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Opinión

  • | 2016/02/16 17:56

    Ahí está pintado Peñalosa

    Peñalosa está recuperando el espacio público, aislando a vendedores ambulantes, prostitutas e indigentes para que el resto de la sociedad no los vea.

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La primera vez que Peñalosa fue alcalde de Bogotá, El siguiente programa se burlaba con inteligencia de su política en seguridad, que consistía en embellecer el espacio público para mejorar la percepción de seguridad. Esta satírica serie de los noventa mostraba una caricatura de Peñalosa pintando tugurios para que se vieran bonitos, instalando bolardos para impedir que los carros se parquearan en las aceras y pintando las caras de los pobres para que se notaran menos pobres. Todo con la idea de incrementar la percepción de seguridad, de modo que los ciudadanos se apropiaran del espacio público y los delincuentes sintieran que había un mayor control social que los desincentivara a delinquir. Así, Peñalosa caricatura y Peñalosa real seguían la teoría de las ventanas rotas propuesta por Wilson y Kelling, cuya premisa de partida es que “si una ventana rota en un edificio se deja sin reparar, pronto el resto de ventanas serán rotas”.

El punto es que no hay evidencia concluyente de si la aplicación de esta teoría verdaderamente beneficia la percepción de seguridad y, por consiguiente, reduce la delincuencia. Donde ha funcionado, no es claro que la reparación de ventanas rotas haya sido la causa de la reducción del delito. En esos lugares esta política ha coincidido con incrementos en el número de policías, el mejoramiento de la situación macroeconómica del lugar donde se aplica, la implementación de estrategias policiales más eficientes, entre otros factores, luego no se sabe a cuál de ellos atribuirle los menores índices de delincuencia.

Un caso de fracaso de esta teoría es El Cartucho. En su primera alcaldía, Peñalosa suprimió este deprimido lugar habitado por indigentes y, en su lugar, construyó un amplio parque. Obvio, la indigencia no se acabó, sino que se desplazó a otras zonas como El Bronx. Y los demás ciudadanos tampoco mejoraron su percepción de seguridad, por tanto, no se apropiaron del parque. Hoy prácticamente nadie camina por allí por miedo. Por eso sorprende que Peñalosa quiera repetir el experimento y plantee acabar con El Bronx y construir allí un parque.

Más allá de la efectividad de la teoría de las ventanas rotas, creo que hay mucho de democrático en recuperar el espacio público para que la ciudadanía se apropie de él. En una sociedad tan segregada, en la que pobres y ricos estudian separados, utilizan medios de transporte distintos, viven en barrios diferentes, etc., el espacio público se convierte en el único entorno medianamente pluriclasista. Además, si su recuperación eventualmente mejora la percepción de seguridad, el sentido de comunidad se fortalecería al lograr ciudadanos menos paranoicos que no ven al otro como un potencial delincuente.

Por esto me parece importante ordenar el espacio público: que se mejore su iluminación; que solo en lugares autorizados se puedan hacer grafitis y pegar afiches; que se recuperen los andenes para el peatón y no para los carros; que las ciclorutas sean para los ciclistas y no para los vendedores ambulantes, a quienes habría que reubicar en quioscos o módulos en puntos comerciales, como lo ordena la Corte Constitucional; que la prostitución solo se pueda ejercer en unos sitios específicos, etc.

Ante la falta de certidumbre sobre la efectividad de la teoría, no me opongo a que se reparen las ventanas rotas, siempre y cuando esto no implique desconocer derechos. Diferente a lo que ha venido haciendo Peñalosa en su primer mes como alcalde. Primero, la Policía retiró a unas prostitutas de San Victorino, las golpeó y las encerró en la UPJ. Segundo, levantó de la Calle 26 a unos indigentes. Tercero, desalojó a los vendedores ambulantes de la Calle 72 sin reubicarlos previamente. Y no se diga que es culpa de la Policía porque el alcalde es quien le da las órdenes (Constitución, art. 315). Con el agravante de que el plan que Peñalosa le vendió a sus electores no es un buen presagio de que esto vaya a cambiar. En general, su propuesta consiste en poner más cámaras de seguridad, construir más UPJ y recuperar los parques de barrio de los marihuaneros.

Mi interpretación es que Peñalosa busca aislar de ciertas zonas estratégicas a quienes él y muchos conciben como generadores de percepción de inseguridad (indigentes, vendedores ambulantes, consumidores de droga, prostitutas, pobres y grafiteros), con la esperanza de que terminen en los extramuros de la ciudad, donde el resto de la sociedad o al menos unas clases sociales no los vean. Es como si, en vez de pintar calles, postes, muros y andenes, Peñalosa hubiera optado por pintar personas.

Valdría la pena que releyera a Wilson y Kelling quienes identificaron este peligro de las ventanas rotas: “Podemos acordar que ciertos comportamientos hacen a una persona más indeseable que otra, pero ¿cómo asegurar que la edad, el color de la piel, la nacionalidad no van a ser los criterios para distinguir lo indeseable de lo deseable?”.

*Investigador del Centro de Estudios de Derecho, Justicia y Sociedad (Dejusticia)

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