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| 12/2/2017 10:40:00 PM

Perspectivas económicas 2018: el año de incertidumbres

Aunque 2018 pinta mejor que 2017, hay varios riesgos y desafíos en el horizonte que pueden afectar el repunte de la economía. Analistas prevén un crecimiento de 2,4 por ciento.

El año que está terminando sorprendió y decepcionó a muchos. Hace 12 meses, cuando hacían sus pronósticos para 2017, muchos de los analistas apostaron por la recuperación económica. Incluso, algunos vaticinaron que ya había pasado lo peor, en referencia a que 2016 había sido un año durísimo y el de más bajo crecimiento en el presente siglo.

Sin embargo, la realidad fue otra y muchas de las predicciones fallaron. La actividad económica no repuntó y 2017 quedará marcado en el calendario como el de menor crecimiento en lo que va del siglo XXI y el peor de la administración Santos en cuanto a la variación del producto interno bruto (PIB). Las proyecciones de los analistas para el presente año se mueven entre 1,3 y 1,9 por ciento. Aunque el rango es amplio, en ningún caso superará el mediocre 2 por ciento de 2016.

La buena noticia es que 2018 pinta mejor. Esta revista hizo un sondeo entre analistas de 12 centros de estudio e investigación y encontró que, en promedio, esperan un crecimiento de 2,4 por ciento (ver artículos de pronósticos). El gobierno, más optimista, proyecta una cifra alrededor del 3 por ciento, mientras que el equipo técnico del Banco de la República le apunta a 2,7 por ciento y el Fondo Monetario Internacional (FMI), en su más reciente informe, pronosticó 2,8 por ciento para el próximo año.

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Según estas proyecciones, hay esperanzas de que el nuevo año venga con una recuperación moderada. Sin embargo, aunque es bueno pensar positivamente, no hay que cantar victoria antes de tiempo. En el escenario económico de 2018 hay oportunidades, pero también grandes riesgos e incertidumbres, lo que para algunos expertos significa pronóstico reservado.

Para empezar, el próximo será un año electoral, lo que, quiérase o no, afectará el nivel de confianza de los agentes económicos y pone el ambiente en modo expectativa. En el sector empresarial algunos perciben que este no es el momento adecuado para invertir, y prefieren esperar a saber quién asumirá la Presidencia. Esto podría tener un efecto negativo, pues la posibilidad de una recuperación más fuerte se aplazaría hasta que se despeje el panorama electoral.

Aunque el ministro de Hacienda, Mauricio Cárdenas (ver entrevista), afirma que los años electorales no son de bajo crecimiento, pues el país nunca ha tenido grandes quiebres en su manejo económico, esta vez está ante un nuevo escenario político, sin las Farc, con una mayor polarización ideológica y un espectro político más amplio.

No es un secreto que los inversionistas y los empresarios le temen a un cambio en el modelo económico. Aunque en Colombia, tradicionalmente, han ganado gobiernos de centro y centroderecha que garantizan políticas ortodoxas y manejo fiscal y monetario muy prudentes, en esta ocasión algunos analistas advierten que, como nunca, las opciones parecen más abiertas. Y que eso introduce mayores niveles de incertidumbre.

La preocupación no solo tiene que ver con los políticos de izquierda que lleguen con propuestas populistas, ahora también la derecha y el centro se tiñen de lo mismo. Algunos de los candidatos en la actual contienda electoral prometen con facilidad reducir impuestos, algo que inquieta a las agencias calificadoras dada la difícil coyuntura fiscal del país. Aunque Colombia mantiene la calificación de riesgo soberano en BBB (grado de inversión), no se puede exponer a una reducción, que la pondría en una posición compleja. Inversionistas alertan sobre la importancia de la continuidad de las políticas económicas ortodoxas que le han dado credibilidad a la macroeconomía del país.

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Ante la proximidad del proceso electoral, hay quienes ven el año económico partido en dos tiempos. Un primer periodo de quietud en el gasto y en la inversión privada, y otro, a partir de la segunda mitad de 2018, de mayores acciones y decisiones, una vez se tenga certeza de quién ganará la contienda presidencial.

Esto no deja de preocupar porque se entiende que la demanda privada debería compensar el menor gasto público derivado de la Ley de Garantías y el poco margen fiscal que tiene el gobierno. No hay que olvidar que el Presupuesto General de la Nación para el próximo año está hecho para una época de vacas flacas. El monto, que asciende a 235,6 billones de pesos, refleja la estrechez fiscal, pues solo crece 1 por ciento. De esta suma, 40 billones de pesos irán para inversión pública, lo que representa una disminución del 2,8 por ciento con respecto al actualmente vigente.

Ahora bien, también hay incertidumbres en el frente externo. Tienen que ver con la reforma tributaria presentada por el presidente Donald Trump. Mientras algunos consideran que su propuesta de bajar del 35 al 20 por ciento los impuestos a las empresas promoverá el crecimiento y el empleo, para otros es exagerada y preocupante, pues podría generar problemas fiscales sin acelerar la expansión económica. Como se trata del principal socio comercial de Colombia, lo que pase allá repercute acá. Tampoco hay que olvidar que en Colombia la tasa nominal impositiva es cercana al 40 por ciento (podría alcanzar el 33 por ciento en 2019), que luce alta para los estándares internacionales y podría generar desincentivos para invertir en el país.

Por otro lado, sin ser una preocupación extrema, los analistas también ven riesgos en que pueda llegar a su fin el ciclo de expansión de la economía estadounidense (ver artículo de riesgos y oportunidades). Allí se espera un crecimiento de 2,3 por ciento en 2018, completando casi una década de avance continuo.

También inquieta el factor del ritmo de incremento en las tasas de la Reserva Federal (FED). Los mercados esperan tres aumentos durante 2018 y, de ser así, se supondría que la debilidad del dólar que se vio en una parte de 2017 se revierta un poco.

En este orden, no se presumen sobresaltos en el mercado cambiario colombiano. El precio del dólar se movió durante el presente año entre un mínimo de 2.800 pesos y un máximo de 3.100. Para 2018 se espera una tasa promedio de 3.000 pesos por dólar, que según los expertos es un nivel adecuado para la economía, especialmente para los exportadores.

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Otro factor de incertidumbre, al que no se le podrá quitar el ojo el próximo año, es Venezuela. Como dice el ministro de Hacienda, no se sabe si en el vecino país ya pasó lo peor y si el número de inmigrantes que llegan a Colombia seguirá aumentando. El país deberá enfrentar esta contingencia que implica enormes desafíos desde el punto de vista laboral y fiscal.

Las oportunidades

Entre las oportunidades que se vislumbran en el horizonte está el precio del petróleo. Este factor podría apoyar la recuperación de la economía, pues se espera que el crudo se mantenga por encima de 55 dólares el barril. Aunque hay optimismo al respecto, esta variable tiene un alto grado de incertidumbre. El mercado sigue vigilando de cerca si los países productores cumplen el pacto que sellaron a fines de 2016 para disminuir la sobreoferta global. Cualquier cosa que suba los precios del petróleo beneficia a Ecopetrol y, por consiguiente, a las cuentas fiscales.

Otro elemento positivo será la inflación. Los analistas coinciden en que las presiones inflacionarias estarán contenidas el próximo año y se retornará al final de 2018 a la meta puntual de 3 por ciento, establecida por el Banco de la República.

De paso, esto significa que el Emisor podrá mantener su política monetaria expansiva. El gerente del Banco de la República, Juan José Echavarría, ha enviado señales a los mercados de que hay espacio para bajar más las tasas, pero no se sabe a qué ritmo. En este momento la tasa de referencia se situó en la última reunión de noviembre en 4,75 por ciento y analistas creen que llegará a 4,50. Las reducciones de las tasas deberán tener un efecto en el bolsillo de la gente que la motive a gastar.

En cuanto a los sectores, se espera que, después de la caída de la industria, en 2018 empiece a entrar en terreno positivo, en la medida en que la demanda interna mejore por las menores tasas de interés y porque ya se habría diluido el efecto del aumento del IVA. En igual sentido, se esperaría que el comercio repunte.

Frente al sector agropecuario que lideró el crecimiento este año, empresarios del campo no creen que se pueda mantener el mismo ritmo, entre otras razones porque los precios fueron muy bajos y esto desmotivó las nuevas siembras. Por el lado del café, ya está llegando al tope de la producción, y cualquier salto importante tendría que venir por el lado de los precios internacionales. Y eso también resulta incierto. Por último, hay expectativas positivas en el sector de la construcción y de las 4G, en el que ya se habrían destrabado muchas inquietudes que ocasionaron el escándalo de Odebrecht.

En síntesis, 2018 tendrá riesgos y desafíos, pero también oportunidades. Lo bueno es que se vislumbra el punto de quiebre en la mala racha del bajo crecimiento. Ojalá que esta vez los pronósticos se cumplan porque Colombia necesita mover la economía a mayor velocidad para bajar el desempleo y la pobreza, pero sobre todo para hacer sostenible la paz.

ENTRE LA INCERTIDUMBRE Y LA ESPERANZA

Leonardo Villar, director de Fedesarrollo, alerta por las promesas económicas populistas de algunos candidatos a la Presidencia.

Tras varios años de desaceleración, la perspectiva para 2018 es de recuperación moderada. De acuerdo con la proyección que tenemos en Fedesarrollo, el crecimiento del PIB seguirá siendo bajo, del orden de 2,4 por ciento, aunque considerablemente más alto que el observado en los 9 primeros meses de 2017, que fue de apenas 1,5 por ciento.

Entre los factores favorables a la recuperación, se encuentra el impacto que tendrá la reducción en las tasas de interés que ha podido impulsar el Banco de la República gracias al buen desempeño de la inflación. También ayudará el hecho de que en 2018 se habrá diluido el efecto que tuvo el ajuste del IVA sobre el ánimo de los consumidores a comienzos del presente año. Por su parte, la agricultura mantendrá un desempeño favorable y la construcción de obras civiles continuará aportando a la actividad económica en la medida en que entren en fase de construcción varias de las concesiones de cuarta generación, los gobiernos locales mantengan o aumenten su inversión, y las actividades de Ecopetrol se ajusten a la nueva fase de crecimiento de la compañía. Además, los aumentos observados en los precios del petróleo y el carbón ayudarán a que mejore el panorama de nuestras cuentas externas y fiscales, y el ambiente de recuperación sincronizada de las economías avanzadas ya está reflejándose en tasas positivas de crecimiento de nuestras exportaciones agrícolas e industriales.

El que entra será, en cualquier caso, un año difícil. La construcción de vivienda y de oficinas se encuentra cayendo, la industria manufacturera no repunta y la actividad minera enfrenta enormes obstáculos para su desarrollo. Las dificultades, además, pueden hacerse particularmente críticas ante las discusiones políticas que caracterizan las elecciones presidenciales. El panorama fiscal requiere de una gran austeridad en el gasto público, y podría poner al nuevo gobierno ante la disyuntiva de frenar el proceso previsto de reducción de la tarifa de impuesto de renta de las empresas de 40 a 33 por ciento que, de acuerdo con lo que se aprobó en la reforma tributaria de 2016, entraría en plena vigencia en 2019. Aún más difícil será financiar las reducciones adicionales de impuestos que ya prometen varios de los candidatos. La incertidumbre sobre estos temas no es buen caldo de cultivo para la inversión, y menos aún en una economía que podría enfrentarse a una baja en la calificación por parte de las agencias calificadoras de riesgo. Si bien 2018 será de nuevo un año de crecimiento relativamente lento, el reto es consolidar las condiciones para que en los años subsiguientes Colombia vuelva a observar, de una manera sostenible, el dinamismo económico que requiere.

LOS GRANDES DESAFÍOS DEL NUEVO GOBIERNO

El presidente de la Anif, Sergio Clavijo, opina sobre riesgos fiscales, una nueva reforma tributaria para conseguir más recursos y los desafíos que enfrentará el nuevo gobierno.

Lejos estamos de las expansiones de dos dígitos que se pronosticaban cuando años atrás se anunciaron las obras 4G y los PIPE I-II. Así, todo parece indicar que en este 2017 no habrá Colombia Repunta y seguramente el crecimiento del PIB real estará en el rango 1,6-1,8 por ciento (por debajo del 2 por ciento de 2016). Para 2018, la Anif proyecta una moderada recuperación hacia el 2,3 por ciento, todavía por debajo del potencial del 3 por ciento. Materializar dicho pronóstico dependerá del impulso de las obras 4G, cuyos cierres financieros deberían agilizarse, y de la estabilización de los precios del petróleo en 60 dólares el barril.

Esta fragilidad económica se manifestará en un mayor deterioro del desempleo a niveles promedio del 9,4 por ciento en 2017-2018. El desempleo urbano estaría deteriorándose hacia 10,5-11 por ciento. Por otro lado, el llamado ajuste externo todavía deja mucho que desear. El déficit de la cuenta corriente estaría corrigiendo hacia el 3,4 por ciento del PIB en 2018, en el que preocupa el elevado déficit comercial, rondando un 2,4 por ciento del PIB.

Dichos desbalances externos, en conjunción con los persistentes déficits fiscales (rondando el 4 por ciento del PIB en cabeza del gobierno nacional central –GNC– durante 2016-2017) y el elevado stock de deuda pública (bordeando niveles del 60 por ciento del PIB en el consolidado), ponen en riesgo la calificación crediticia de Colombia.La única razón por la cual algunas calificadoras, como Fitch, le han dado el beneficio de la duda al cumplimiento de la regla fiscal es que el presupuesto de 2018 sería consistente con una reducción del déficit del GNC hacia un -3,1 por ciento del PIB en 2018. Todo lo anterior ayuda a dimensionar los grandes desafíos que enfrentará el nuevo gobierno de 2018-2022. Este deberá estructurar un plan coherente para cumplir con las metas de reducción del déficit fiscal (hacia el -2,2 por ciento del PIB en 2019, según la regla fiscal) y así preservar el grado de inversión. Esto implica pensar entonces en una reforma tributaria que profundice varias de las virtudes de la Ley 1819 de 2016 (allegando nuevos recursos por al menos un 1,5 por ciento del PIB) y en actuaciones prontas en el plano pensional, de la salud y de límite a las vigencias futuras, para así evitar que la relación deuda pública consolidada/PIB desborde el 60 por ciento.En el frente monetario, la inflación estaría convergiendo hacia niveles del 4 por ciento al cierre de 2017 y el 3,3 por ciento en 2018, ubicándose dentro del rango meta de largo plazo del Banco de la República (2-4 por ciento). Con ello, cabría esperar reducciones adicionales en las tasas de referencia, llevándola probablemente hacia el 4,5 por ciento al cierre del próximo año. Dicho escenario es consistente con una devaluación peso-dólar que podría promediar un 4 por ciento anual durante 2018 en función del precio del petróleo (cercano a los 60 dólares el barril en el Brent) y los incrementos de la tasa del FED (probablemente hacia el 2,5 por ciento).

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