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| 10/7/2017 10:15:00 PM

Santos y Vargas Lleras, ¿el fin de un matrimonio?

Germán Vargas comienza a deslizarse hacia el uribismo. Esa estrategia tiene riesgos para sus aspiraciones presidenciales.

Hasta hace muy pocos días, el presidente Juan Manuel Santos les contaba a sus invitados que una de las cualidades que más admiraba en Germán Vargas era la lealtad. A pesar de meses de rumores sobre un distanciamiento entre ambos, eso no había sucedido. Hace apenas 15 días almorzaron en la Casa de Nariño y los términos fueron tan cordiales como siempre.

En esa reunión, sin embargo, hubo una novedad. Palabras más, palabras menos, Vargas le dijo al presidente: “Usted sabe que yo siempre he tenido unas diferencias con el proceso de paz, pero también que soy una persona pragmática y razonable y un amigo suyo. Por lo tanto, lo que a usted le conviene es que yo sea su sucesor y para eso necesito que me dé espacio para maniobrar”. Quiso decirle, aunque no lo puso en esos términos, que defendiendo el proceso de paz con el respaldo del Partido Liberal y del Partido de la U él no podía llegar a la Presidencia de la República.

En el pasado Santos y Vargas habían contemplado la posibilidad de que el entonces vicepresidente fuera el candidato de una coalición de esos dos partidos y Cambio Radical. El criterio no era tanto la coherencia ideológica como la necesidad de derrotar a Uribe. Pero los jefes de La U y del Partido Liberal como Roy Barreras, Armando Benedetti, Juan Fernando Cristo, Humberto de la Calle, Horacio Serpa y el propio César Gaviria se opusieron con el argumento de que un crítico no podía enarbolar la bandera de la paz.

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Cerrada esa puerta, a Vargas le tocó estudiar otras opciones. El problema era que también debía justificar ante el país cualquier movida política, pues al fin y al cabo había sido la fórmula de Santos para la reelección y el hombre fuerte de su gobierno.

Argumentos, sin embargo, tenía. Aunque el tema central de la reelección fue la paz, estaba claro que el copiloto de Santos siempre ha sido un hombre de derecha. Durante la negociación de La Habana él se encargaba de dejar saber que era un escéptico, pero que por lealtad con el gobierno iba a pasar agachado. De ahí que nunca se pronunciaba sobre el tema y trataba de escaparse de la foto cada vez que había una ceremonia alrededor del mismo.

En ese contexto comenzó a desmarcarse de la Unidad Nacional. A eso se refería cuando le pidió al presidente espacio para maniobrar. Sin embargo, su grito de independencia tuvo dos etapas. En la primera, Vargas Lleras y su bancada criticaban aspectos de la implementación del proceso, pero al final votaban a favor. En la segunda, la más reciente, las críticas iban acompañadas del voto negativo de Cambio Radical.

Lo anterior inevitablemente tenía que complicar la relación con el presidente. La estrategia de que Vargas era amigo de Santos pero crítico de su proceso de paz era sostenible mientras el partido del vicepresidente votara con la coalición de gobierno. Pero cuando este pasó a la oposición, se volvió inviable seguir caminando por la cuerda floja.

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Eso fue lo que sucedió la semana pasada con el anuncio de que Cambio Radical votará negativamente la ley estatutaria de la JEP. Ese es el corazón de los acuerdos de La Habana y el punto de honor más importante para las Farc. Para el gobierno esa justicia transicional resultó de una difícil negociación que el Estado debe honrar. Cambio Radical al igual que el Centro Democrático consideran que la prioridad es más bien modificarla, y de paso agregan –cada uno por su lado– que tampoco están de acuerdo con la forma como quedó negociada la participación política de los exguerrilleros. En el fondo sus críticas pretenden prácticamente derrumbar los dos pilares del proceso de paz.

En eso estaban las cosas cuando se presentaron dos nuevas situaciones. 1) En su discurso ante la Convención Liberal, César Gaviria acusó a Santos de estar jugando con cartas marcadas por apoyar la candidatura de Germán Vargas. 2) La oposición armó un gran revuelo cuando se dio a conocer la lista de los magistrados que integrarán la JEP. Santos se encontró entonces en la inmanejable situación de ser acusado de promover la campaña de Vargas y simultáneamente tener al partido de este bloqueando la implementación en el Congreso.

En cuanto a la elección de los magistrados de esa jurisdicción, la protesta se intensificó y tuvo mucho eco. La controversia ha girado alrededor del sesgo político atribuido a varios de los 51 elegidos. En eso hay algo de verdad. Los casos que van a llegar ante la JEP abarcan básicamente violaciones de los derechos humanos, y la mayoría de los abogados que tienen trayectoria en ese campo son de izquierda, como suele suceder en el mundo entero.

Eso no significa que vaya a haber necesariamente arbitrariedades, pues el proceso de selección fue riguroso y las decisiones, al ser colectivas, serán el resultado de pesos y contrapesos. Sin embargo, en un asunto tan delicado como el de una nueva jurisdicción con poderes amplísimos, el requisito no es solo ser neutral, sino parecerlo. Y en un tribunal de esa naturaleza paradójicamente es más fácil lo primero que lo segundo.

Con tantas tensiones la pita se estaba estirando demasiado y quedó a punto de romperse. El presidente amenazó al decir que quien no apoye la JEP, no se puede quedar en el gobierno. Esa posición lógica corresponde a lo que desde hace meses venían presionando los liberales y La U. Se entendió de inmediato que eso significaba dejar a Cambio Radical por fuera de la piñata burocrática, de la cual le habían caído muchos dulces.

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Sin embargo, el exvicepresidente y sus voceros en lugar de achicopalarse, sacaron pecho. Recitando todos el mismo libreto, argumentaron que “los principios no se negocian” y que respetaban “el fuero presidencial”. Inicialmente, ese cruce de frases desafiantes pareció quedar en el aire pues durante un par de días ni Cambio Radical renunció a sus cuotas, ni el presidente los expulsó del gobierno. Al cierre de esta edición, solamente se rumoraba que la próxima semana saldría el superintendente de Notariado.

Pero es evidente que Germán Vargas decidió jugarse su candidatura por la derecha, lo cual en la práctica consiste en pescar votos uribistas. La cuña de televisión que Cambio Radical sacó hace pocos días deja eso claro, tal vez demasiado. En un guion que podrían haber escrito Fernando Londoño o José Obdulio Gaviria, se afirma entre otras cosas que “Las Farc pretenden llevar a Colombia al comunismo y a la tragedia de Venezuela, al autoritarismo, al hambre y a la pobreza… si los dejamos, nos pueden llevar a la dictadura y al atraso. Por eso Cambio Radical, con el apoyo de los colombianos, los va a enfrentar en democracia y los va a derrotar”.

Con frases como esa Santos le ve serias dudas a la teoría de Vargas de que él era un amigo que simplemente necesitaba un poco de espacio de maniobra. No en vano lo único que le faltó a esa propaganda fue mencionar la ‘amenaza castrochavista’, que sería el equivalente a pedir un carnet del Centro Democrático.

Aunque la alianza entre estos dos partidos no se ha formalizado, es obvio para dónde quiere ir Vargas Lleras. Sin embargo, su estrategia tiene riesgos. A pesar de que las encuestas muestran que apoyado por Uribe podría ser imbatible, ese escenario todavía no está a la vista. Hace nueve años que los dos no se hablan; aunque cuando cada uno tuvo problemas delicados de salud, sus esposas se llamaron mutuamente.

En la actualidad, los canales de comunicación entre los bandos están activos, pero a través de intermediarios. Las coincidencias alrededor de las críticas al proceso de paz y a la reforma tributaria los unen, pero ninguno está dispuesto a dar el salto de primero, y menos Uribe. El expresidente ha puesto a competir durante un año a sus cinco precandidatos y no puede dejarlos colgados de la brocha de la noche a la mañana. Aunque ninguno despega, en el Centro Democrático existe la convicción de que el día que se sepa el nombre del ungido y se le presente al país como el candidato de Álvaro Uribe, se va a disparar en las encuestas.

Para Vargas también existe el problema de que Uribe y Pastrana hicieron una alianza en la cual los dos se comprometieron a apoyar un solo candidato. El expresidente conservador está ilusionado con la posibilidad de que Marta Lucía Ramírez derrote a cualquiera de los aspirantes del Centro Democrático, ya sea en una encuesta o en una consulta interpartidista.

Por lo tanto, para que Vargas acabe de candidato de una coalición de derecha en la primera vuelta se necesita que fracasen los dos escenarios anteriores: la de que no despeguen ni la candidatura uribista ni la de Marta Lucía Ramírez.

Con ese panorama, la posibilidad de que se concrete en primera vuelta una alianza entre Vargas y Uribe parece remota. Si de casualidad el candidato uribe-pastranista no pasa a la segunda vuelta y Vargas sí, la situación sería diferente. Amplios sectores del Centro Democrático y de los conservadores apoyarían al exvicepresidente para evitar el triunfo de lo que ellos consideran la amenaza de la izquierda.

Sin embargo, este último libreto también tiene problemas. Significaría que Vargas tendría que pasar a la segunda vuelta sin el apoyo de la coalición de gobierno ni del uribismo. Como se ha dicho muchas veces en esta campaña, el que no tenga alianzas en la próxima elección no llega. Y hasta ahora Germán Vargas sigue solo.

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