Migrantes venezolanos cruzando el Páramo de Berlín entre Cúcuta y Bucaramanga. | Foto: Daniel Reina

MIGRACIÓN

Los colombianos sufrimos de xenofobia y aporofobia

El primer término seguro lo conoce, es la aversión a los extranjeros. El segundo lo aceptó la RAE el año pasado, es la fobia a los pobres. Miedos, sin sentido, que se despertaron con la migración venezolana.

Dilia Jiménez**
25 de septiembre de 2018

Conocí la palabra ‘xenofobia’ en una reunión en el Ministerio de Comercio, Industria y Turismo de Colombia. Me pareció curioso que se hablara del rechazo al extranjero y el racismo, justo en un lugar que tiene como misión promover el turismo.

Me quedé pensando que no debía existir razón alguna para sentir repudio por los ciudadanos de otros países. Justifiqué mi idea recordando que mi abuelo paterno es negro, mi abuelo materno es un libanés llegado a Colombia hace casi un siglo y que tengo hermanas, sobrinos, amigos y compadres que han vivido en distintos países del mundo. Además, conozco personas de Francia, Bélgica, Suiza, España, Alemania y de otros países de Europa y América.

Hace diez años, por ejemplo, conocí cinco familias venezolanas que llegaron a Colombia debido a la situación que se gestaba en su país. Vinieron cuando aún había bonanza petrolera. Invirtieron, constituyeron empresa y consolidaron sus familias aquí, una Nación que les abrió las puertas y los acogió sin mayores cuestionamientos.

En palabras de Fabiola Olmos*, una de las personas con las que hablé en aquella época y quien aún vive con su familia en Colombia, ha sido fácil adaptarse. Bogotá los recibió bien. Ella, sus hijos y su esposo han logrado sentirse como en casa.

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Sin embargo, esta no fue la misma suerte de Lyda, quien sin recursos pasó la frontera, llegó a Paraguachón, luego fue a Maicao y después se estableció en Bogotá. Su situación era precaria. No tenía dinero ni trabajo, ni familia ni amigos en la capital. Vivió la cruda realidad de no contar con oportunidades y se enfrentó a personas que se cambiaban de acera para no encontrarse con ella.

Lyda es una mujer trabajadora, madre de tres hijos, que se desesperó al no tener un ingreso suficiente en su país para cubrir sus necesidades básicas. Aguantó hasta donde pudo y decidió salir a buscar un futuro mejor.

Las conozco a las dos, a Fabiola y a Lyda, ambas son venezolanas, ambas son mujeres maravillosas, con sonrisas amables, ojos luminosos y nobleza en el rostro y el corazón. A simple vista pareciera que tienen muchas cosas en común. No obstante, hay algo que las aleja: Lyda es pobre. Llegó de su país este año con esa multitud de venezolanos que caminan a diario para cruzar la frontera. Los mismos de los que escuchamos noticias que nos impresionan y conmueven.

A Lyda le ha tocado duro. Los últimos años que vivió en Venezuela se enfrentó a la escasez y a la pobreza. Esta última es la que hace que no sea bienvenida en Colombia. Según Adela Cortina, catedrática de ética y filósofa política de la Universidad de Valencia, España, “no rechazamos al extranjero, rechazamos al extranjero pobre”. Y Lyda puede dar fe de ello.

La palabra que Cortina propuso para describir este fenómeno es ‘aporofobia’. Un término que, a pesar de haber acuñado hace más de 20 años, solo fue reconocido por la RAE en 2017, fecha en que también se posicionó como la palabra del año, compitiendo con otras como ‘bitcoin’.

Actualmente la aporofobia es socialmente aceptada y definida como el miedo, odio o rechazo a la pobreza y a las personas pobres. Cortina construyó el término partiendo del prefijo ‘aporos’ que en griego significa pobre, y le añadió la palabra fobia. En los años noventa, ella observó cómo en su país se hacía alarde de la gran cantidad de turistas que ingresaban, al mismo tiempo que se rechazaba a los inmigrantes.

Adela tiene un ejemplo que me encanta: se pregunta por qué “el muro de Trump” es para los mexicanos y no para los canadienses. La razón es muy fácil de deducir. Es la misma que separa a Fabiola y a Lyda. La misma que hace que nuestro inconsciente colectivo sea hospitalario u hostil, tenga empatía o antipatía. A los seres humanos no nos gusta lo diferente, lo que consideramos amenazante, lo que sentimos que nos puede desfavorecer, los que nos pueden invadir el territorio o quitar nuestros afectos.

En Colombia vivimos una lucha permanente contra lo diferente. No nos gustan los homosexuales, los negros, los indios, ni nada que esté por fuera de los cánones de la “sagrada familia”. Valdría la pena preguntarnos: ¿qué tanto queremos al prójimo como a nosotros mismos? Más cuando ese prójimo no tiene un peso en el bolsillo.

*Los nombres citados en este artículo fueron cambiados por petición de las fuentes.

** Periodista.