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Opinión

  • | 2001/10/22 00:00

    ¿Y Colombia qué?

    Las expresiones oficiales de solidaridad no muestran conciencia ni malicia de que Colombia tiene todo que perder o ganar

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La cuestion es perfectamente clara: Estados Unidos castigará, con razón, a los autores, cómplices y encubridores de la masacre; tomará las medidas necesarias para que nunca se repitan esos hechos; y la gran prioridad de su política será la guerra contra el terrorismo.

La definición operativa de “terrorismo” es igualmente clara: un ataque violento y masivo contra ciudadanos norteamericanos que no provenga de la delincuencia ordinaria ni de la guerra convencional entre Estados.

Y sin embargo resulta que ni una sola de las palabras anteriores es tan clara como suena: ¿Acaso puede haber “razón” en un “castigo” unilateral? ¿Dónde comienza la “complicidad? ¿Dónde terminan las “medidas necesarias”? ¿Es sensato pretender que “jamás” se repitan esos hechos? ¿Cabe una “guerra” contra el terrorismo? ¿Cuándo es “masivo” un atentado? ¿Sólo cuentan los muertos norteamericanos —o sólo en territorio de Estados Unidos— o contarán además los europeos, o también los israelíes, o los palestinos, o los afganos? ¿Cuál es —o quién decide— la frontera entre terrorismo, delincuencia y guerra convencional?

El problema no es exclusivo de esta columna: cualquier intento por describir el nuevo propósito de la política exterior de Estados Unidos tropieza con lagunas y dudas semejantes. A mano tengo, para no ir muy lejos, un texto viejo de Schmid en el que él reseña 109 definiciones distintas de “terrorismo” (Political Terrorism, Amsterdam, 1983).

Bien estaría si el asunto fuera sólo académico o semántico. Pero es un tema de vida o muerte para Colombia. Vea usted: las definiciones operativas que adopte Estados Unidos acerca de qué es terrorismo (¿estrellar un avión?, ¿poner un carrobomba?, ¿asesinar gente inerme?), de quiénes son terroristas (y no, digamos, “guerrilleros”, drug-lords o hampones ordinarios), de quiénes califican como víctimas (¿indigenistas, “asesores militares”, campesinos comunes y silvestres?), de qué sea dar “refugio” (¿patrocinar a escondidas o entregar 42.000 kilómetros cuadrados?), de cuáles medios usar para la “guerra” (¿detectives, bombardeos, asesinatos selectivos, invasiones?), de quién debe atacar (¿los marines, los cascos azules, los ejércitos del Tiar, la Policía?), de cuáles son los semilleros de terroristas (¿juventudes, digamos, antisemitas, o satanistas, o simplemente izquierdistas?), de dónde, en fin, poner el ojo, la bota y los millones del gigante indignado, éstas —digo yo— son las cosas importantes que están pasándole a Colombia.

Y digo pasándole, porque otra vez parece que nuestros dirigentes van a pasar de agache. Las expresiones oficiales de solidaridad, por supuesto sentidas y legítimas, no muestran ni la conciencia ni la malicia de que Colombia tiene todo que ganar o que perder en este remezón. La mayoría de editoriales y comentarios locales igual de bien o mal habrían estado en el Chronicle de San Francisco o en Televisa de México: poca alusión a “cómo va” Colombia en la jugada, cero debate sobre cómo podríamos o habríamos de mover las fichas que tenemos.

Esa desatención al interés nacional —a diferencia, por decir, de México, de Francia o de Israel— es una de las claves para entender a Colombia. Y así la izquierda, que está arriesgando más que la derecha, salió con dos horribles pendejadas. Una es la onda aquella de que los gringos se la buscaron (o sea que la atrocidad justifica la atrocidad —lo cual, de paso, justifica cualquier respuesta atroz de los marines)—. Otra fue la condena de las Farc al terrorismo por ser un “acto individual” que distorsiona “las luchas del pueblo”: pues ni el acto fue individual ni las Farc tienen pueblo.

Con tres de los 30 grupos que Estados Unidos ya había clasificado como “terroristas” —y con la ñapa de los extraditables— Colombia sin duda llevará del bulto. Puede ser que nos donen más helicópteros, o que nos cierren la zona de distensión, o que alguien mate unos soldados gringos y haga venir más gringos, o al revés, que se metan en Afganistán y se salgan de Colombia.

No digo yo si esos eventos serían malos o buenos. Digo que uno cualquiera sería noticia grande para Colombia. Digo que es preferible ser arte y parte de las propias noticias. Digo que el doctor Pastrana tiene en sus manos la mayor oportunidad y el mayor riesgo de su gobierno. Digo que a las guerrillas y a los paras les cambió el mundo. Y digo —será pura coincidencia— que en este momento estamos en el Consejo de Seguridad y en la Secretaría de la OEA.
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