Viernes, 20 de enero de 2017

| 2001/09/10 00:00

Para construir ciudad

El punto de las pasadas elecciones fue el bien común como componenda (María Emma) o como universalismo (Antanas).

Para construir ciudad

Durante 40 ó 50 años, los alcaldes de Bogotá trabajaron contra Bogotá. Salvo excepciones que debemos agradecer a la pobreza, cada mandatario abrió avenidas para descongestionar el tráfico, con lo cual agrandó la ciudad, la duración media del viaje, la cantidad de vehículos… y la congestión que pretendía acabar.

El gobierno nacional hizo lo suyo. Por ejemplo, el ‘carro popular’ de Misael elevó en 20 por ciento el parque automotor de la ciudad, y la ‘apertura’ de Gaviria nos encimó cosa de 140.000 vehículos en tres años. ¡Pensar que Andrés fue alcalde y Rudolf quiso imitarlo!

Pero en fin: es la estrategia de ‘ciudad extendida’ con carro para los de arriba, lote barato para los de abajo, lucro para los urbanizadores y votos para los concejales. Es el ‘bien común’ cocinado a base de intereses particularistas.

Es una estrategia de ciudad rica… que tampoco funciona en ciudades ricas. Las del oeste de Estados Unidos también perdieron la carrera entre capacidad vial y vehículos: Los Angeles tiene más congestión que Bogotá y gasta cuatro veces más energía por unidad de producto que las ciudades de Europa (de aquí el apagón de California).

Todo ese cuento sirve para destacar el carácter realmente ‘histórico’ de Transmilenio. Famoso desde Curitiba, recomendado por varias misiones desde los 70, precedido por el solobús de Pastrana-Caicedo-Castro, fue sin embargo el logro capital de Peñalosa. Es el ‘bien común’ redefinido desde una fórmula universalista.

Pero, en vez de completar Transmilenio, Peñalosa se distrajo en arandelas, raspó la olla y, sobre todo, le sacó el bulto a la ‘reingeniería social’ que implicaba su obra. Porque el cambio, aún parcial, en la noción del bien común, desencadena un juego de tensiones, redefiniciones y reapropiaciones que pueden magnificarlo o, al revés, reabsorberlo en el statu quo.

Precisamente ese fue el punto de las pasadas elecciones: el bien común como componenda (María Emma) o el bien común como universalismo (Antanas). Y ese precisamente es el punto tras el decreto de Pico y placa.

Casi nadie le critica a Mockus su iniciativa, pero casi todos le critican su intrasigencia ¿Intrasigencia con quién? Pregunto yo, a ver si logro entender el lío. Porque la gente no protesta por la medida: protesta por el paro de los transportadores contra la medida.

O sea que un interés particular se impone a la malas sobre la voz colectiva. Y esa no es la idea de bien común que ganó en las elecciones. La idea es transigir con los usuarios, que son la mayoría de los bogotanos. La idea es negociar en el Concejo, donde los ciudadanos están —o deberían estar— representados. La idea no es respetar privilegios, sino dar incentivos encaminados exclusivamente a mejorar el servicio. La idea es ceder a la razón y no a la fuerza.

Mal haría pues Mockus en echar pie atrás. Pero mal ha hecho en callar que el bien común tiene costos y que alguien va a pagarlos. Por ejemplo: el Pico y placa disminuye la jornada y por ende el empleo, así que muchos conductores quedarán sobrando. Por ejemplo: eso de que en tres días se hacen tantas carreras como en cinco sólo sería verdad si los taxis no escasearan en ningún sitio y a ninguna hora. O por ejemplo: lo rotación trimestral para los viernes supone que no hay Navidad ni ciclos económicos.

Y lo peor de Antanas es no haber dicho que podemos escoger quién pagará los costos de Transmilenio. Por ejemplo:

—Un bus y un taxi movilizan distinto número de pasajeros, usan distintas rutas y sirven a distintas clases sociales: ¿por qué aplicarles las mismas restricciones?

—Hay 750.000 bogotanos sin bus hasta su barrio: ¿por qué no reasignar las rutas?

—¿Por qué no hacer cumplir los pactos sobre chatarrización, o hacer cumplir las leyes sobre piratería?

—¿Por qué no subir la tarifa del taxi en hora pico, o por qué no aumentar la restricción sobre los vehículos particulares?

Si se trata —como se trata— de formar ciudadanos, esta ocasión es dorada. El tema del transporte tiene una elegancia y una transparencia que en manos de un pedagogo como Mockus nos dejarían a todos entender qué es el interés público y cómo transigir en interés de los pobres, no en el de los dueños.

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