Juvencio Samboní mira a las niñas de 16 años que deambulan por las trochas de El Tambo, una vereda del corregimiento Los Milagros, en Bolívar, Cauca, y le parece ver a Yuliana, su hija mayor, quien fue asesinada el 4 de diciembre de 2016 por el arquitecto Rafael Uribe Noguera.

“Iría al colegio o quizás a la universidad”, cree el padre de la pequeña cuyo caso le dio la vuelta al país y movilizó a miles de colombianos que rechazaron la violación y el asesinato de la menor.
SEMANA le siguió el rastro a la familia que, un mes después de la tragedia, no tuvo otro remedio que marcharse de Bogotá a esta región ubicada a más de siete horas por trochas desde Popayán, un lugar frío, remoto y arropado por el conflicto armado.

Cuando ocurrieron los hechos, vivían en la parte más alta del barrio Bosque Calderón, en Chapinero, en Bogotá, pero tras la tragedia huyeron al Cauca, el departamento donde vivieron inicialmente. Lo hicieron por temor. Por miedo a las represalias que, según Juvencio, pudieran venir de la familia de Rafael Uribe Noguera.
“Es duro perder un hijo. A uno le da miedo. Decían que esa familia era adinerada y decidimos mejor regresarnos para el Cauca”, contó. La casa de dos pisos, de fachada roja, que el país aún recuerda, quedó desocupada un tiempo. Era arrendada. Pagaban 300.000 mensuales. Él y Nelly –su esposa y madre de Yuliana– se marcharon.
En El Tambo, una zona agobiada por la violencia de las disidencias de las Farc, Juvencio labora como jornalero en el campo. Y cuando no tiene trabajo, se dedica a sembrar quinua en el cuarto de hectárea de tierra que posee su vivienda. Eso le sirve para sobrevivir limitadamente porque su esposa está dedicada a las labores de la casa. “No es rentable, pero toca rebuscarse para medio sobrevivir”, expresó.
En Cauca viven Juvencio; Nelly Muñoz, su esposa; Nicol Sofía (13 años), la hermana menor de Yuliana, y Julián Andrés, quien nació tres meses después del asesinato de la pequeña y, por eso, heredó su nombre.

“Quisimos recordarla siempre, por eso lo llamamos Julián; él tiene 9 años”, dijo el padre. En diciembre de 2016, cuando la tragedia sacudió a su familia, la madre de Yuliana estaba embarazada.

“Uno queda con muchos recuerdos, tristezas. Hace poco vi a sus compañeras del colegio y ya se iban a graduar, y mi hija no lo logró porque le quitaron su vida”, narró el hoy campesino. La familia tuvo asistencia psicológica cuatro veces, pero después nadie se volvió a acordar de ellos.
Samboní, quien tiene 41 años, reflexiona y después de una década dice que no fue buena idea vivir en Bogotá. Residían en El Tambo, pero se marcharon a la capital en busca de oportunidades. Él trabajó en construcción y su esposa, arreglando apartamentos. Era una pareja humilde, trabajadora y feliz.
“Uno por irse a rebuscar la vida, mire. Llegué con la niña y regresé sin nada. Quería que mis hijas fueran a la escuela, un mejor futuro. Si no me hubiera ido, tendría a mi familia completa”.

Hoy, los temores embargan a la familia. Nicol, la hermana de Yuliana, con 17 años, evita demorarse cuando sale de su casa porque sus padres entran en cólera. “Uno queda con esa psicosis, me da miedo que salga sola; cuando a uno nunca le pasan las cosas, uno está confiado porque cree que no le ocurrirá, pero cuando suceden, reina la desconfianza. Ya nos pasó un caso. Lo vivimos en carne propia. No permitiremos otro”, narró.
Rafael Uribe Noguera fue condenado a más de 58 años de cárcel por los delitos de acceso carnal violento, homicidio agravado, feminicidio agravado y secuestro simple agravado.

Hoy tiene 47 años y ha pagado casi diez años de cárcel. “Ojalá nunca quede libre porque allá en la cárcel, si hace una cosa u otra, terminará pagando 30 o 20 años, si acaso, eso le van rebajando y rebajando”, dijo Juvencio.
Noguera permanece en la cárcel La Tramacúa, en Valledupar, desde 2018, un lugar considerado el infierno de los penitenciarios en Colombia: es de máxima seguridad, el calor es insoportable, las medidas de protección son extremas y han desfilado por sus pasillos los asesinos más sanguinarios del país, como John Jairo Velásquez, conocido como Popeye (muerto el 6 de febrero de 2020), y violadores de niños como Luis Alfredo Garavito, quien falleció condenado por más de 100 violaciones el 12 de octubre de 2023.

El arquitecto paga parte de su pena elaborando planos, diseños y bocetos, y solo entre 2019 y 2022 disminuyó un año y medio de prisión. Hoy la cifra es mayor.
Así Rafael Uribe Noguera disminuya su pena, no saldrá joven. Si cumple la totalidad de la pena, saldría a los casi 100 años. Si sigue redimiendo, quizás a los 90. “La justicia... ¡Ay, Dios! Como tienen plata, la justicia los favorece, a uno no”, expresó Samboní a SEMANA.

Juvencio dice que no tiene abogados porque no posee dinero y los que lo ayudaron le tendieron la mano hasta la condena porque eran defensores públicos de la Defensoría y la Alcaldía de Bogotá. Y ha escuchado varias versiones.
Una, que en la condena se le ordenó a Rafael Uribe pagar varios salarios mínimos, al parecer, más de 1.000 millones de pesos. “Pero la plata no iba para nosotros, la familia, sino para el Estado”, dijo.
Hoy, los Samboní no han recibido un centavo y él no tiene asesoría porque, al parecer, la puerta de la demanda civil sigue abierta. Y sí que le haría bien recibir recursos porque vive en unas condiciones económicas difíciles y, lo más doloroso, sin su hija mayor.
“Ni ellos (la familia Uribe Noguera) nos han buscado, ni nosotros. Nunca hemos hablado con esa familia”, precisó. SEMANA le preguntó si perdonó a Uribe Noguera y Juvencio respondió tajantemente: “No. Lo que le hizo a Yuliana no tiene perdón de Dios”. Él participó de todas las audiencias en Paloquemao y vio al asesino de su hija virtualmente. “Siempre por televisión, se veía de lejos”.

En ese momento hubiera querido verlo a los ojos, preguntarle por qué le arrebató la vida a su hija, pero hoy, después de muchos años, cree otra cosa: “Sería lo último que hiciera. No quisiera ni hablar con él”, expresó.
Juvencio Samboní tiene la memoria intacta y recuerda con dolor la mañana del 4 de diciembre de 2016 cuando Yuliana, de 7 años, jugaba en la calle con su primo de la misma edad.
“Él (Rafael Uribe) la llamó a preguntarle por una dirección y cuando ella bajó a responderle, la agarró del brazo y la subió a la camioneta y se la llevó”.
El primo avisó de inmediato a la familia que Yuliana había sido raptada. “Nos confundió, él era pequeño y nos decía que era una camioneta blanca o gris; todo fue muy rápido”, expresó.
Corrieron en busca de la pequeña. Llegaron a la estación de Policía y los uniformados les manifestaron que, quizás, habrían sido familiares quienes se la habían llevado, pero en el círculo de los Samboní nadie tenía carro. “El que mandaba en el CAI dijo que si era cierto, había que esperar 72 horas y luego hacer el denuncio. Que antes no se podía”, narró.
Lo lamentable es que a Uribe Noguera le bastaron menos de tres horas para llevarse a la pequeña a su apartamento y cometer la barbarie.
“Entré en desesperación. Pedí a la Policía que me ayudara con las cámaras y nos dimos cuenta de que la habían secuestrado”.
Ahí empezó la búsqueda. Al otro día, a las siete de la mañana, la televisión confirmó el crimen: Yuliana Samboní, su hija mayor, estaba muerta. Hoy, la familia huyó a su origen, carga con el dolor de la pérdida y el asesino solo paga con cárcel. Ni un peso para los padres y hermanos de su víctima.
