Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2010/06/20 00:00

¡Resentidos con Juan Manuel!

Señor Presidente electo, permítame unas palabras de bienvenida. Somos más de tres millones y medio de personas que no le creemos... y quizá ya en menor cantidad, hay quienes lo consideramos un lobo disfrazado de oveja.

Julián Cubillos

Es el Presidente electo quien, con acciones y muestras concretas de buena voluntad, debe mostrarnos el error a quienes sentimos temor y resentimiento por su triunfo.

Entre los insultos, el de ‘resentido’ es uno de los que quizá más logran ofender con su simple pronunciación, pues ni dicho en un tono suave o amable parece sonar menos despectivo e hiriente. Algunas groserías, incluso más fuertes al oído, suelen tener mejor fortuna –como ‘marica’, ‘güevón’ y otras que se usan para saludar o demostrar cariño–.
 
Resentido le decimos a quien, por no haber corrido con la mejor de las suertes, queda enfadado en sobremanera con quienes, a su parecer, propiciaron su desgracia. En el juego de la vida, si se me permite la figura, más que un perdedor, el resentido se percibe, así, como un mal perdedor. Tal parece que nadie quiere ser un resentido.

Cabría desconfiar, sin embargo, de la sinceridad, de la ‘normalidad’ de quien afirme que nunca se resiente por nada. Porque siendo personas normales, comunes y corrientes –no santos, idiotas o superhombres–, nunca nos dejarán de importar las actitudes y las intenciones desfavorables que los demás adopten hacia nosotros, mucho menos las acciones ajenas que repercutan de una manera negativa en nosotros. ¿Cómo podría dejar de importarnos la mala voluntad que percibamos en los demás?
 
El resentimiento, con todo y lo indeseable que pueda parecer, es pues un sentimiento completamente natural y esencial a nuestra condición humana, es aquello que nos hace, propiamente hablando, seres morales. Tal parece, entonces, que no tenemos por qué avergonzarnos de sentir resentimiento.

Siendo así, la connotación negativa de la acusación de ‘resentido’ parece apuntar al hecho –o sospecha, por lo menos– de que el sentimiento no está justificado: quien insulta a otro diciéndole ‘resentido’ es porque, en el fondo, no cree que existan los motivos suficientes para que albergue este sentimiento y, en consecuencia, cree que el resentido no es sincero, exagera los hechos, no los entiende o es, quizá, una persona más débil de lo normal. En estos casos bien podría caber la acusación, pero en otros, en aquellos en los cuales el resentimiento sí esté justificado, la acusación será más bien producto del cinismo.

Así, por ejemplo, sería cínico y hasta enfermo decirles a las madres de los jóvenes de Soacha: “No hay que ser tan resentidas”. Porque es evidente que ellas, como todas las víctimas del conflicto armado en Colombia, no sólo albergan este sentimiento, sino que lo hacen de una manera completamente legítima y justificada. Algo ya no tan evidente, sin embargo, es la identidad de los victimarios. Porque si bien es cierto que los victimarios directos son quienes ordenan un crimen y quienes, finalmente, lo ejecutan, no menos cierto es que victimarios también son quienes permiten, por negligencia o por omisión, la ejecución de dicho crimen. Son estos últimos, de hecho, quienes más acentúan el resentimiento, ya que generan en las víctimas –y en gran parte de la sociedad– la percepción de que los crímenes se ejecutan bajo una complicidad generalizada.

Es por eso que no todo victimario tiene que ser un asesino, delincuente o terrorista, entre otros. En una comunidad moral, como lo es toda sociedad, victimario es también quien –al violar reglas morales que, tácitamente, hemos construido para vivir en comunidad– ofende en sobremanera a una persona o a un grupo de personas. Las mentiras, las infidelidades, las omisiones, los abusos de poder, entre tantas otras violaciones de reglas morales, pueden ser, propiamente hablando, fuentes de resentimiento porque nos pueden afectar en grado sumo. La mala voluntad, así es la vida, tiene mil y una maneras de manifestarse.

Una de esas manifestaciones, lamentablemente, se ha encarnado en gran parte de la clase política de nuestro país. Porque, no nos digamos mentiras, en Colombia el mal proceder de la clase dirigente es una de las mayores fuentes de resentimiento social. Resentimiento, digo, y no simplemente indignación (su análogo vicario), porque dicho proceder nos afecta en un sentido tanto comunitario como individual. Con sus prácticas corruptas, con su abuso del poder y con sus mil y una maneras de manipular la ley para postergarse en ese mismo poder, esta clase ha violado la confianza que en ella hemos depositado. Con esto no sugiero que los políticos no puedan equivocarse. Lo que digo es que así como ellos tienen el derecho a mostrar con orgullo los aciertos de su administración y a obtener reconocimiento por ellos, no de menor forma son responsables de los desaciertos ocurridos durante dicha administración. Porque para tener derechos, en toda sociedad liberal, se requiere también estar dispuesto a cumplir deberes. Es esto lo que garantiza un cierto equilibrio en nuestra naturaleza falible: para no equivocarnos tendríamos que, simplemente, no actuar; siendo que esto no es posible, siendo que somos humanos, estamos en todo el derecho a que los demás perdonen nuestros errores. Para obtener ese derecho, sin embargo, tenemos el deber de reconocerlos, de demostrar que los repudiamos y que estamos dispuestos a dar lo mejor de nosotros para no volverlos a cometer.

Sólo así podremos presentar excusas, en la legítima espera de ser perdonados. Porque es así como demostramos nuestra buena voluntad; y quien no perdona a una buena voluntad es porque, en el fondo, carece de ella.

A partir de esta ‘introducción’, señor Presidente electo, permítame unas palabras de bienvenida. Somos más de tres millones y medio de personas que no le creemos, señor. Más aún, y quizá ya en menor cantidad, hay quienes lo consideramos un lobo disfrazado de oveja, quienes estamos resentidos con usted: por querer darle continuidad a un gobierno que (de manera demostrada) tuvo nexos con el paramilitarismo; un gobierno que ha debilitado las instituciones, deslegitimando nuestras máximas instancias jurídicas; un gobierno que, con dineros públicos, quiso enriquecer más a los ricos y empobrecer más a los pobres; un gobierno que, bajo su ministerio, permitió que su máximo organismo de seguridad se utilizara en contra de la oposición y que se asesinara a jóvenes inocentes, haciéndolos pasar como guerrilleros caídos en combate. Sí, es por esta pretensión, y por la picardía con la que ganó abrumadoramente estas elecciones, que algunos estamos resentidos con usted, que encontramos justificado nuestro resentimiento y que, valga decirlo, no lo perdonamos. No es que carezcamos de buena voluntad: ¿Por qué habría de ser perdonado quien no muestra el mínimo sentimiento de culpa?

Es usted, señor Presidente electo, quien tiene ahora la carga de la prueba. Es usted quien debe demostrar que personas como yo somos unas resentidas, en la connotación más negativa que puede tener esta imputación. Es usted quien con acciones y muestras de buena voluntad puede dejarnos callados. En lo personal, atendiendo a mi honestidad intelectual y a mi integridad moral –cosas que algunos tenemos en muy buena estima y sí cuidamos, pues sí sabemos pedir perdón cuando nos equivocamos–, debo confesar que nada me haría más feliz que tener que retractarme y que fuera yo, así, quien deba presentar excusas.

Por lo pronto, debo confesarle también que, además de resentimiento, no dejo de sentir un cierto temor por tener a un individuo como usted dirigiendo este país.
 
 
*Magíster en Filosofía de la Universidad Nacional de Colombia y profesor Catedrático de Humanidades de las universidades del Rosario y Jorge Tadeo Lozano.

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