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Opinión

  • | 2004/06/20 00:00

    Uribe y los pecados capitales

    Nunca antes había estado Uribe más obligado a controlar la ira y mostrarse generoso con las alternativas de reconciliación

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Ahora que la primera vuelta de la reelección es un hecho, y que no hay muchas razones para dudar que complete la segunda sin mayores complicaciones, hay que empezar a considerar seriamente a Álvaro Uribe como candidato presidencial, y por consiguiente, evaluar los riesgos que le esperan por delante en esta arriesgada aventura que ha resuelto emprender.

Se me ocurre, inspirada por la carátula de la última revista SoHo en la cual los siete pecados capitales están inspirados por unas hermosas chicas empelotas con textos de Antonio Caballero, que en ellos podemos encontrar la fuente de las tentaciones que deberá evitar a toda costa el ciudadano-candidato Álvaro Uribe, en orden a hacer un tránsito lo menos traumático posible a su segundo período presidencial.

De la lista que conocemos elaborada el siglo VI por el papa San Gregorio Magno, encontramos que el primero de los pecados capitales es la soberbia.

De alguna manera Uribe ha llegado hasta la osadía de plantear su reelección más por un asunto de soberbia que de humildad. Él realmente cree que ha colocado a Colombia por la senda correcta y que solo él es capaz de completar la misión de poner el país a salvo de sus males. La verdad es que Colombia está muy lejos de Venezuela en cuanto a carecer de un equipo de relevo político. Mientras allá no se vislumbra el sucesor de Chávez, aquí ya hay una lista nutrida de aspirantes de todos los colores y sabores que de ninguna manera dejarían huérfana la Presidencia. Uribe, pues, evitando el pecado de la soberbia, debe mantenerse en la importancia de su continuidad pero no desconocer el hecho de que hasta él es reemplazable.

El segundo pecado capital es la avaricia. Gobernar con unos pocos y convertirse en un elemento inaccesible tratando de controlar la mayor cantidad de tentáculos de la administración y de la política contrasta fuertemente con la modalidad de un presidente abierto, franqueable, sin muros de contención, y por consiguiente lo mismo de un candidato que no controla con avaricia los canales del poder.

El tercer pecado capital es la lujuria. Entendida políticamente, esta podría llevar al Presidente-candidato a entregarse fácilmente a las lisonjas del poder y a los pactos con la mayor cantidad posible de fuerzas, por oportunistas y ajenas que sean al estilo y filosofía presidenciales, con tal de obtener los gozos del poder.

El cuarto pecado capital es la envidia. Hay movimientos y personalidades que, siendo antiuribistas, han venido logrando un calado en la opinión al que conviene mirar con ojos generosos y no con la envidia del que siente que le están respirando en la nuca. Por ejemplo, al Polo hay que admitirle sus aciertos y sus proyecciones. Si es realmente capaz de armar una oposición seria y consistente no hay que mirar sus fuerzas con celos o envidias, sino con un gran espíritu de tolerancia democrática.

El quinto pecado capital es la gula. El Presidente, en su condición de candidato, deberá evitar aparentar que come más que sus rivales, que viaja más que sus rivales y que tiene más recursos que sus rivales. En esto Uribe deberá ser extremadamente cuidadoso para que no se le acuse de que como candidato-Presidente practica el pecado de la gula, con evidentes privilegios sobre sus contendores, que caminan a pie limpio sobre el asfalto.

El sexto pecado capital es la ira. Ahora que parece asegurada su segunda candidatura presidencial, este es un pecado que a toda costa tiene que evitar el hombre más poderoso que amenaza con seguirlo siendo cuatro años adicionales a su período. Nunca antes había estado Uribe más obligado a controlar la ira y a mostrarse infinitamente generoso con las distintas alternativas de reconciliación nacional. Sin el pecado de la ira, no habrá ninguna puerta cerrada para considerar cualquier posibilidad que pueda aliviar las penurias por las que hoy atraviesan muchos colombianos, incluyendo el hambre, el desempleo, el desplazamiento y la pérdida de la libertad personal.

El séptimo pecado capital es la pereza. Ni en la campaña anterior había estado Uribe obligado a ser más activo, más imaginativo, más trabajador, más participativo en la vida nacional. Una victoria casi asegurada podría tenderle la tentación de la cautela, y por consiguiente de la reducción de la actividad, lo que no parece muy compatible con su incansable personalidad. Pero pereza, por parte del Presidente-candidato, sería el último pecado que no desearíamos verlo cometer, pues si alguna lección ha dejado la testarudez con la que ha sacado adelante la reelección ha sido toda la contraria: un infinito entusiasmo y una gran confianza en que es el hombre apropiado para los días que se nos vienen.

Así que ojo, Presidente, que los pecados capitales no se inventaron ayer ni existe antídoto conocido contra su contagio, que se extiende, sin saber a qué horas, por los vericuetos del poder.



ENTRETANTO.¿Qué tan preocupados debemos estar por las últimas embarradas de nuestras Fuerzas Militares? ¿Demasiado será mucho? ¿Mucho será poquito?
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