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Opinión

  • | 2006/09/16 00:00

    ¡Se le fue la mano!

    Chávez se había convertido en un líder de talla internacional. Pero después de sus declaraciones sobre las torres, regresó a su dimensión de loquito

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Debo confesar que siento una admiración clandestina por el presidente venezolano Hugo Chávez. Pero no me mal interpreten: soy todo menos chavista. Lo que pasa es que resulta difícil resistirse a la perversa fascinación que produce este personaje.

Antes de declararse “socialista como Jesucristo y Simón Bolívar”, e iniciar su carrera política, fue beisbolista, monaguillo, casi sacerdote, escritor de cuentos y de obras de teatro, paracaidista, y alcanzó a estudiar unos años de ciencia política hasta que ingresó a la carrera militar.

Como Presidente de Venezuela ha ganado tres elecciones: la que lo llevó por primera vez al poder, la que se realizó cuando se modificó la Constitución y la que ganó cuando se organizó en su contra un referendo revocatorio. Ha superado un golpe de Estado. Ha enfrentado exitosamente la oposición de los sindicatos, de los empresarios, de los medios de comunicación, de la Iglesia, y resistió una huelga de 62 días que esos le organizaron.

Y como si todo esto fuera poco es dueño de todo el Parlamento venezolano, escribió la nueva Constitución a su medida, y en su momento se dio el lujo de cerrar el sistema judicial y el Congreso. Todo esto combinado con su retórica radical de izquierda le ha permitido desbancar a Inacio Lula da Silva como el gran líder regional, convirtiéndose en el heredero político de Fidel Castro.

Pero fue desafiando al gobierno de George W. Bush, hasta unos límites que pocos habían traspasado, como logró su dimensión internacional. Ha ordenado que durante su gobierno no se enseñe inglés, sino portugués. Expulsó de su país a los agregados militares de Estados Unidos, acusándolos de violar la soberanía. Al cuerpo diplomático lo ha denunciado por traer contrabando en la valija diplomática. A la secretaria de Estado, Condoleezza Rice, le ha aconsejado que se eche “un polvito”. Adelanta una veloz campaña armamentista, para defenderse supuestamente de las amenazas de invasión de Estados Unidos. Es íntimo de los países árabes y musulmanes, hasta el punto de que Irán es un gigantesco inversionista en Venezuela y a cambio, Chávez lo apoya en el desarrollo de su proyecto de energía nuclear, que tiene en ascuas al mundo.

Sus imágenes con Fidel Castro en su cama de convaleciente le dieron la vuelta al mundo. Fue por cuenta de Chávez que primero supimos que Castro no había “estirado la pata”. Pero mucho antes del ocaso físico del Presidente cubano, Chávez ya lo había destronado como luminaria y líder continental, hasta el punto de que en las cumbres de la región ya no era raro que las cámaras de la televisión prefirieran perseguir a Chávez, y que Castro se limitara a asomar la cabeza en medio del corrillo.

Pero así como sus éxitos y sus golpes de audacia han llegado a sorprenderme, no salgo de mi asombro de las barbaridades que dijo la semana pasada con motivo del quinto aniversario de las voladuras de las Torres Gemelas de Nueva York:
Que Bush planeó el atentado para justificar su guerra contra el terrorismo.

“Fue el mismo poder imperial el que planificó y condujo este atentado o hecho terrorista terrible contra su propio pueblo y contra ciudadanos de todo el mundo. ¿Para qué? Para justificar las agresiones que de inmediato se desataron contra Afganistán, sobre Irak, y las amenazas contra todos nosotros, incluyendo Venezuela”.

Y más adelante dice: “Las Torres Gemelas se cayeron en menos de nueve segundos, por tanto no es descabellada la hipótesis de que esas torres fueron dinamitadas, que había un conjunto de explosivos en ellas”.

Para rematar puso en duda que el Pentágono también hubiera sido atacado, “porque nunca nadie consiguió un solo resto de ese avión, ni las turbinas que son de titanio aparecieron nunca”.

Creo que con estas declaraciones se le fueron las luces. Esas enormidades son rutinarias en boca de estudiantes tirapiedra, pero son absolutamente insólitas para una persona que ostenta la condición de jefe de Estado. Chávez comenzó su carrera, a los ojos del mundo, como un loquito, y pasó a convertirse con el tiempo en un líder tercermundista de talla internacional, lo cual nadie le niega hoy en día.

Sin embargo, después de escuchar sus declaraciones sobre las Torres Gemelas, me temo que regrese a su dimensión de loquito.


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