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Opinión

  • | 2012/08/13 00:00

    Otro Congreso es posible

    En Colombia, la mirada a los temas es sectorial y la discusión se hace sobre problemas específicos, que se busca resolver con leyes.

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El presidente de la Cámara de Representantes, Augusto Posada, ha anunciado su intención de hacer una reforma al Congreso, y que una iniciativa sobre el tema se presentará a finales de este mismo mes de agosto.

Es muy buena noticia que se quiera reformar el Congreso. ¿Pero qué tipo de reforma?¿Para cambiar qué exactamente? Seguramente puede haber muchas visiones. Abordemos aquí reformas al Congreso como instancia de toma de decisiones sobre el manejo del país, y al Congreso como espacio en que se reúnen quienes nos representan a los ciudadanos.

¿Cómo decide el Congreso? En Colombia, las decisiones las toman congresistas no necesariamente especializados en los temas, con la ayuda de cuerpos de asesores de cada uno de ellos, prestando muchísima atención a las opiniones del Gobierno.

La mirada a los temas, debido en parte a ese rol de la agenda de los ministerios en los temas, es sectorial, y la discusión se hace sobre problemas específicos que se busca resolver con leyes. Es decir, no se hace lo que en análisis de políticas públicas se llama estructurar el problema: ampliar el panorama tratando de ver cómo se relaciona ese problema con otros, y detectar qué variables clave pueden incidir en resolver la mayor cantidad de esos problemas, o al menos los que causan más dificultades. Por eso la discusión sobre pensiones se concentra en edades de jubilación, la de salud en qué incluir en el POS, la de hacinamiento en construir cárceles o excarcelar presos, y así sucesivamente.

Como no hay una oficina asesora estable (como la GAO en Estados Unidos), no hay una instancia que pueda hacer evaluación relativamente "imparcial" sobre las propuestas de ley, o sobre si funcionaron las normas aprobadas en el pasado. Y no menos importante, aunque se hacen audiencias públicas en muchos casos, con frecuencia ellas consultan a los sectores que se verán afectados, pero no a quienes tendrán que ejecutar las decisiones.

Desde el ambiente a la educación, estamos llenos de normas bien intencionadas que terminaron creando incentivos perversos, o que simplemente fijaron metas imposibles de cumplir por quienes deben hacerlo con las herramientas que tienen, con lo que en vez de producir bienestar terminan generando cinismo y la sensación de que no podemos lograr las metas.

Así que ahí van tres reformas que valdría la pena explorar: Una oficina asesora estable, ejercicios de estructuración de problemas y consulta a los implementadores pueden mejorar las decisiones del Congreso. Como las propuestas implican ejercicios adicionales, seguramente el volumen de nuevas leyes disminuirá, pero esa no es mala noticia: nos estamos ahogando en leyes que no terminamos de difundir cuando ya han sido modificadas. Menos tiempo aprobando leyes también puede ser más tiempo haciendo una legítima representación de sus electores ante el Gobierno, y más tiempo haciendo no “control político” sino control de gestión al mismo Gobierno.

Pero, suponiendo que se adoptasen algunas de estas reformas, u otras que buscasen hacer más transparente o más efectiva la labor de decisión del Congreso, ¿qué nos hace pensar que se mantendrían a largo plazo?

Hoy, los congresistas sólo "rinden cuentas" de verdad cada cuatro años, que es cuando esa rendición de cuentas puede tener consecuencias no ante las ías o las Cortes, sino ante quienes les delegamos nuestra representación. Sólo hay rendición de cuentas de verdad cuando esta tiene consecuencias.

La razón por la que los congresistas se postulan al Congreso es porque quieren poder: para cambiar las cosas, o sólo para negociar cosas, pero poder. La única capacidad real de controlarlos es con la posibilidad de que pierdan ese poder. Cada cuatro años, en una elección general, las cosas se plantean en términos de "vote por mí porque apoyo a tal candidato o tal partido", o "vote por mí porque apoyo tal plataforma", con lo que la votación del Congreso no se centra en los congresistas. En últimas, también se puede apelar a un electorado diferente, con lo que la sanción de los antiguos electores ya no preocupa.

Tal vez debería pensarse en que no sólo hubiese revocatorias –digamos sólo una por curul en un período de cuatro años- sino que el período inicial de cada uno de esos elegidos fuese de cuatro años, ellos también con opción de ser revocados, lo que estimularía a buenos candidatos a hacer el esfuerzo de postularse, que tal vez no harían si fuese cosa de 1, 2 años. Los electores tendrán más poder, y la renovación del Congreso sería constante. Pero lo más importante: sería uno a uno, y cada quien debería ganarse a sus electores.

¿Qué esto debilita los partidos? Ya deberíamos tener claro que, en Colombia, los partidos –absolutamente TODOS los partidos- son plataformas que sirven a los políticos para ser elegidos en los cargos que buscan. Y que los políticos están listos a abandonar tan pronto pasan las elecciones.

Las elecciones no deben ser momentos en que se legitima el poder de la clase política. Deben ser momentos en que escogemos a los mejores para que nos gobiernen, porque al fin y al cabo nuestras vidas no son tan largas, y cada mala decisión que ellos toman nos quita calidad e, incluso, tiempo de vida.

El lema "Otro mundo es posible" surgió entre los movimientos anticapitalistas y antiglobalización de finales de los años 90, buscando despertar el entusiasmo entre quienes creían que, caído el antiguo bloque socialista, simplemente no había alternativas.

¿Han cambiado el mundo los defensores de "Otro mundo es posible"? No, pero podrían. ¿Cambiará Colombia si se reforma el Congreso? Tal vez no, pero podría.

*Profesor U. Externado, consultor
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