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| 8/5/2017 10:15:00 PM

Espermatozoides en apuros

Un estudio afirma que la raza humana podría desaparecer por causa del declive en el conteo de las células germinales masculinas.

Dicen los que saben que en un futuro no muy lejano el hombre podría estar en vías de extinción, tal como le sucedió al águila calva americana en los años sesenta. La población de estas aves, robusta en Norteamérica, se diezmó a mediados del siglo XX debido, en parte, al uso de pesticidas en plantas con las que se alimentaban animales que servían de presa a esta especie. El veneno no solo hizo daño a los pájaros adultos, sino también a los huevos, cuyo cascarón se debilitó tanto que no soportaban el periodo de incubación. Y los que lograban llegar a término tenían dificultades para nacer. Así las cosas, el águila blanca ingresó al listado de especies en vías de extinción debido a su infertilidad. Un estudio encontró rastros del pesticida DDT en el tejido graso y las gónadas de ejemplares muertos de esta enorme ave.

Según un nuevo estudio, con el ser humano podría pasar algo similar si no se toman cartas sobre el asunto. El trabajo, liderado por Hagai Levine, de la Escuela de Salud Pública Hadassah Braun de la Universidad Hebrea en Jerusalén, analizó 185 estudios realizados entre 1973 y 2011 que involucraban una muestra de más de 40.000 hombres en Estados Unidos, Europa, Australia y Nueva Zelanda. El experto observó que el conteo de espermatozoides ha disminuido en 60 por ciento en las últimas cuatro décadas, a un promedio de 1,4 por ciento por año. Habría que tomar el sorprendente declive, dicen los científicos, como una llamada de alerta de la posible futura extinción de la raza humana. Los químicos y pesticidas encabezan la lista de factores que estarían causando este fenómeno, y si se ignora el problema, la tendencia continuará. “Tomará mucho tiempo arreglar estas situaciones que hemos creado, por lo tanto, debemos empezar ahora”, dijo Levine a SEMANA.

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No es la primera vez que este tema ocupa las primeras planas, pero los estudios previos fueron criticados por tener problemas metodológicos. El de Levine, sin embargo, corrigió los errores y analizó solo aquellas investigaciones que utilizaban el mismo método de conteo de espermatozoides. Además, no solo se limitó a una muestra de participantes con problemas de infertilidad, sino también a población sana, entre la que se contaban soldados y estudiantes universitarios. Al controlar variables como la edad y el tiempo sin eyacular de los participantes, se observó que la concentración de espermatozoides pasó de 99 millones por mililitro en 1973 a 47,1 millones por mililitro en 2011, lo que indica una disminución de 52,4 por ciento. Richard Sharpe, experto en infertilidad de la Universidad de Edimburgo, señala que al haber resuelto problemas metodológicos, el estudio confirma la tendencia. “Es lo más cercano a la verdad de que el declive está sucediendo”, dijo a los medios británicos.

Otros se mostraron escépticos. Allan Pacey, profesor de Andrología de la Universidad de Sheffield, señaló a los medios que aunque el estudio es lo mejor que se tiene hasta el momento, aún es difícil establecer si la tendencia es real. Para eso sugiere hacer una investigación en la que se tome una muestra aleatoria de jóvenes de 18 años durante dos décadas. A pesar de eso mostró preocupación por los resultados de Levine, cuyo estudio salió publicado en la revista Human Reproduction Update.

Y es que no es el único que ha arrojado números tan dramáticos. Un análisis reciente mostró que en 2001, el 56 por ciento de los donantes de semen en la provincia de Hunan, en China, tenían células germinales que cumplían con los parámetros de salud exigidos por las clínicas de fertilidad. En 2015, solo 18 por ciento de los aspirantes alcanzaban esas cifras.

Aunque su estudio no indagó al respecto, dice Levine que investigaciones previas han asociado este bajo conteo de espermatozoides con el estilo de vida actual: exposición a químicos antes de nacer y a pesticidas en la adultez. En un experimento de siete años en el lago Ontario, un grupo de científicos añadió químicos que alteran el sistema endocrino, como los que se encuentran en plásticos, cosméticos, sofás, pesticidas, entre otros. La idea era observar el efecto que tenían en ciertas especies de peces. El grupo de investigadores encontró que el impacto en los machos era devastador: presentaban características sexuales de ambos sexos e incapacidad para reproducirse.

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Este bajonazo, sumado a otros comportamientos como la demora de las parejas en tener familias, hace que las opciones se reduzcan. Según Andrés Gutiérrez Aparicio, médico experto en fertilidad, los mamíferos avanzados tienen la mejor ventana reproductiva a los 20 años y, por lo tanto, deberían reproducirse entre los 20 y los 30, porque después de ese límite es más difícil para ambos sexos, aunque en las mujeres es dramáticamente más complicado después de los 35 años. “Si somos objetivos, la mayoría de las personas consultan después de los 35 cuando ya se han gastado el 75 por ciento de su tiempo fértil”, dice.

Esto sucede, según Gutiérrez, porque la fertilidad está estrechamente ligada a la edad, y el cuerpo humano sufre un deterioro físico con el paso de los años que se observa en el aparato reproductor. En una persona sana de 20 años el espermograma va a dar 400 millones, pero en una de 50 será de 40 millones. La edad, dice el especialista, también incide en la calidad de los espermatozoides y así lo evidencian otros estudios en donde se observa que se vuelven pésimos nadadores; son perezosos, desorientados y se mueven en círculos en lugar de ir a su objetivo. En casos extremos vienen con deformidades como dos cabezas o dos colas.

Además de la edad habría otros posibles sospechosos. Por ejemplo, el estrés, el consumo de alcohol, la obesidad, el tabaquismo y el uso de calzoncillos apretados podrían incidir en el problema. También se asocia a las enfermedades que el individuo haya tenido. Es por eso que el conteo de esperma bajo se considera un ‘canario en la mina de carbón’ que serviría para establecer riesgos de salud más allá de la fertilidad. En estudios anteriores se ha observado que quienes tienen esta disminución presentan riesgo de sufrir de otras enfermedades y una expectativa de vida menor.

A pesar de esta evidencia, según Gutiérrez, el problema de la falta de espermatozoides está más concentrado en el primer mundo que en países como Colombia, donde uno de cada cuatro embarazos se presenta en adolescentes, cuando la fertilidad está en su punto máximo. En el país las dificultades para concebir se observan en población urbana de estrato medio alto que empieza a buscar hijos después de los 35 años. “La sociedad dice que primero estudiar, tener títulos y trabajar, pero la biología señala que esa no es la mejor época de la vida para reproducirse”, señala Rodríguez. Levine confirma que en Suramérica no se ha observado un declive sustantivo, pero también es cierto que en la región se han hecho muy pocos estudios. En Asia oriental, sin embargo, trabajos recientes muestran una disminución en el conteo de espermatozoides como el que se aprecia en Europa.

Ante esta escasez, los expertos recomiendan no esperar a que sea demasiado tarde para procrear. También aconsejan seguir un estilo de vida sano y evitar el sedentarismo, la obesidad y el tabaquismo. Pero también es crucial hacer más estudios para determinar la causa del declive en el conteo de esperma. Mientras tanto, Levine sugiere “evitar la exposición a químicos durante el embarazo y la edad adulta, pues se ha visto que estas sustancias tienen un efecto en el sistema reproductivo”, dice Levine.

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Hoy existen cerca de 1.000 nidos de parejas de águilas calvas en todo Estados Unidos, gracias a un plan de acción con el cual se logró sacarla de la lista de especies en extinción. Según muchos expertos en fertilidad, una estrategia parecida también debería ponerse en marcha para evitar que el ser humano entre allí.

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