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Opinión

  • | 1983/08/22 00:00

    UN QUIJOTE SIN MANCHA

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Si Cervantes hubiera escrito su "Don Quijote" después de la muerte de Simón Bolívar habría que decir que fue una fiel copia de la vida del Libertador. Porque en Bolívar se plasma, más que en la misma novela, ese estilo de vida quijotesco, creativo e ingenuo que surgió de la imaginación de Cervantes. Bolívar corrobora esa manera de ser. La trasciende. La impone y la convierte en genialidad. Con la diferencia fundamental de que la humanidad se río del Quijote y Bolívar, en cambio, no permitió tamaña desfachatez.
En principio Bolívar había nacido para ser un Sancho más. Como su padre y sus tíos habría de ser, por tradicion, un aristócrata caraqueño que viviría del favor de algún allegado en la corte española. Había nacido rico. Tenía posición familiar y sólo le quedaba combinar las circunstancias para llegar, tal vez, a asomar sus narices en el entonces poderoso gabinete del Rey de España. Era a ese renglón de funcionario de la corona al cual Bolívar aspiraría empujado por su familia, lo que para Sancho fue la gobernación concedida por don Quijote.
Pero la muerte, que siempre cambia las cosas, determinó que Bolívar pasara de ser Sancho a ser Quijote. Tal vez no haya en la historia de la humanidad personaje más perseguido por la muerte. Cuando tenía tres años murió su padre y a los nueve años moría su madre. Huérfano encontró apoyo en su maestro Simón Carreño Rodríguez, que años después se fugaría por conspiración contra el régimen español. Abandonado se dirige a Europa. Encuentra la sensualidad y al poco tiempo se casa. Regresa de inmediato a Venezuela. Pero a los diez meses su esposa, María Teresa Rodríguez del Toro, muere de una violenta fiebre tropical. Bolívar tenía 19 años. Ciento cincuenta años después Giovani Papini escribía un cuento titulado "El que me ama, muere", que bien podría ser la historia de Bolivar hasta los 19 años.
La metamorfosis se efectúa. Bolivar, ante su esposa moribunda, jura no casarse jamás. Ahora, en el filo de la navaja, completamente abandonado, Bolívar es un fantasma que necesita de un incentivo fortísimo para sentirse de carne y hueso, para creer en la vida y no dejarse morir, para conservar el juicio. Y se convierte en el Quijote más insigne y digno que haya tenido la historia de los hombres.
Regresa a Europa y en Roma, en compañía de su antiguo amigo y maestro Simón Rodríguez, ejecuta la actitud más quijotesca de su vida. En el Monte Aventino, cargado de libros de caballería que para él eran Diderot, Plutarco, Rousseau y Voltaire, jura "por el Dios de mis padres... que no daré descanso a mi brazo ni reposo a mi alma hasta que haya roto las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español". Es un esplendoroso acto de locura que de no haberse llevado a cabo habría significado la demencia perpetua de Bolívar. Porque luchar por la libertad de la Nueva Granada, Venezuela, Bolivia y Perú, era, entonces, como combatir contra los molinos del Quijote.
Convertido en una tempestad seguro de su proyecto, Bolivar vuelve de nuevo a tierras venezolanas cubierto por la armadura de la responsabilidad. Derrotas políticas y militares, como la de Puerto Cabello, donde pide se le rebajen todos sus galones, no son obstáculo para que continúe con voluntad de acero los designios de su juramento. El delirio bolivariano sigue su trayecto sin posibilidad de truncarlo. Con fuerzas que rara vez excedían un puñado de hombres sin paga, sin ropa, sin víveres y en gran parte sin conciencia política, Bolívar atraviesa las marismas del Orinoco, escala los Andes, desafiando a Aníbbal; va hasta las costas, llega hasta el Perú y descarga golpes de cíclope a las fuerzas españolas con la última onza de energía.
Mientras marcha y combate, sigue pensando en su dulcinea que es la libertad total. Labora sin cesar para que del encuentro con ella salga una República de dinámica inquebrantable, apoyándose en instituciones que le den vida propia. Logra la libertad, pero fracasa políticamente por la maledicencia de varios sanchos compatriotas suyos. Sin embargo, en su fracaso deja un riquísimo depósito de consideraciones políticas que todo aquel que aspire a pensar en términos de unidad para América tendrá siempre que tener en cuenta.
Agobiado, muere a los 47 años. De su boca sale una frase de profunda raigambre quijotesca: "Edifiqué en el viento y aré en el mar". Como el Quijote, Bolívar era un ser que luchaba consigo mismo. Aristócrata popular, identificado con su caballero que era Napoleón, al mismo tiempo aborrecía sus actitudes grandilocuentes. Avido de poder para hacer cosas, siempre renunciaba a sus cargos. Paladín blanco de una raza mixta que no entendía bien y de la que no se fiaba, generoso sin límites y celoso sin descanso, era sincero absoluto en su propósito esencial, pero tortuoso en sus medios. Sus palabras eran parte de su acción orientadas hacia un efecto persuasivo inmediato, pero que sin querer aún tienen vigencia. Y, sin embargo, su carrera, como la del Quijote, es recta como una flecha tanto en su asombrosa ascensión como en su triste descenso. Esa es su grandeza. Haber llevado un pueblo a la libertad a través de un hilo de rectitud inigualable y que constituye el ejemplo más grande de la humanidad.
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