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| 12/13/1982 12:00:00 AM

EL "RASPUTIN" ESPAÑOL

Si Felipe González aparece angelical y moderado, su segundo a bordo, Alfonso Guerra, es casi su revés: maquiavélico, intransigente, feroz.

Durante la reciente campaña electoral, las asociaciones de empresarios españoles pagaban anuncios en la prensa para poner en guardia a los incautos: votar Felipe es elegir guerra. La amenaza era clara: guerra era Alfonso Guerra, el "número dos" del Partido Socialista. Es decir -tal vez- la guerra. No la moderación de Felipe González, sino el radicalismo. No el sosiego, sino el desasosiego.
Pero es muy posible que muchos de los votantes que a continuación le dieron una victoria abrumadora al Partido Socialista lo hicieran precisamente por eso, porque la moderación de Felipe inspiraba confianza, es cierto, pero tal vez demasiada confianza. Confianza hasta entre los empresarios de la derecha que financiaban las campañas de prensa en contra suya. La personalidad de Alfonso Guerra, en cambio, despierta más bien temor en esos círculos. Y eso tampoco es malo, en un partido que al fin y al cabo no sólo se llama socialista y español, sino además obrero. El PSOE.
Guerra, Vicesecretario General del PSOE, no es un hombre amable y diáfano como su Secretario General Felipe González. Es casi su revés: áspero, cáustico, intransigente, feroz. Pero en vista de los veinte años de amistad y colaboración que los unen, es más bien su "otro yo", su complemento necesario e inseparable, su mano derecha en la organización del partido, su principal consejero en la estrategia, y casi su conciencia en la ideología. Y sin ese binomio de luz y sombra que ambos forman, sin el juego de "el bueno" y "el malo" a que se entregan, de el blando y el duro, el moderado y el inflexible, es muy posible que el PSOE no fuera hoy la fuerza política arrolladoramente mayoritaria de España. Hace veinte años era un partido prácticamente inexistente, con sus militantes diezmados desde el final de la guerra civil por las ejecuciones del franquismo y sus dirigentes muertos, en la cárcel o desconectados de la realidad española desde el exilio. Y su asombrosa reconstrucción es en buena medida el resultado de dos ingredientes inseparables: el carisma de Felipe González y la tenacidad de Alfonso Guerra.
A pesar del juego de palabras que con su apellido quisieron hacer los empresarios, Guerra es un típico hijo de la post-guerra española. Nació en Sevilla en 1940, el más duro de los llamados años del hambre, hijo de un obrero fundidor y de una trabajadora de la fábrica de tabacos de Sevilla: como la Carmen de la ópera. De trece hermanos, Alfonso fue el único que pudo seguir estudios universitarios: ingeniería técnica industrial primero, y filosofía y letras más tarde. Y se convirtió en uno de tantos estudiantes famélicos y "progres" que poblaban las universidades españolas.

RESUCITO EL PSOE
Pero si en todo eso no se diferenciaba mucho de sus contemporáneos con sensibilidad política y aficiones intelectuales, una cosa lo distinguía de ellos: en vez de simpatizar de manera romántica con el Partido Comunista, que era la única fuerza seria de oposición al franquismo, se empeñaba en resucitar el fantasmal Partido Socialista Obrero Español, que hasta la guerra civil había sido el más poderoso de España.
Para ese partido agónico, Alfonso Guerra reclutaba activistas por toda Andalucía. Uno de ellos fue Felipe González, sevillano como él. Y los dos, Guerra y González, se dieron a recorrer toda España en busca de los supervivientes de la antigua militancia del PSOE, entrando en contacto con los grupos reducidos de las Juventudes Socialistas que en la clandestinidad actuaban en los medios obreros y estudiantiles, principalmente de Madrid y el país vasco.
A medida que el PSOE del interior de España volvía a crecer gracias a la acción de militantes como González y Guerra, entre otros, más tensas se volvían sus relaciones con la dirección del partido en el exilio. Y el choque frontal entre los dos sectores se produjo en el Congreso del partido celebrado en Suresnes en 1974. Ganó el partido del interior, y fue elegido Secretario General del PSOE el jefe de la llamada "mafia sevillana": Felipe González. Alfonso Guerra fue nombrado Secretario de Información. En el congreso siguiente, el primero celebrado en España desde la guerra, sería designado Secretario de Organización. Y en 1979, el título de Vice-Secretario General protocolizó su posición de "número dos". Tras la victoria de los socialistas en las elecciones del 28 de octubre de este año, su próximo cargo será el de Vicepresidente del Gobierno.
Pero pese a esta espectacular carrera política, Alfonso Guerra no se considera a sí mismo un político profesional. Si hace política -explica- es por razones éticas, y sin ninguna ambición de poder personal. Y eso, sumado a la transparencia de su vida, le da un margen de libertad y de insolencia muy poco frecuente en la política española o de cualquier parte. Son esa libertad y esa insolencia las que hacen que, cuando habla Guerra, una inmensa masa de españoles se siente reflejada en sus palabras. Porque no sólo habla -o así lo hacía hasta el 28 de octubre- desde la oposición al viejo franquismo, ni desde la oposición al gobierno post-franquista de los viejos franquistas, sino desde la oposición a la política. Felipe González, visiblemente, piensa todo lo que dice, y ese es el secreto fundamental de su inmenso atractivo. Pero Alfonso Guerra, además, dice todo lo que piensa.
Sus respectivos papeles de bueno y malo corresponden, por lo demás, a su apariencia física: Felipe es el galán joven, Guerra el consejero maquiavélico. Con su cuerpo esmirriado de niño mal alimentado de post-guerra, con sus ojos enormes tras los cristales de los anteojos y una sonrisa de alegría feroz en los gruesos labios rojos sobre la piel olivácea, Guerra es tan diabólico como Felipe aparece angelical. Y es temido, como es temido el diablo. En el Parlamento levanta ampollas su dialéctica rigurosa y mordaz, incisiva y violenta, servida por un humor sangriento, una memoria prodigiosa y un asombroso dominio de los temas en discusión. Guerra, se quejan sus adversarios, ha leído todo, y recuerda todo lo que ha leído: desde la poesía castellana del barroco hasta los censos electorales de la provincia de Albacete. Sus compañeros de partido, víctimas frecuentes de su lengua viperina, también se lamentan: Guerra piensa demasiado, sabe demasiado, trabaja demasiado, es demasiado amigo de Felipe González, y es incapaz de comprender, y más aún de disculpar las flaquezas humanas, él, que no tiene ninguna. Por eso todos, amigos y enemigos, usan para describir sus cualidades, adjetivos siempre negativos: implacable, imperturbable, inaguantable.
Ese es su papel. Alfonso Guerra lo sabe perfectamente: él mismo lo escribió.
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