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| 3/4/2017 12:00:00 AM

El joven que comienza a pisar fuerte en el mundo económico

Gabriel Gilinski está al frente del nuevo filón de negocios del grupo empresarial creado por su abuelo y su padre. ¿Quién es?

Desde hace más de 60 años el apellido Gilinski ha estado asociado en Colombia con el mundo empresarial. El primero en aparecer en escena fue Isaac Gilinski, barranquillero de nacimiento y caleño por adopción, quien muy joven, a mediados del siglo pasado, fundó varias empresas en el Valle del Cauca, entre ellas Plásticos Rimax y Productos Yupi. Su hijo Jaime le siguió los pasos y entre ambos, en los años noventa, protagonizaron una audaz operación financiera para quedarse con el control del Banco de Colombia. Desde entonces, Jaime Gilinski se ha destacado por su visión empresarial, que lo ha llevado a encontrar oportunidades de inversión en otras partes del mundo y a construir una gran fortuna. En la lista Forbes de 2016 ocupa el puesto 549 entre los patrimonios más grandes del planeta, con una riqueza estimada en 3.500 millones de dólares.

Pues bien, entrado el siglo XXI ya apareció en escena la tercera generación de este clan familiar. Se trata de Gabriel Gilinski, hijo de Jaime, quien a los 30 años ya es parte importante en la dirección del grupo, que tiene inversiones en diferentes sectores. Como lo hicieron su abuelo y su padre, Gabriel incursionó muy joven en el mundo de los negocios. Desde los 21 años empezó a trabajar de la mano de su padre en el sector financiero, primero como asistente en el Eagle National Bank (propiedad familiar), a donde llegó en 2008, en plena crisis bancaria estadounidense, tras la caída de Wall Street.

Por aquella época la mitad de los bancos de Miami quebraron, pero el de los Gilinski no solo sobrevivió, sino que creció e incluso a los cinco años, cuando lo vendieron a Sabadell de España, había duplicado sus activos. Gabriel dice que allí tuvo una verdadera escuela que le ha servido para dar sus siguientes pasos. Aprendió a medir los riesgos y a controlarlos. Por eso, cuando regresó a Colombia en 2013, sin un cargo oficial participó en el GNB Sudameris –también del grupo– y tomó la decisión de parar por completo la compra de cartera de libranzas, después de haber vivido la experiencia de los subprime en Miami. Esta decisión le valió al Sudameris bajar la exposición en estas inversiones que al final resultaron un desastre para varias firmas.

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Gabriel estudió ciencia política en Estados Unidos, pero lleva en su ADN la cultura empresarial y el olfato para buscar oportunidades de inversión. Ha sido tan buen alumno de su padre que se lleva el crédito de haber liderado la nueva gran apuesta del Grupo Gilinski en el segmento de los hoteles de lujo, con resultados superiores a los esperados.

Aunque nació en Miami siempre ha tenido fuertes vínculos con el país. Se siente el más colombiano de todos y está convencido de que esta economía tiene grandes oportunidades. En particular, ve un enorme potencial en el área del turismo, por la ubicación estratégica de Colombia, con sus dos costas y la gran variedad de su geografía.

Este sector comenzó a inquietarlo desde hace algún tiempo. Cuando estudiaba en la Universidad de Pensilvania hizo pasantía, como analista, en el Boston Consulting Group que lo envió a Chile durante unos meses para participar en un proyecto relacionado con la creación de un clúster de turismo en ese país austral. Esto le dio la oportunidad de estudiar de cerca este renglón de la economía.

Por ello no es extraño que se haya metido de lleno a liderar la llegada al país de Four Seasons Hotels & Resorts, cadena reconocida por tener los mayores estándares de lujo y comodidad del mundo. Traer esta compañía fue una apuesta audaz, no solo por el negocio en sí mismo, sino porque, para muchos, era inimaginable que Colombia diera un paso hacia un segmento tan alto en la hotelería.

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Pero Gabriel Gilinski estaba seguro de que era el momento de abrirle la puerta a este negocio. Por eso Casa Medina y el Charleston, dos hoteles exclusivos e íconos en Bogotá, que el grupo familiar había adquirido recientemente, pasaron a ser operados por Four Seasons. Durante 2015 fueron remodelados y en 2016 abrieron sus puertas bajo los nuevos estándares.

Hoy los resultados hablan por sí solos. La tarifa promedio de los dos hoteles fue el año pasado de 882.000 pesos la noche, y para 2017 Four Seasons la estima en un millón de pesos, con una ocupación promedio del 65 por ciento. “Este es un nicho que tiene un enorme valor agregado para la economía”, dice Gabriel, pues cada huésped deja mucho más que el pago de la habitación, dada la amplia oferta que encuentra, relacionada con gastronomía, tours por la ciudad, e incluso con visitas a otras regiones como Cartagena, donde el grupo también posee el Hotel Santa Teresa. Aunque Four Seasons no opera este último, también está en el segmento de lujo. El año pasado la tarifa promedio alcanzó 858.000 pesos la noche con una ocupación del 64 por ciento. En la temporada de diciembre y principios de enero la tarifa llegó a 3 millones de pesos con ocupación del 100 por ciento.

La apuesta, planeada para el largo plazo, está mostrando que fue un acierto. Además de un buen olfato para detectar oportunidades la suerte ha acompañado a Gabriel. Reconoce que los astros se alinearon a su favor. Cuando compraron los hoteles el dólar estaba barato, alrededor de los 1.800 pesos, pero al comenzar la operación, es decir, al momento de los ingresos, la divisa estaba por los 3.000 pesos. Y en ese sector, que recibe turistas extranjeros, la tasa de cambio juega un papel clave.

Su visión de joven empresario ya lo ha hecho mirar más allá de las fronteras. Tiene un plan en Costa Rica para desarrollar un proyecto de hoteles de lujo y complejo turístico de estándar internacional. Por supuesto, no le quita los ojos a Colombia, y está mirando oportunidades para el largo plazo. En su mente también está la idea, a futuro, de salir a bolsa con este tipo de negocio. Dice que sería una forma de consolidarlo, dar a los inversionistas una oportunidad de participar en un renglón en crecimiento, y a la vez de reinvertir más capital.

Esta idea está acompañada de otra estrategia, que viene desarrollando con su padre, para crear un holding de inversiones que incursione en otros renglones, como el industrial. Gabriel ve con especial interés el sector manufacturero, por donde arrancó la historia de su familia.

Su filosofía no es comprar barato. Afirma que en el mundo de los negocios hay que estar dispuesto a pagar por las oportunidades. Esto significa que no busca solo precio, sino lo que tenga capacidad de desarrollo, para hacer compañías eficientes, globales y con valor agregado para el país.

Así las cosas, ve su futuro enfocado en el sector financiero, el turismo y la industria. En el primero está convencido de que hay que adelantar grandes desarrollos en tecnología porque esta marcará la diferencia en eficiencia, servicios y costos.

Pese a su corta edad, habla con propiedad sobre el futuro de los negocios y del grupo familiar. Tal vez acumuló esa voz de la experiencia desde niño, cuando su padre solía llevar a los cuatro hijos –él es el segundo– a juntas directivas, al cierre de un negocio o a charlas con los ejecutivos del banco. Como tercera generación, considera que las empresas de familia solo funcionan y perduran si se definen los roles internos y no se cruzan las funciones.

Gabriel empezó rápido en la vida, pues se casó a los 23 años y ya tiene dos hijos, pero no olvida lo que estudió. Los temas de economía política lo seducen. Dice que para progresar hay que pensar en crecimiento económico, productividad, reglas del juego estables, empleo de calidad y bien remunerado y algo muy importante: gasto eficiente del Estado. Como empresario de la generación de los millennials, Gabriel Gilinski reconoce que hay que darle oportunidades a la gente y esto pasa fundamentalmente por una buena educación. “Lo que puede hacer una persona con oportunidades puede sorprender a todos”, dice este joven que empieza a pisar duro en el mundo de los negocios. 

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