Después de una vigilancia absoluta, hoy recupero mi columna en Semana; hoy vuelvo a opinar en paz. La censura fue implacable: fueron muchas las ocasiones en las que, desde ciertos sectores del gobierno Petro, utilizaron mis convicciones para atacar a mi papá, designado comandante de las Fuerzas Militares durante el último periodo de la horrible noche. El silencio, entonces, era una obligación. Decidí tomar nota y no convertirme en un costo mayor, ya que todo estaba en juego.
Volver a escribir no significa simplemente retomar una costumbre. Significa ejercer un derecho y, a mi parecer, un deber que, durante demasiado tiempo, estuvo condicionado por un ambiente en el que cada palabra, cada publicación en redes sociales e incluso ciertas actividades parecían estar bajo constante observación. Escribir, después de tales circunstancias, es una forma de liberar la verdad que durante tanto tiempo estuvo cohibida.
El nombramiento de mi papá pudo haber frustrado las aspiraciones de quienes querían someter a las Fuerzas Militares de Colombia a intereses políticos y convertirlas en un instrumento al servicio de las ideologías en el poder. La mayoría de las batallas que libraron algunos altos mandos pasaron desapercibidas para la opinión pública. Sin embargo, ese contrapeso generó fuertes tensiones, tanto en el Ministerio de Defensa como dentro del propio gobierno. Como había contradictores que buscaban presionar a mi papá y provocar su posible salida del cargo, mi derecho a la libre expresión se convirtió en un arma de doble filo que ciertos sectores del gobierno Petro quisieron usar en su contra.
A comienzos de 2026 recibí un documento que circuló internamente hasta llegar a la Presidencia, titulado “Infiltraron a Petro”. En él no solo se registraba mi actividad en redes sociales —que permanecían privadas—, sino también los eventos a los que asistía y las personas con las que me relacionaba. Además, el documento desarrollaba un análisis claramente conspirativo sobre mi papel como columnista de la revista SEMANA: analizaba mis artículos fragmento por fragmento y presentaba mis convicciones como una amenaza para el gobierno. Un perfilamiento, a fin de cuentas.
Lo anterior me obligó a actuar con mayor prudencia. El entonces ministro de Defensa, el mayor general en retiro Pedro Sánchez, incluso llegó a cuestionar mi relación con la revista SEMANA, sus periodistas y la cercanía que tenía con la campaña presidencial de Vicky Dávila, como si se tratara de algo ilegal o incompatible con el cargo de mi papá. Al mismo tiempo, durante la campaña electoral, el exministro advirtió sobre la existencia de unas supuestas fotos mías con la excandidata Paloma Valencia que iban a ser publicadas en el mismo medio de comunicación por el que me cuestionaban. Las fotos no existían, pero se trataba de una supuesta estrategia para desacreditar al comandante general y generar desconfianza en él.
No obstante, aún no sabía quién estaba detrás de ese tipo de mensajes. La respuesta llegó justo después de conocerse los resultados de la segunda vuelta presidencial. Esa tarde, en medio de la derrota de Petro, publiqué dos historias en las que aparecía con amigos y familiares celebrando con la bandera de Colombia. No había pasado ni media hora cuando mi papá ya estaba recibiendo varios mensajes, incluso del exministro Sánchez. Tenía que borrar esas publicaciones inmediatamente. Su respuesta fue clara, pues la paciencia se agotaba: “No se metan con mi familia”.
Una funcionaria, cuya identidad mantengo en reserva, me reveló que quien enviaba esos mensajes, incluso al propio Petro, era un alto funcionario del gobierno que había trabajado en la Dirección Nacional de Inteligencia. A pesar de haber dejado la entidad, al parecer no dejaba de informar, en este caso, sobre los supuestos perfilamientos.
Si esa información es cierta, lo verdaderamente preocupante no es el nombre de quien enviaba los mensajes, que no revelo por protección personal, sino la existencia de aparentes instrumentos de vigilancia para ejercer presión dentro del Poder Ejecutivo y limitar las libertades de quienes convenga restringir. Todos los colombianos deberíamos tener derecho a expresarnos políticamente con libertad, con responsabilidad y sin miedo, porque es posible que muchos familiares de militares hayan vivido presuntas persecuciones por pensar distinto al gobierno Petro durante este periodo.
Al final, el tiempo puso cada cosa en su lugar. Con la derrota del petrismo, las presiones pasaron, los intentos de intimidación quedaron atrás y el silencio dejó de ser necesario. Hoy recupero esta columna para reivindicar la palabra y poder decir, con total libertad: su censura no prosperó; se les acabó el tiempo.
