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Opinión

  • | 1993/02/22 00:00

    Monedita de oro

    Hoy el nombre de Jaime García Parra es equivalente, para el 50 por ciento del electorado, al de un dinosaurio.

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POR "ENEAVA" VEZ EN LA RECIENTE historia política del país se ha lanzado al escenario electoral el nombre de Jaime García Parra. Pero el mismo número de veces, ese nombre ha quedado flotando en el ambiente, cual monedita de oro que levita, pero que no aterriza.
Con Jaime García Parra se ha producido un extraño fenómeno. Su nombre se ha convertido en un genérico. Todas las oportunidades en las que en los últimos años el país se ha visto atascado ante una coyuntura política, ese nombre surge como fórmula mágica, como si encontrar a "un García Parra" (porque así es como se dice siempre: hay que encontrar a "un García Parra"), fuera la panacea que necesitan los problemas del país.
El genérico de García Parra sirve para todo. Para aquietar los ánimos políticos, cuando las rivalidades liberales y conservadoras han estado más beligerantes. Para devolverle la credibilidad al país, cuando el prestigio de los partidos ha estado más amenazado. Para apagar la violencia, para hacerle frente a los problemas económicos, para derrotar al narcotráfico, para neutralizar los ímpetus guerrilleros, o hasta para proponer algo original.
Y cuando García Parra no está sonando para presidente, lo está haciendo para otros cargos claves del Estado. Cuando comenzó a debatirse, a comienzos del gobierno Gaviria, la perspectiva de nombrar a un ministro de Defensa civil, se mencionó la posibilidad de buscar a "un García Parra", pero nombraron a Rafael Pardo. Y las veces en que se ha debatido la posibilidad de reemplazar a Pardo Rueda por otro ministro de Defensa civil, pues lo mismo: ha continuado sonando García Parra, pero ha seguido Rafael Pardo.
A este carácter genérico de su nombre no le falta razón. Entre todos los colombianos presidenciables, García Parra tiene una de las mejores hojas de vida. Para comenzar, ha pasado por tres de los ministerios claves: el de Comunicaciones en el que se barajan tantas perspectivas del futuro. El de Minas, coyuntural para un país como Colombia. Y el de Hacienda, escuela presidencial obligada en cualquier parte del mundo. Pero además fue representante de la Federación Cafetera en Londres y cumplió en Paz del Río el papel del Lee Iaccoca colombiano. Actualmente es embajador de Colombia en Washington, lo que es equivalente a algo así como al sexto bachillerato de una carrera presidencial. Y al que se le ocurriera sostener que en medio de todas estas especialidades le falta la escuela del campo, que no se equivoque: en su vida personal García Parra es ganadero.
Ahora que el país está como tan desconcertado, como tan envainado, como tan sin salida, es lógico que un sector nacional esté pensando en encontrar a ese "García Parra" que todos soñamos ver de presidente: un tipo serio, administrador, con fama de honesto, de enérgico y de chévere. Un empresario que caería divinamente en la política, porque además no es identificado con ningún grupo económico. Pero, desgraciadamente, las posibilidades teóricas de ser presidente que tiene ese hombre ideal, siempre terminan varándose en la realidad.
Y eso sí que resulta cierto en esta oportunidad. Si tuvo su cuarto de hora político hace 15 años, hoy Jaime García es un hombre desconocido para ese 50 por ciento del electorado que tiene menos de 25 años. A este sector de la población el nombre de García Parra suena como a Gardel, "un argentino que hace tiempos que cantaba tangos dizque muy bien". De manera que no se trata de que por García Parra no voten los colombianos, sino de que aproximadamente hay siete millones y medio de electores que jamás lo han oído nombrar, no lo recuerdan, o su nombre les suena a dinosaurio.
Habría podido ser una fórmula viable en épocas del Frente Nacional, cuando los partidos podían ponerse de acuerdo en escoger gente magnífica, sin importar si tenía votos o no.
Pero son otras épocas. Epocas en las que para ser presidente de la República no existe sino una regla inquebrantable. La de que en política no importa ser bueno, sino conocido.
N.de la R: Señor director: A mi regreso de vacaciones me encuentro con la insólita apuesta que el alcalde Jaime Castro le propone a la revista que yo haga con él. La próxima semana le responderé, como Dios manda, al señor alcalde.
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