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| 1/12/1987 12:00:00 AM

JUGAR ES COSA SERIA

La importancia del juego y de los juguetes para el desarrollo del niño, tema de estudio para los sicólogos

Sin niños ni juguetes, la Navidad no existe. Y no es un capricho del consumo ni un invento de la publicidad que el juguete es el regalo infantil por excelencia. El juego es para el niño una necesidad vital como alimentarse y sentir afecto, sin lo cual podría ser desnutrido o huérfano como si le racionan la madre o la comida. Conviene distinguir entre la montaña, que especialmente en esta época, dan a luz los estimuladores del mercado, a aquellos juguetes que verdaderamente sirven para llenar ese requisito que es el juego, para que el niño pase al adulto con el mínimo de traumatismos y con el máximo de creatividad.
Los estudiosos de la sicología infantil toman el juego como indicador del nivel de desarrollo que tiene el niño: es por tanto más importante el juego que el juguete. Desde que el hombre fue hombre consiguió a través del juego, mover y desarrollar sus músculos; simbolizar, cuando representó los objetos ausentes; recrear lo que es placenteramente y entender mejor aquello que escapaba a su razón. Pues eso es exactamente lo que repite cada niño cuando juega, ese proceso que convierte al indefenso nené en un adulto independiente que colabora a la evolución de la humanidad con su grano de arena.
El niño en el juego pasa por distintas etapas que corresponden a su propio desarrollo. Al comienzo sólo juega con su mamá y con su propio cuerpo, o con los objetos que están a su alcance. En ese momento necesita sólo moverse, conocer el cuerpo y entrenarlo para la vida y es incansable al subir, bajar, lanzar, trepar, buscar.
Esa etapa primitiva termina cuando el niño comienza a representar, a darle vida a su mundo fantástico: a través del juego puede conseguir todos sus deseos. "Que usted era la mamá y yo el papá" se les oye decir, imitando con acierto a los adultos. Al tiempo que les da un inmenso placer, les abre una puerta al futuro bastante compleja, por ella entrarán a la cultura, al arte, a su propia creatividad. Terminada esta etapa de ponerse los zapatos de la mamá, comenzará su afición por los juegos con normas que ellos mismos ponen y obligan a cumplir. En un curioso entrenamiento para lo que luego será lo más difícil de vivir en sociedad: respetar los derechos del otro, ceder de lo propio y esto a través del juego, sin mucha seriedad se van entrando en el mundo de los sentimientos y los valores de los grandes. Establecen en libertad lo que se puede y lo que es prohibido, en una compleja invención que los niños hacen sin problemas.

¿El juego para qué?
Los mejores juguetes
El sicólogo inglés D. Winnicott define el juego como "el lugar de la fantasía". Es allí donde el niño toma contacto con la realidad y lo más importante, comienza a cortar la dependencia con su madre, en una especie de "ensayo" de lo que será su propia vida.
Se convierte a sí mismo en un héroe, siempre con distintos roles (el profesor, la mamá, el doctor) sin ninguno de los riesgos que la realidad implica y con la ventaja que tiene la fantasía, donde, a diferencia de la vida, todo sale bien.
El paso de la fantasía a la realidad es duro, eso lo sabemos todos. Por eso el niño necesita la ayuda de compañeros. Los más pequeños se aferran a un oso de peluche o a una frazadita (como Linus, el de Charlie Brown). Un muñeco escogido será su bastón, la presencia que los consuela y los tranquiliza cuando se sienten perdidos en ese mundo inmenso y desconocido de los grandes. Más tarde, sin que se lo digan, lo abandonará espontáneamente en el momento en que no lo necesite más. Será algo único, que llenará de mimos y que a veces dejará tirado, pero que no le fallará nunca al darle calor, ternura, seguridad, en el momento preciso. Las abuelas llamaban a este objeto "el resabio" y lo permitían inteligentemente a sus hijos: era algo que las suplía.
Porque se trata de algo muy importante, el juguete es para jugar y no para ver jugar. "En este sentido los peores juguetes son los de cuerda, que nunca serán el favorito del niño pero siempre el del adulto que lo compró", enfatiza la sicóloga clínica Marta Lucía López, graduada de la Universidad del Valle y de México. La publicidad no es buena consejera en ese sentido. Los niños adoran aquellos que pueden usar fácilmente y a los que les pueden dar vida, como los títeres. Son igualmente recomendables, dice la sicóloga, los disfraces y objetos con los que puede dar vida a sus fantasías, los que le permiten ejercitar el cuerpo (lazos, pelotas, columpios y triciclos) y muy especialmente, los juguetes que construyen ellos mismos. No existe mayor gusto que el del carro de balineras, los bloques, las muñecas de trapo, las cometas o el títere hecho en casa con la ayuda de un adulto. O los hechos para construir como mecanos, legos, rompecabezas, aviones o barcos desarmables. Son juguetes sin pilas, ni mecánicos ni electrónicos, que sin embargo los niños hacen cantar bailar, enfrentar piratas y ballenas o atravesar los siete mares. "La imaginación infantil es la más poderosa de todas las magias", dice la doctora López.
Que un adulto juegue con un niño, significa para éste, afecto: dicen unánimemente los científicos. Es una felicidad memorable que el papá juegue al fútbol con el niño o que la mamá se deje peinar por la niña. Claro que jugar con ellos --advierten los sicólogos-- no significa jugar por ellos. Resulta inútil pues, regalar juguetes demasiado complejos que requieren siempre de la presencia de un adulto. Se puede jugar con los niños en un momento determinado del día para evitar que luego pidan todo el tiempo atención, que es lo que tanto temen los papás. Se trata no sólo de regalar un juguete sino también parte del tiempo y darle al niño elementos y exaltar las cosas que ingenia, según recomienda la sicóloga consultada por SEMANA.
Un fenómeno interesante es aquel de los niños que, teniendo muchos juguetes, sin embargo, se aburren. Esto pasa cuando tienen a su alcance todos los juguetes todo el tiempo. Hay para esto varias recomendaciones concretas de las expertas en esa etapa preescolar; guardar algunos juguetes que no esté usando y renovarlos de acuerdo con los intereses cambiantes del niño; designar un lugar para juegos y juguetes donde no interfieran los adultos: preferir el juego con otros niños a la televisión como entretención y evitar los juguetes peligrosos (los muy pequeños, los tóxicos, los rotos o aquellos con detonantes que pueden dañarle el oido al compañero), las puntas que no estén protegidas con hule o los frágiles que al poco tiempo dan una gran desilusión. Es bueno un juguete cuando le gusta al niño, es fácil de manipular, corresponde a su desarrollo y lo acerca a la vida diaria.
Esta es pues, una microguía de acuerdo con la edad.
Del año al año y medio: todo lo que sea subir, bajar y trepar: los huecos, las puertas, los recipientes, las cajas, lo que se pueda unir y separar. Cantar y hablar con los adultos.
Del año y seis meses a los dos años: identificar; la arena, el barro, el agua, la plastilina; lo que hace ruido para descargar la agresión, la precisión en el movimiento y la imitación.
De los dos a los tres años: muñecos para descubrir el cuerpo, verter líquido, lo que le pertenece y lo que se puede jugar con otros niños, los que desarrollan roles (pizarras, vajillas o teléfonos).
De los tres a los cuatro años: la imitación, carros, pistolas, espadas, disfraces. Lo que sirva para identificarse.
De los cuatro a los cinco años: amigos imaginarios, mascotas, juegos con compañeros, cuentos, cantos, para repetir, juegos de azar, habilidad y competencia. Es la edad de la casa de muñecas.
De los cinco a los seis años: libros y música de primeros. Es el momento de afianzar la identidad sexual y los juegos de conquistas.
De seis a siete años: ayudar a los adultos en cosas sencillas, y juegos donde la imaginación incluya a otros participantes: lazos, canicas, dominó, fútbol, patines, discos.
De los siete a los ocho años: escondidas y deportes, cuentos de aventuras, Juegos para armar, mascotas para cuidar.

La evolución del osito de peluche Sólo una especie de oso se propaga sin reproducción: el Ursus Theodorus, u osito de peluche, que ha evolucionado a través de la historia para complacer el gusto del hombre, o más precisamente, del niño. La evolución de esta especie indica que la selección humana es casi tan ruda como la natural. Si un modelo de osito de peluche en particular no cala entre el público, muere rápidamente. O por lo menos eso es lo que biólogos ingleses preocupados con el tema de la evolución del osito de peluche han afirmado recientemente en revistas especializadas como la Animal Behaviour ("Comportamiento animal"): "Los tipos de osos que han demostrado mayor facilidad para abandonar las vitrinas de los almacenes, en un determinado año tienen las mayores posibilidades de influir sobre los rasgos del modelo de osito de peluche que los sucederá al año siguiente". En cambio, aquellos que no logran abandonar los almacenes se convierten en especies en extinción. Igual que sucede en la naturaleza, con las especies que no demuestran suficiente "garra" para sobrevivir.
El gusto humano, si bien testarudo no es caprichoso. En 1959, el famoso etólogo Konrad Lorenz observó que los muñecos, los personajes de las tiras cómicas y las mascotas "están determinados por la predilección que tienen los humanos hacia el rostro corto, con la frente amplia, las mejillas protuberantes y los movimientos descoordinados de los miembros del cuerpo".
Estos rasgos infantiles inspiran la ternura humana y el afecto. Y como a los humanos les gustan sus juguetes y mascotas infantiles, sólo lo infantil sobrevive. En 1980, Stephen Jay Gould escribió que a medida que Mickey Mouse, en un comienzo maligno y hasta cierto punto cruel, evolucionó, las proporciones de su cabeza cambiaron, precisamente guiados por los parágrafos descritos por Lorenz.
El osito de felpa también ha seguido estos patrones. El modelo original tenía una frente baja y una trompa larga. Muy parecido, en fin, a un oso de verdad. Pero un repaso de los modelos de ositos de peluche que han existido desde entonces, indica definitivamente una tendencia hacia una frente más amplia y una trompa más corta.
La selección humana, como la natural, ha demostrado en el caso de los osos de peluche una predisposición hacia las mutaciones bruscas, de manera que nuevos y extraños tipos de estos osos llegan anualmente a las vitrinas de los almacenes. La fotografía que acompaña este análisis constituye una prueba fehaciente: ¿cuál de los dos osos produce más ganas de estrujarlo? ¿El modelo 1900, o el modelo 1986? La respuesta demuestra en todo caso, que la evolución de los ositos de felpa no ha sido, ni mucho menos, un asunto gobernado por el azar.
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