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Opinión

  • | 1992/09/07 00:00

    Un hombre ausente

    A Arrieta no se le ha visto ni oído nada importante durante los muchos meses que lleva de Procurador.

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EN TODA ESTA CONTROVERSIA POR LA fuga de Escobar existe un personaje cuyo papel me ha llamado la atención. No por lo que ha hecho, sino por lo que no ha hecho. Me ha llamado la atención por su ausencia. Se trata del Procurador, Carlos Gustavo Arrieta. Un hombre que se las ha arreglado para pasar intrascendentemente por el segundo cargo más trascendental para los destinos del país, despues del de Presidente de la República. Eso, antes de que el Fiscal General le arrebatara el papel de ejercer la conciencia moral del país.
Cuando digo que el Procurador es un hombre ausente, no me refiero a que no haya estado físicamente presente en este y en casi todos los otros temas que han generado opinión en Colombia. Pero no precisamente para cumplir con su función fiscalizadora de la administración publica, sino para estar en la movida, como se dice vulgarmente. Para lucirse, para mostrarse, para figurar, para quedar bien sin necesidad de meterse en mayores problemas.
Y por su afán de estar en todo, el Procurador ha terminado no estando en nada. Ha inaugurado un estilo que podríamos llamar de Procuraduría política, cuya principal característica es la de ser un funcionario amigo del régimen, que avala con su presencia todos los procedimientos que deberían ser objeto de su vigilancia posterior, más no de su aquiescencia previa.
Como consecuencia, a Carlos Gustavo Arrieta no se le ha oído nada importante durante todos los meses que lleva de Procurador, y menos se le ha visto nada notable en el campo de las decisiones que debe tomar un hombre cuya función es la de vigilar que los funcionarios públicos cumplan con su deber en un país tan corrupto como Colombia.
De su actuación como vigilante de la moral pública en el caso de Escobar, lo único que ha podido mostrar son un par de carticas de comienzos de este año, en las que le pide al Ministro de Justicia que tome las medidas del caso para que la cárcel de Envigado sí sea una cárcel segura. Despues de eso no hubo sino un absoluto silencio. Pero con ellas se lavó las manos a la hora de aclarar de qué manera vigiló la Procuraduría que los encargados de manejar el sometimiento de Escobar a la justicia estuvieran cumpliendo bien con su deber.
Sin embargo, donde más ausente ha estado el Procurador ha sido en la discusión de las responsabilidades del operativo que originalmente pretendía trasladar a Pablo Escobar de cárcel, pero que finalmente precipitó su fuga.
Me explico. Nuevamente la ausencia del Procurador no es física. Su cercanía con el régimen llevó a que estuviera presente en el Consejo de Seguridad que en la noche del 21 de julio manejaba desde Palacio el fallido operativo militar. Allí estaba el procurador sentado, hábilmente invitado por el Presidente de la República, avalando un proceso de toma de decisiones que, de lo contrario, el tendría que estar fiscalizando a estas horas.
Como consecuencia, el Procurador se ha tenido que abstener de opinar sobre el episodio más dramático de vigilancia administrativa que le ha pasado y seguramente le pasará por las manos.
Semanas atrás, cuando por un error de interpretación jurídica de su viceprocuradora estuvieron ad-portas de salir de las cárceles los peores delincuentes del país, el se apresuró a legitimar la decisión del Ejecutivo de echar mano de la figura de la Conmoción Interior, porque nuevamente había participado en el proceso gubernamental de encontrar dicha fórmula. Olvidándose, desgraciadamente, de que con ello estaba preconceptuando, porque su opinión era una disposición constitucional, pero otorgada después de la toma de la decisión y no durante ella, cosa que automáticamente lo colocó en la peligrosa dualidad de juez y de parte.
Antes de este espisodio hubo el de los auxilios. Para el caso de Juan Martín Caicedo el Procurador había emitido un concepto condenatorio sobre la ilegalidad de los dineros entregados a los concejales. Pero cuando se abordó el tema de los auxilios nacionales, ya no fue condenatorio sino absolutorio, porque el había participado en el proceso de aprobarlos; hábilmente inducido a ello por un decreto del Gobierno. Avaló nuevamente con su presencia, en un procedimiento propio del Ejecutivo, lo que de otra manera debería hacer sido objeto de su vigilancia y probablemente de su rechazo.
Como consecuencia, poco a poco el Procurador se ha quedado sin el derecho a decir nada. Su afán por hacerse equivocadamente presente en todos los temas importantes del país para opinar cuando no toca, lo ha convertido en un factor de perturbación más que de fiscalización.
Se deja invitar demasiado del régimen. Se deja fotografiar demasiado con el régimen. Se deja comprometer demasiado por el régimen. El régimen lo ha utilizado a su antojo.
Por todo lo anterior, el Procurador es el funcionario más ausente en el debate sobre la fuga de Escobar. El más ausente, por haber estado demasiado presente.-
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