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Opinión

  • | 2004/02/22 00:00

    Memorial de agravios de un ciudadano ofendido

    <i>(reactivación síquica a falta de reactivación económica)</i><br><br>Gustavo Gómez Velásquez, ex magistrado de la Corte Suprema de Justicia y optimista de tiempo completo, hace las veces de abogado del diablo de sus propias certezas sobre el estado del país y firma el memorial de agravios de un ciudadano ofendido que puede ser él o usted.

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El hombre cincuentón está echado sobre su cama. Es su posición natural desde hace unos tres años. Ya son las 2 de la tarde y sigue recostado, y con visible alelamiento. La mujer, desde temprano, no ha parado de hacer oficio y los niños, también desde temprano, están dizque educándose y preparándose para 'el mañana'. El teléfono repica largamente y la esposa, después de mucha insistencia, logra que su marido pase y converse con un viejo amigo. Este le comunica su asombro por haberlo perdido de vista, por la ausencia de los lugares que solía frecuentar. Desea, simplemente, reanudar el trato, conversar, intercambiar ideas, explorar posibilidades de reemprender negocios, igual que antaño. Volvamos a la edición de libros, revistas y folletos; volvamos a la colaboración periodística, televisiva y radial; volvamos al trajín político o cívico; volvamos a los tejemanejes de la construcción; volvamos a las faenas agropecuarias; volvamos a las importaciones; volvamos a las antiguas caminatas; volvamos a viajar, a recorrer el país; volvamos a la iglesia y a sus asuntos, al club, a la tertulia, al teatro, al cine, al supermercado, al golf, al tenis, al fútbol. Nada le halaga, nada le conmueve, rehúsa reconocer que está enfermo y afirma su cabal salud.

¿Qué pasa? La explicación para tamaño desgano y frustración está en todo lo que pasa. A veces no es fácil vivir en Colombia.

¿A dónde ir sin ser asaltado, secuestrado, retenido, despojado de lo adquirido, esquilmado con impuestos, tasas, sobretasas y escotes que no se traducen en servicio alguno? Se cuenta con la afiliación médica obligatoria, con el seguro ídem y además con una medicina prepagada y, al más mínimo requerimiento asistencial, se tiene que acudir al propio peculio para obtener una decorosa atención porque lo otro se discute si lo cubre o no, o está fuera de actividad por un paro o la prestación no funciona o lo hace con espera y turnos de cinco o más meses. La pensión vitalicia se merma cada día más, con socaliñas y devaluaciones, y se avizora el tiempo en que se debe volver a cotizar o pagarle al Estado lo que él venía pagando.

No es incierto ni remoto que en un corto desplazamiento -o estando en lugar reputado de tranquilo y seguro- se perezca junto con otros 10 o más desconocidos, por obra de un acto terrorista de un revolucionario urbano, de esos que llevan 20 años sin pasar una materia o aprobar una profesión en una de nuestras prestigiosas universidades, o por acción de un subversivo rural de paso por la ciudad. La autoridad anda de capa caída, diezmada y desmoralizada. Si la atacan con armas mortíferas no puede ni contestar ni huir. Su destino es la muerte o un proceso penal o una larga reclusión o persecuciones a su familia. Cada día desaparecen cinco, quince o más de sus unidades y la respuesta es la solidaridad de simple (expresión verbal) o la fementida afirmación de sus superiores de ser esto lo último que soportan.

Los que van quedando apenas aciertan una represalia contra quien nada les ha hecho ni les hará, ni tiene pleito pendiente con ellos. Al maleante y perverso se le cree la versión más inverosímil para escapar al condigno castigo, y al ciudadano honrado no se le acepta ni lo creíble ni lo comprobado. No hay líderes a los cuales se pueda imitar, seguir y respaldar y los pocos que fungen de tales son opacos, coyunturales y saturados de intereses personales. No hay políticas inmediatas o a largo plazo que propicien la salida de esta encrucijada. Solo palabras embrujadas y coquetería electoral. El ambiente se llena de miedo de hablar, de escribir, de hacer, de pensar, de exigir, de participar.

Todo el mundo tiene un horrendo duelo o espera la suscripción gratuita a uno cualquiera, pero de inconcebibles perfiles. Mudos espectadores de aterrados oídos, para ver y oír este interminable desfile de desgracias que aniquilan y disuelven al país sin que las manos de civiles o militares con obligación de mudar este catastrófico rumbo se den por aludidos. Los requerimientos exigibles, prácticos, dramáticos y heroicos se camuflan, se desvanecen y jamás aparecen. El desempleo corta el ánimo de preparación profesional o artesanal y cercena el ímpetu de producción. Te cobran inmisericordemente por salir, por esperar un cambio de semáforo, por estacionarte en zona permitida, así sea para la más mínima gestión, por preguntar qué tienes en una corporación o qué debes, o por resolverte a pagar. Si vas a cubrir unos de los seis servicios fundamentales de vida en sociedad, tienes que pasar por seis entidades y en cada una de ellas tomar una tarjeta de crédito, y acudir a determinada hora y esperar pacientemente un buen tramo de tu vida.

Estás sometido, claro que a costa tuya, a la vigilancia más rigurosa y exhaustiva: en cualquier calle, bahía, vereda, y en tu negocio y en tu casa, siempre hay un celador que sirve solo para verificar que fuiste robado impunemente. El ambiente se muestra medroso pues está prohibido relacionarse con el vecindario, en el aeropuerto o en la estación de ferrocarril o de vehículos automotores. No puedes recibir o entregar un paquete o auxiliar a nadie. Donde irrumpas se te mira bajo sospecha y en condición de reo de quién sabe qué atrocidades. Tener dinero es una invitación perentoria a ser desvalijado, llevarlo es un peligro mortal y carecer de él comporta la obligación de conseguirlo de cualquier modo o manera para poder continuar en libertad. Nadie ha podido definir si es más grave carecer de los servicios vitales y públicos, claro que con cobro privado o sufragar sus exorbitados costos, cuando no afrontar una aflictiva y desmesurada reclamación, que aterra aun a los más potentados, por una llamada que no se hizo o un foco que no se prendió, o un chisguete de agua que no se bebió, o una valorización que no se produjo, o un papel basura que no se recogió.

Ni la palabra, ni el escrito, ni el acto acompañado de la más válida autoridad representan valor y verdad, pues todo es reversible, cuestionable y puede entrañar un delito imperdonable. Si arriendas algo, lo único que sacas con ello es la pérdida definitiva, y una multa, de la línea telefónica, un año de agua, luz y comunicación impagados, aunque si tú vives en casa propia y cancelas cumplidamente, te cortan el servicio al mes de atraso. Además, te queda el gravoso y nunca acabar de un pleito lleno de curialescos trámites que solo favorecen al que se burla de la ley y de los derechos de los demás y, por añadidura, vendrá la reconstrucción de tu inmueble o la conversión de lo que quedó de éste en lote de desengorde.

El automóvil, que lo tienes guardado a la espera de que se invente un combustible costeable, aparece con uno "gemelo", pero el tuyo, con todos los papeles en regla y vendedor legítimo y conocido, es el que sufre la inmovilidad y el deterioro en depósitos oficiales destinados a volverlo chatarra. Y tu casa, con una tradición que llega al virreinato, aparece vendida en tres o cuatro transacciones que solo conoces cuando te van a lanzar de ella; y la finquita, a la cual ya no puedes ir y únicamente recuerdas cada mes para enviar el pago del mayordomo, aparece invadida o expropiada.

Siempre se estará inmerso en una de las tres grandes tragedias económicas de la época: la renovación permanente del equipo de sonido (ya vamos en la cuarta generación y sustitución del disco de 68, de 33 revoluciones, del casete y el disco compacto), la tarjeta de crédito clonada o motivo de secuestro temporal y con intereses infernales en su diferimiento o la incancelable cuenta del celular o el teléfono fijo, con todas las adehalas posibles, o sea, el cargo básico altísimo sin derecho a una sola llamada, el factor impulso, la contribución para el deporte, para el bienestar familiar, para los desplazados, para los enfermos, para el proceso de paz, para la seguridad colectiva y para cubrir llamadas que no se hicieron y que valdría más el tiempo perdido en su revisión que en cubrirlas así siempre aparezcan en la factura.

Lo que compres te sale deficiente, inútil, ajeno a la labor para la cual se adquirió o de corto empleo en la misma, pero eso sí de largo y efectivo pago, con la adición de servir la protesta solo para hacerte figurar en una lista negra de descrédito. Si mueves el dial del radio o enciendes la pantalla de la televisión, gestos tan elementales e inocentes, no te impregnan de regocijo, de solaz, de distracción, sino que te sumergen en un terrible y profundo estrés que demanda seis o más meses de recuperación en una casa de salud.

Así de triste y desastrosa es la cotidianidad nuestra. Dónde ubicarse, por dónde transitar, a dónde ir. No hay vía, puente, paso peatonal, espacio recreativo, parque, hotel, restaurante, sitio de trabajo, paraje campesino, lugar de la ciudad, vehículo de transporte, que pueda utilizarse así sea por breve tiempo que no sea azaroso o no infunda verdadero terror. Nadie está seguro en parte alguna. Nada se puede emprender porque si produce algo o mucho, te lo sustrae el vecino con ardides y falsas motivaciones o te lo arrebata el violento por la fuerza, y, si en nada resulta, quedas en deuda con el fisco municipal, departamental, nacional o con la banda de barrio. Todos te exigen la declaración de renta y la fotocopia de la cédula para la más tenue operación, en un país en donde las bandas de delincuentes, la guerrilla y los que ofrecen hasta lo inimaginable como servicio, tienen la lista y dirección y familia de los contribuyentes. Y para qué afligirte más con otras dolamas y sinsabores que merman y extinguen la vida gratificante.

¿Qué perspectiva tienen el trabajo, la ocupación, la reactivación biológica, fisiológica o mercantil? Sinceramente no tengo alientos ni esperanza para empezar en otro sitio y menos por fuera del país, en donde no me necesitan, donde sobro, donde con cierta amarga razón me odian o me temen. Mejor quedarme en casa, encamado, gastándome lo poco que ahorré, hasta llegar a la mendicidad o al cementerio.

*Ex magistrado de la Corte Suprema de Justicia
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