La Revolución Verde fue uno de los grandes éxitos del siglo XX. El aumento de los rendimientos agrícolas permitió alimentar a miles de millones de personas y evitar las hambrunas que muchos consideraban inevitables. Pero ese éxito tuvo costos. La intensificación de la agricultura también contribuyó a la degradación de los suelos, a una utilización creciente de agua e insumos y a impactos.
De acuerdo con Rattan Lal, director del Lal Center for Carbon Management and Sequestration (C-MASC) de la Universidad Estatal de Ohio, el desafío del siglo XXI es diferente. “Debemos producir más, con menos. Más alimentos con menos tierra. Más productividad con un uso más eficiente del agua. Más prosperidad para los agricultores, pero más carbono almacenado en los suelos, mayor biodiversidad y ecosistemas más saludables”.
Esta transformación debe estar en el centro de la próxima etapa de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). América Latina y el Caribe tienen mucho que aportar. La región es uno de los pilares de la seguridad alimentaria mundial y un enorme laboratorio de innovación agrícola.

Argentina, Brasil y otros países han desarrollado sistemas productivos que incorporan ciencia, tecnología, agricultura de precisión, siembra directa, mejoramiento genético y nuevas prácticas de manejo de los recursos naturales.
El bioma conocido como “Cerrado brasileño” constituye un ejemplo extraordinario. La investigación científica y décadas de innovación permitieron transformar una región considerada de limitado potencial agrícola en uno de los grandes centros de producción de alimentos del planeta.
“La lección no consiste en trasladar mecánicamente ese modelo a otras regiones. La lección es que la ciencia puede transformar restricciones naturales en oportunidades para el desarrollo”, asegura Lal.
“He dedicado gran parte de mi vida científica a demostrar que la salud del suelo está inseparablemente vinculada con la salud de las plantas, los animales, las personas, los ecosistemas y, en definitiva, del planeta. No puede existir seguridad alimentaria duradera con suelos degradados. Por eso considero especialmente importante la experiencia de “Suelos Vivos de las Américas”, una iniciativa que desarrollamos junto con el Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA) durante la gestión del argentino Manuel Otero”, añade.
La iniciativa reunió ciencia, gobiernos, agricultores, empresas y organizaciones de la sociedad civil alrededor de una idea fundamental: aumentar la producción y proteger el medioambiente no son objetivos contradictorios. Los suelos saludables pueden almacenar carbono, conservar agua, fortalecer la biodiversidad, mejorar la resiliencia y, al mismo tiempo, sostener la productividad agrícola.
La experiencia adquirida en las Américas comenzó luego a proyectarse hacia África. Las innovaciones desarrolladas durante décadas en lugares como el Cerrado de Brasil pueden ofrecer conocimientos valiosos para las sabanas africanas. Ese intercambio resume lo que debería significar la cooperación internacional moderna: no imponer modelos, sino compartir conocimientos y construir soluciones.
“La FAO posee una combinación extraordinaria de conocimiento, presencia internacional y capacidad de convocatoria. Pero las instituciones internacionales solo justifican plenamente su existencia cuando ese capital se transforma en beneficios concretos para sus países miembros y para las personas a quienes deben servir. En agricultura, eso significa llegar hasta el productor”, afirmó.
La FAO del futuro debe estar más cerca de los agricultores, científicos, empresas, universidades y responsables de tomar decisiones. Debe identificar soluciones que funcionan, conectarlas con quienes las necesitan y ayudar a adaptarlas y multiplicarlas. Necesitamos menos distancia entre el conocimiento y el campo.
“Durante mis años de colaboración con el IICA tuve la oportunidad de trabajar estrechamente con Manuel Otero y observar su manera de entender la cooperación agrícola. Otero promovió alianzas entre científicos, productores, gobiernos y sector privado y defendió una cooperación internacional orientada hacia resultados concretos. Nuestra experiencia conjunta mostró que una organización internacional puede actuar como puente entre la ciencia y las políticas públicas y llevar conocimiento de una región a otra”, añadió.
Ese tipo de experiencia adquiere particular relevancia ante los desafíos que enfrenta la FAO.
La organización necesita profundizar su vínculo con sus países miembros, colocar a los agricultores en el centro de sus acciones, fortalecer las alianzas con la ciencia y el sector privado y conectar más eficazmente las experiencias exitosas.
“Necesitamos una organización capaz de liderar una nueva revolución agrícola: basada en la ciencia, que permita producir más con menos; que restaure los suelos en lugar de degradarlos y que genere prosperidad. El conocimiento ya existe. Las experiencias también. Necesitamos la capacidad de convertirlas en acción”, concluyó.
