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Opinión

  • | 2011/11/05 00:00

    Santos, Petro y Uribe

    Petro comprende que hay dos condiciones ineludibles para la presidencia: salir bien de la Alcaldía y contar con un ambiente de paz y reconciliación que mueva al electorado de esa Colombia profunda, campesina y conservadora, que ha sufrido tanto con la violencia.

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Las elecciones locales le cambiaron la cara a la política nacional. El domingo en la noche, Gustavo Petro, consciente de que era el gran fenómeno de la jornada, dedicó buena parte de su discurso a hablar de los temas del país: de la reconciliación como propósito fundamental, de la Ley de Víctimas, de la colaboración con el presidente Santos, de convertir el movimiento Progresistas en una fuerza política nacional.

El martes en la mañana Álvaro Uribe Vélez le declaró la oposición a Santos con una cascada de críticas que partían del delicado tema de la desmotivación de la fuerza pública, y terminaban en la ausencia de fervor popular hacia la administración, pasando por un llamado a oponerse a las reformas cruciales que impulsa el gobierno en el Congreso.

Santos, en una respuesta tan amable como inesperada, a Petro lo exalta como un ejemplo del valor de la paz, y a renglón seguido les hace un llamado a las organizaciones guerrilleras a caminar por la senda del nuevo alcalde de Bogotá.

Y en una ácida réplica a Uribe, le dice que no va a permitir que la labor de las Fuerzas Armadas se convierta en objeto de controversias políticas; le señala que al descubrir focos de corrupción en la salud y en la Dian se han ahorrado billones de pesos a los colombianos; le advierte que han decidido liquidar el DAS para que nunca más sean espiados los periodistas críticos o los opositores a un gobierno.

Increíble. Un exguerrillero, crítico feroz de Uribe, es elegido para el segundo puesto del país, en un ambiente en el que aún está vivo el conflicto armado y las guerrillas se han ganado un enorme repudio; en un momento en el que Uribe tiene aún una gran ascendencia en la opinión pública.

Más increíble. Ese exguerrillero, duro contradictor de Santos en la campaña presidencial, declara su acercamiento al inquilino del Palacio de Nariño y decide respaldar políticas medulares del gobierno nacional. En cambio, un expresidente que ungió como sucesor al actual mandatario y se la jugó toda para hacerlo elegir, un año después, toma las de Villadiego, se ubica en la orilla opuesta y se erige como el principal contradictor. Son las cosas extrañas y apasionantes de la política.

No son, en todo caso, absurdas. El presidente Santos entiende, quizá, que no es posible modernizar el Estado y dar un salto en la minería y en la producción agropecuaria, banderas claves de su gobierno, sin romper o morigerar los nexos de la política con las mafias y la corrupción, tampoco sin encontrar una solución negociada para el conflicto armado. Sabe que en ese camino Uribe no es buena compañía y Petro puede ayudar.

Gustavo Petro comprende que hay dos condiciones ineludibles para llegar a la Presidencia: salir bien de la Alcaldía y contar con un ambiente de paz y reconciliación que mueva los corazones del electorado de esa Colombia profunda, campesina y conservadora, que ha sufrido tanto con la violencia y aún tiene una gran dificultad para acoger a quienes han sido protagonistas de primer orden en la insurgencia. Para las dos cosas necesita a Santos.

Álvaro Uribe siente que todos los demonios se han lanzado sobre él. Considera que Santos lo ha traicionado y la élite bogotana, liviana y maliciosa, está poco a poco cavando su tumba. Avizora que Colombia puede, en un mediano plazo, ir por el sendero del Cono Sur que ha virado hacia la izquierda y ha llevado a exguerrilleros al solio presidencial.

Apela entonces a la opinión pública que logró seducir en los últimos diez años y a los militares que fueron tan consentidos en sus dos mandatos. Para mantener el respaldo de la opinión recurre al expediente ya ensayado contra Pastrana: una tenaz crítica a todo lo que huela a negociación y paz. Para soliviantar a la fuerza pública acude al peligroso recurso de exacerbar sus reclamos a la justicia y promover su inconformidad con las decisiones del presidente. Pero los tiempos cambian y les puede ir mejor a Santos y a Petro en sus apuestas.
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