05 diciembre 2012

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Tu origen es el destino

Por Roberto García Alonso

OPINIÓNEn Colombia, a la normalización de la discriminación se le suma la connotación de prestigio social relacionada con el estrato.

Parafraseando a Eduardo Galeano, tu “residencia” es tu destino". Una de las colecciones pictóricas que más me impactaron cuando entré por primera vez en el museo de América, en Madrid, fue la de las pinturas de castas, dedicadas a la representación simbólica de la sociedad virreinal, donde se muestra la unión entre españoles, indígenas y negros, en unos entornos que refuerzan el papel que desempeñan los diferentes modelos sociales. Esta es quizás uno de los más perversos legados que la colonización española dejó en Latinoamérica: la normalización de la discriminación.

La Constitución de 1991 prohíbe la discriminación por razones de sexo, raza, origen nacional o familiar, lengua, religión, opinión política o filosófica y proclama que el Estado promoverá las condiciones para que la igualdad sea real y efectiva y adoptará medidas en favor de grupos discriminados o marginados.

Pues bien, una de las cosas que más impactan a un extranjero que visita Colombia por primera vez, no es tanto la desigualdad social. Las clases sociales existen en todos los países, es una consecuencia inherente al propio sistema capitalista, pero en Colombia además de las clases sociales existen los estratos. Cuántas veces no habré escuchado “ese vive en un barrio del sur”, o expresiones como “gamín” o “mariguanero”, incomprensibles para quien las escucha por primera vez.

Hoy en día, hay una connotación de prestigio social asociada a la pertenencia al estrato que acaba convirtiéndose en algunos casos en una barrera a las relaciones personales y de trabajo. El imaginario colectivo ha asumido con naturalidad que en el sur las condiciones de seguridad son inferiores que las del sector norte de la ciudad, lo mismo que los habitantes de los estratos 5 y 6 se muestren desconfiados más allá de las zonas fuera de su “movilidad” o que las personas menos pudientes perciban determinados lugares de la ciudad, como inalcanzables, fuera de los confines conocidos de su realidad. Una discriminación que va más allá de la clase social a la que se pertenece, sino que esta irremediablemente asociada al barrio donde se vive, la forma de vestir, el acento o hasta la propia universidad en donde se estudia. Quizás muchos piensen que la apertura de supermercados en todos los estratos ha contribuido a recrear una situación de menor discriminación, pero no terminan de escapar de los prejuicios asociados a la estratificación.

Ya no es solo que la política de estratificación y las diferentes políticas sociales basadas en este mecanismo sean evidentes que de facto no funcionan, o que día a día el sempiterno problema de la movilidad urbana nos recuerde que la elección del lugar de residencia es un privilegio que solo está al alcance de unos pocos.

Al debate sobre la ineficiencia de este sistema, le falta un relato, una narrativa destinada a descubrir los efectos perversos de esta práctica durante todos estos años. Y es que su existencia ha contribuido a una naturalización de la estructura social actual, aun cuando ésta es el resultado de procesos históricos arbitrarios o injustos. Pero no solo eso: las diferencias entre grupos de estatus son naturalizadas y legitimadas, convirtiéndose en algunos casos en una barrera a las relaciones personales y de trabajo. Su persistencia no sólo imposibilita reformas integrales y redistributivas de protección social, sino que reproduce en el tiempo dos lógicas: las dos pasan percibidas y las dos son increíblemente perversas. La primera muestra una rémora, un freno irremediable y constante hacia la inclusión democrática y la otra hacia una tolerancia hacia el clasismo y la discriminación económica intolerable en una sociedad democrática.
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