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Opinión

  • | 2015/12/12 14:00

    País de indignados

    Natalia Springer y las presuntas riquezas del galeón San José; los temas triviales que nos trasnochan.

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La noticia se volvió viral en minutos. Fue tendencia en la red en horas y titulares en los principales medios. “Le escupieron al país”, tuiteó una reconocida periodista. Desde que Ingrid Betancourt tuvo la osadía de anunciar una demanda al Estado por no haber hecho lo suficiente para lograr su liberación de las FARC – un año después de la “Operación Jaque” donde fue rescatada por la fuerza pública-, no había visto tanta indignación en los medios y en los círculos políticos. ¿Qué generó ese rechazo? ¿La denuncia de la Fiscalía de que las Farc impusieron una política de abortos forzados a sus guerrilleras? No. ¿La salida de la cárcel de sanguinarios jefes paramilitares, responsables de masacres y atrocidades innombrables? No. ¿Qué el déficit en el sector salud supera los cinco billones de pesos? No.

¿La muerte por parálisis cerebral de un niño wayuú de nueve años, por desnutrición en La Guajira? No. ¿La revelación del senador Alexander López que ese caso no es el único y que cada 33 horas fallece un menor por hambre? No. ¿El informe de Medicina Legal donde relata que cuatro mujeres son asesinadas a diario en Colombia? No. ¿La denuncia de que muchas de las oficinas regionales del Instituto de Bienestar Familiar son manejadas a su antojo por clanes políticos? No.

El motivo de la indignación “nacional” fue otro: el premio “Enrique Low Mutra” por sus aportes a las investigaciones de criminalística, otorgado el jueves a Natalia Springer por el fiscal general Eduardo Montealegre. Hace menos de un año, Springer era considerada una de las más prestigiosas analistas políticas del país. Era comentarista privilegiada en La FM, donde opinaba y despotricaba a diario sobre personalidades y noticias nacionales. Era columnista de El Tiempo, donde sus escritos eran frecuentemente citados en debates sobre el conflicto. Estaba en su cuarto de hora, hasta que se hizo público su multimillonario contrato con la Fiscalía General de la Nación. Allí fue Troya. Al ojo, miles de millones para una consultoría es demasiada plata. No sé si el trabajo lo amerita; soy de la escuela de la ciencia política comparada y cualitativa y no de la cuantitativa de estadísticas y algoritmos, que profesa ser Springer. Mas no desprecio de entrada su trabajo.

Me ha sorprendido, sin embargo, la furia que generó y sigue generando Natalia Springer entre varios sectores. Se han burlado de su decisión de cambiar su apellido materno de Lizarazo a Springer. Sus amigos comensales de antes –las que la citaban y elogiaban- ahora sueñan con quemarla en la hoguera de la opinión pública. Desconfío de las cacerías de brujas. De lo que George Orwell denominaba "groupthink" (pensamiento de grupo). Springer no amerita tantos titulares ni atención. Como comenté al principio de esta columna, hay muchos más asuntos para indignarnos, y no estoy hablando tampoco de las pretensiones españolas y de la horda de cazafortunas del galeón San José.

Comparto el interés por el descubrimiento de la embarcación, pero no por la hipérbole. Como colombiano, aspiro a que lo que se encuentre se quede en el país, pero no voy a perder el sueño por ello. Ni indignarme ante los reclamos de terceros. No creo que sus tesoros sirvan para pagar la deuda externa ni el posconflicto. Ni que deberían. Desconfío de las ganancias ocasionales, las fortunas de la noche a la mañana, del dinero fácil. Esta discusión sobre cómo compartir esas presuntas riquezas precolombinas me recuerda la oferta del cartel de Medellín en 1984 de pagar la deuda externa a cambio de la legalización de su plata mal habida. Hubiera sido indignante aceptarla, como es indignante dedicarle tanto tiempo a la vida y obra de una analista política o a una embarcación de bandera de la Corona española , con oro saqueado de tierras incas y hundida por británicos en las costas de Cartagena en el siglo XVIII.

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