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Opinión

  • | 2012/10/30 00:00

    Un país de transfugas

    El transfuguismo afecta la credibilidad del sistema electoral, impide la institucionalización de los partidos y arraiga el personalismo de nuestro sistema político.

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El presidente Santos acaba de pedirle a los partidos de la Unidad Nacional, y especialmente a la U, que no apoyen las normas destinadas a permitir el transfuguismo para las próximas elecciones parlamentarias. El presidente tiene razón por motivos tanto teóricos como prácticos.
 
En lo teórico, el transfuguismo afecta la credibilidad del sistema electoral, impide la institucionalización de los partidos y arraiga el personalismo de nuestro sistema político.
 
No es bueno para la democracia que la gente entre y salga de los partidos como si fueran cafeterías. Lamentablemente en Colombia lo hacen, y con gran descaro ello se ha vuelto costumbre desde la Constitución de 1991. Incluso, la reforma constitucional de 2003 estableció su prohibición so pena de incurrir en doble militancia, pero la misma reforma estableció que “por una sola vez” los congresistas podrían inscribirse en un partido distinto.
 
Cuando se aprobó la siguiente reforma constitucional se repitió la excepción y se permitió que la gente cambiara de partido para las elecciones de 2010 sin incurrir en doble militancia y sin tener que renunciar a sus curules.
 
Ahora varios congresistas pretenden auto exceptuarse de nuevo y con ello reiterar que la excepción es la regla, que las curules son de los parlamentarios y que pueden trastear con ellas cuando quieran y que no importan las normas, porque para eso ellos las hacen…y deshacen.
 
La raíz del problema está en que, como lo he dicho muchas veces, en Colombia son los candidatos los que escogen partido y no los partidos lo que escogen candidatos. La explicación está en una combinación de falta de ideología de los partidos (si todos son tan parecidos que diferencia hace) ausencia de carácter programático (si no hay programas lo que importa es el individuo) y razones institucionales y prácticas (la plata y los votos los consiguen los candidatos).
 
Para salir de esta malsana costumbre necesitamos que por primera vez, y de aquí en adelante, la gente que salió elegida entregue sus curules al partido y se vaya a hacer campaña a sus nuevos espacios pero sin sus credenciales. A nadie se le puede obligar que esté en un partido donde no quiere, pero lo que no debe es seguir beneficiándose de la curul que obtuvo a nombre de ese partido mientras hace campaña para otro.
 
Por esto tiene razón el presidente Santos en oponerse al transfuguismo. Pero al presidente le asiste una motivación más pragmática, y quizás mucho más poderosa.
 
Si se aprueba el transfuguismo será abrirle la puerta a Uribe para que empiece a sonsacar parlamentarios, que empezarían a hacer el doble juego de decirle a Uribe que van para allá y al Presidente decirle que con él se quedan, mientras ven donde les conviene más. Más grave aún, esos mismos parlamentarios tendrán una poderosa arma de extorsión contra el ejecutivo, pues si el gobierno no cede a sus pretensiones burocráticas (que en año preelectoral son insoportables) amenazarán con salirse del partido y de la coalición frente a lo cual el presidente quedará preso de sus parlamentarios.
 
El gobierno del presidente Santos debe impedir que se abra paso el transfuguismo, tanto para defender la consolidación de un sistema de partidos serio, como para evitar quedar sometido a la extorsión de los parlamentarios en el último año de su periodo. Y si el presidente Santos está pensando en reelegirse, entonces el tema resulta vital para sus propias aspiraciones.
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