Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2009/04/18 00:00

Piratas y emperadores

¿De dónde salen las armas que esgrimen los pobres piratas somalíes? Los reciben de aquellos mismos a quienes piratean.

Piratas y emperadores

Ahora resulta que los enemigos de la civilización y de la globalización son los piratas, los pobres piratas somalíes del océano Indico. En este momento los persiguen flotas de los Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, España y Alemania. Y ellos secuestran petroleros y buques mercantes de Noruega y de Grecia, de Holanda, de Malasia, de Gran Bretaña y de la isla de Saint Vincent: curiosamente, por una coincidencia poética, buques con banderas de países que en otros tiempos fueron piratas ellos mismos. En Saint Vincent y en la Tortuga se hacían fuertes los 'Hermanos de la Costa' de los tiempos de los filibusteros del Caribe, que eran ingleses y holandeses, y de Malasia venía el temido Sandokán, y de Noruega los feroces piratas vikingos. No hubo piratas italianos -salvo los que en sus tiempos capturaron nada menos que a Julio César, y el Corsario Negro que inventó Emilio Salgari-, pero en cambio el único barco italiano que en estos días recientes han capturado los somalíes se llama 'Buccaneer', bucanero. Ya digo que en esta historia moderna de piratas hay algo de justicia poética.

Y de justicia a secas, entendiendo por justicia no el imperio de la ley, sino el equilibrio de las injusticias. Pues estos que llamo "pobres piratas somalíes" son pobres y son piratas porque han sido reducidos a la miseria y al único recurso de la piratería como resultado de que las modernas flotas pesqueras de los países ricos que mencioné al principio han devastado la pesca de sus aguas territoriales. Eran pescadores artesanales, incapaces de competir en sus barcazas con las redes de arrastre y los aparatos de sonar de sus ricos rivales. Y se quedaron sin pescado. Pero en cambio tenían armas de sobra: las que les habían dejado las grandes potencias en el curso de las varias guerras civiles fomentadas por ellas en Somalia, como en toda el África, en su competencia por la hegemonía mundial. ¿De dónde salen, si no, los Kalashnikov y los M-16 y los fusiles Galil y las ametralladoras y los lanzagranadas que esgrimen los pobres piratas somalíes? No los producen ellos. Los reciben de aquellos mismos a quienes piratean, y por quienes fueron pirateados sus bancos de pesca. Del mismo modo que -como acaban de reconocer sucesivamente en México la secretaria de Estado Hillary Clinton y el propio presidente Barack Obama- las armas de los narcos mexicanos son compradas en las tiendas de los Estados Unidos. La globalización se muerde la cola porque es redonda, como sabíamos desde antes de que se empezara a popularizar la palabra.

Y todo se repite. Ahora Obama, que es el dueño del mundo, ordena que se persiga a los piratas hasta bombardear "sus bases", que son los puertos pesqueros de cuando todavía había pesca, y no sólo tanqueros de petróleo, en la costa somalí. Así ordenó hace unos años George Bush bombardear "las bases" de Al Qaeda y de los talibanes para vengar los atentados de las Torres Gemelas de Nueva York, desencadenando las guerras paralelas de Irak y Afganistán, que todavía no tienen fin. El Julio César que mencioné más atrás, cuando fue liberado tras pagar rescate por los piratas que lo habían mantenido secuestrado, procedió a armar una pequeña flota para perseguirlos y acabó ahorcándolos. O empezó. Pues de ahí siguió para sus guerras, la de España y la de las Galias, y luego la civil contra Pompeyo, y después... etcétera.

Ya desde un par de siglos más atrás retumbaba en la historia el eco de un diálogo entre Alejandro Magno y un pirata capturado no sé muy bien en dónde, tal vez en las costas de Somalia. Le preguntó el poderoso macedonio al pobre somalí:

—¿Por qué haces daño?

—Por lo mismo que tú -respondió el otro-. Lo que pasa es que como sólo tengo un barquito, me llaman pirata. Y a ti, que tienes toda una flota de guerra, te llaman emperador.

Eso es, al menos, lo que cuenta san Agustín.

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