se trata de uno de los deportes que más templanza exige a sus participantes. El mismo Toro lo ha dicho: se necesita mucho aguante para pelear entre las dunas, el ritmo endemoniado, las altas temperaturas, el olor a gasolina. Un error se paga con la vida. De hecho, Toro ha estado en condiciones de máximo riesgo. El año pasado se cayó y otro vehículo que venía raudo por poco lo mata. Él reaccionó con rapidez y salvó su vida.

¿Cómo explicar entonces que esa misma persona no haya tenido la serenidad para hacerse a una lado ante una señora que, según él, “lo encendió a pito” en una apacible tarde de domingo en un barrio de jardines bien cuidados? ¿Por qué un piloto profesional cuyo oficio es sortear las contingencias a velocidades récord, con la adrenalina a tope, anda con un arma entre la guantera “por si ocurre algo”? ¿Qué hace un deportista de alto rendimiento con un arma porque, según su relato, debía ir a Puerto Gaitán, en los Llanos Orientales, y eso es “normal” ya que por allá toca defenderse? ¿Qué significa esto? ¿Que al salir de Bogotá, después de pasar Chipaque y Cáqueza, el arma debe ir al cinto porque de la cordillera para allá es la ley del oeste?

El dueño del perro, Arturo Isaza, se lamenta de la muerte de su mascota, de nombre Príncipe, y reconoce que la situación habría podido ser peor. “¿Qué habría pasado si la bala me da a mí?” Lastimosamente iría a las estadísticas de un país que aterra: “El 48 % de los homicidios que se presentan en el país tienen su origen en actos de intolerancia que desencadenan en riñas”, dice el general Rodolfo Palomino, director de la Policía Nacional. Aquí cada año matan en promedio a 20.000 personas, casi 10.000 cayeron entonces en hechos que se iniciaron en grescas callejeras.

Por eso, su institución hace un esfuerzo enorme, en especial los fines de semana, para disuadir a la gente a que no se mate porque otro conductor lo cerró, o lo miró o le piropeó a la novia, o le dio por hablar duro durante la proyección de una película, o le ganó de mano el sitio de parqueo en un centro comercial.

Hay una relación paradójica entre lo que deberían ser los días de descanso y la violencia: cada fin de semana, la gente entra en más estado de furia. Los uniformados atienden en promedio entre 3.000 y 3.500 enfrentamientos o riñas en el país. Cuando no llevan armas, como Toro, los ciudadanos echan mano de palos, varillas, crucetas, correas o picos de botella para imponerse.

Nadie se salva. Y, eso sí, que nadie se meta. Porque tome pa´que lleve. Cada año, por ejemplo, unos 5.500 policías son golpeados y heridos. “Terminan siendo agredidos porque las partes en contienda o en confrontación creen o interpretan que la llegada del policía es para proteger al contrario”, dice Palomino. Es la ley de la selva.

La situación tiende a empeorar año tras años. Hace una década, el 10 % de los homicidios registrados por el Observatorio del Delito de la Dijín de la Policía eran atribuidos a riñas; hoy son casi el 50 % del total. Lo que se vive en las calles es de tal dramatismo, que este Observatorio creó una nueva categoría de homicidios: “por intolerancia social”.

En universidades e instituciones gubernamentales los especialistas buscan respuestas a la génesis de este rompecabezas. ¿Por qué se ha llegado a este punto? En un informe sobre el tema hecho por SEMANA, el sacerdote jesuita Horacio Arango respondió que en Colombia no se logró construir una ética pública fuerte, de respeto al otro, en medio de un proceso de modernización y urbanización acelerado, y que terminaron por imponerse los valores del narcotráfico, “del dinero y el poder por encima de la vida humana”.

Eso explica, en parte, la reacción de Toro. ¿Qué fue tan grave para que hubiera tenido ese desenlace? “El problema se dio porque seguramente la señora Marina (hermana de Arturo) iba de afán, de pronto para un almuerzo, y yo buscaba muy despacio una dirección”, argumentó el piloto que antes era famoso por correr a mil.

*Director de Semana.com
Twitter: @armandoneira

Por: Vladdo
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