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Opinión

  • | 2003/04/13 00:00

    Sopa de letras

    ¿Habrá algo que riña más con la democracia,garantía de la libertad, que impedirle a alguien que se abstenga,por cualquier razón?

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Sopa de letras fue lo que hicieron la semana pasada en el Senado con los que se suponía que eran los cuatro ingredientes fundamentales de la reforma política que necesita el país: umbral con lista única, cifra repartidora y voto preferente.

El umbral, combinado con la lista única, para acabar con las microempresas políticas o las candidaturas de garaje, que determinan que el Congreso esté lleno de personas que se tienen a sí mismas como jefes, incluso dentro de los partidos políticos tradicionales que entregan decenas de avales a todo tipo de listas. Así no se puede gobernar un país. Con umbral, que es un mínimo para tener derecho a participar en el juego electoral, surge la necesidad de agruparse, lo cual evidentemente ordena la política. No habría, pues, sino una sola lista oficial del Partido Liberal, una sola del Conservador y una sola de cada uno de los otros partidos o movimientos que cumplan con el requisito del umbral.

La cifra repartidora (no se preocupen por entender la fórmula, que es una operación matemática complicadísima, sino el concepto): porque hace que todas las curules tengan el mismo valor, y no como sucede hoy con el sistema del cociente y del residuo, que permite que mientras una curul se gane con 100.000 votos, otra se pueda ganar con 30.000. Y de paso se le cierra el camino a la famosa 'operación avispa' que utilizan los grandes caciques políticos para dividirse en varias listas que les garanticen, por el juego de los residuos, más curules que las que habrían obtenido solamente con una lista.

El voto preferente, porque permite que gente nueva tenga la opción de poder ser elegida. Sin este sistema impera el llamado 'del bolígrafo', que consiste en que sólo los dirigentes de los partidos o los políticos de peso son los que tienen la facultad de decir quiénes y en qué orden pueden aparecer en las elecciones como aspirantes. Si se dejan los anteriores ingredientes sin el voto preferente, se corre el grave riesgo de cerrar la política.

Como decía, estos cuatro elementos constituían el mapa ideal para la política colombiana. Pero lo que pasó en el Senado la semana pasada, cuando todo el mundo pretendió coserse una reforma política a la medida de cada uno, dejó hecho todo una sopa de letras.

En primer lugar, el umbral, que está contemplado en el referendo, aparece de nuevo en esta reforma política con el peligro de que, quedando ella aprobada, a los colombianos nos toque salir otra vez a votar por el mismo umbral ya aprobado cuando se hagan las elecciones del referendo.

A este absurdo se suma lo que hicieron con la lista única: a cada partido se le da la posibilidad de avalar varias listas -lo mismo que hoy- con lo que el concepto del orden que se pensaba garantizar prohibiendo la proliferación de listas de un mismo partido queda triturado.

A eso se suma otro absurdo: que el voto preferente pueda ser opcional. Pero si se decide utilizar ese mecanismo, ahí sí la lista tendrá que ser única. O sea que en las próximas elecciones habrá listas sin voto preferente y listas con voto preferente. Consecuencia: por un lado, las reglas de la política no pueden ser opcionales porque se rompe el equilibrio electoral. Pero segundo, ¿ustedes se imaginan la confusión de un votante que tiene que entender en cuáles listas tiene que votar por el que aparezca de primero, y en cuáles otras por el que él quiera, sin importar que aparezca en el puesto 78?

Pero la sopa de letras no termina aquí, porque además le pusieron un condimento peor de feo que el comino: el voto obligatorio.

¿Habrá algo que riña más con el concepto de democracia, garantía de la libertad de un país, impedirle a alguien que se abstenga, cualquiera que sea la razón que lo asista?

Además, el voto obligatorio aprobado la semana pasada por el Senado viene con el absurdo del castigo por su incumplimiento: quien no vote no podrá acceder a ninguno de los programas de inversión social del gobierno, ni a los programas de educación superior, vivienda o reforma agraria, exenciones o estímulos tributarios, ser elegido o nombrado en un cargo público, etc. ¿Qué tan democrático es amarrar el voto a los programas sociales del gobierno? ¿No será mejor, en lugar de matar de hambre o de falta de oportunidades al colombiano abstencionista, que de una vez, más bien, lo metan a la cárcel?

Esa reforma política que aprobó la semana pasada el Senado es peligrosa, confusa, antidemocrática, no sirve electoralmente y debe ser hundida cuanto antes por la Cámara de Representantes.

ENTRETANTO? ¿Hasta cuándo nos tendremos que aguantar las impertinencias de Chávez y de su vicepresidente contra Colombia? (¿Hasta cuando ellos quieran?)
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