Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

×

| 12/9/2017 10:32:00 PM

Magüí Payán, el cumpleaños que acabó en masacre

SEMANA logró llegar hasta el municipio nariñense donde el ELN asesinó a 13 personas en estado de completa indefensión. Crónica de una fiesta que terminó en funeral y que retrata la complejidad del posconflicto en Colombia.

Para celebrar por lo alto su cumpleaños número 23, Ernesto Samuel Cuero Obando había mandado a decir a todas las veredas que bordean el revoltoso río Patía, que el lunes 27 de noviembre habría partido de fútbol, fiesta, comida y whisky Buchanan’s hasta el amanecer.

Ernesto Samuel, hoy muerto y sepultado junto a su hermano Róbinson Alirio, quería tirar la casa por la ventana. Ocho meses atrás había regresado a la vereda Pueblo Nuevo, de Magüí Payán, en Nariño, luego de haber pasado un tiempo en la zona veredal de Policarpa. Los Cuero Obando pertenecieron a las Farc y se decía que ahora lideraban las disidencias de esa guerrilla en lo alto del triángulo de Telembí, una selva exuberante del Pacífico nariñense a la que se entra más fácil en canoa que por las trochas enlodadas.

Puede leer: ELN se atribuye responsabilidad en masacre de Magüí Payán

El festejo, que habría de convertirse en la peor tragedia que ha vivido Magüí en años –incluso uno de los hechos más graves en Colombia en tiempos del posconflicto–, comenzó con un cotejo de fútbol entre dos equipos de campesinos venidos de cinco veredas. La convocatoria tuvo acogida sobre todo en las veredas Conquisté y Pueblo Nuevo. El partido quedó tres goles a uno a favor de los muchachos que venían de afuera, alentados con los gritos y el apoyo de una muchedumbre de curiosos.

Hoy en Pueblo Nuevo la gente comenta la mala suerte que correría después Leider Duván Martínez Ordóñez, un jovencito de 18 años que ese día se robó los aplausos por la manera en la que hacía maravillas con el balón. Su muerte –quién iba a imaginarlo– estaba cerca.

Ernesto Samuel estaba feliz y tal vez nada lo perturbaba por dentro. Lo refleja la última fotografía que le tomaron en vida. En la imagen se le ve vestido con una camiseta verde, la cara pintada de maicena y una sonrisa abierta de par en par.

A un pedazo de playa sobre el río Patía comenzaron a llegar los invitados: hombres, mujeres, niños, abuelos. El ambiente pintaba inmejorable. Pero a eso de las 5:30 de la tarde, cuando ya Ernesto Samuel se había bebido unos cuantos tragos, aparecieron dos hombres vestidos de camuflado y con distintivos del Ejército de Liberación Nacional (ELN). No eran unos completos desconocidos para la comunidad, según dijeron a SEMANA varios testigos.

Los guerrilleros de inmediato llamaron al homenajeado, y el ambiente se puso tenso, aunque no tanto como para que la música dejara de sonar. Visto desde la perspectiva de Carlos, un asistente a la fiesta cuya verdadera identidad queda en reserva para proteger su integridad, las cosas sucedieron así:

Carlos le había mandado a decir a Ernesto Samuel que si le regalaba una botella de Buchanan’s. Y él se la hizo llegar. “Yo vi a esos dos manes ahí parados, con las armas apuntando hacia abajo y hablando con el cumpleañero. Y le pregunté a otro pelao, ‘oiga, ¿estos señores qué hacen aquí?’. En eso destapé la botella, dejé caer un poquito de trago al suelo para servir el vaso y, en lo que me lo estaba llevando a la boca, escuché la plomacera, tas, tas, tas, tas, tas, tas”, cuenta.

Para ese momento la fiesta ya estaba a reventar de invitados. En medio del pánico, algunos se tiraron al piso y otros saltaron al río. Muchos salieron despavoridos. Y a quienes corrían o intentaban desesperadamente lanzarse al agua, inmediatamente les disparaban.

Le sugerimos: Defensoría denunciará violación del cese al fuego del ELN por masacre en Nariño

Cuarenta horas eternas

A las 6:30 de la mañana del día siguiente, John Jairo Rodríguez, secretario de Gobierno de Magüí, recibió la llamada. La comunidad de Pueblo Nuevo solicitaba la presencia de alguna autoridad, el apoyo de 10 ataúdes y gente para buscar a varios desaparecidos, entre ellos 4 menores de edad: Mayerly Esterilla, de 17 años; su bebé, Valery, de 3 meses; Laura Hernández, de 10; y William Estiven Angulo, de 17. No aparecían por ningún lado.

En el mismo lugar del baile habían amanecido boca arriba 9 cadáveres, Ernesto Samuel y su hermano Róbinson Alirio entre ellos. El secretario de Gobierno y el alcalde de Magüí, Walter Quiñónez, llamaron al Ejército y a la Policía, pero fueron pasando las horas y ninguna fuerza llegó a Pueblo Nuevo. Todo era apremiante: practicar los levantamientos de los cuerpos, buscar cadáveres en el río y encontrar a los desaparecidos. Sobra decir que en Pueblo Nuevo, vereda de solo 13 casas de tabla, no hay servicio de funeraria ni de tanatología ni nadie que pueda practicar una necropsia.

Se trata de un pueblito muy perdido en el mapa. Desde el casco urbano de Magüí Payán, solo es posible llegar al caserío navegando las sinuosas aguas del río Magüí y del Patía durante unas tres horas y media. El alcalde y el personero, Ramiro Angulo, se sentían maniatados, pues ellos sin fuerza pública no tenían mucho por hacer.

Como ninguna autoridad apareció, las familias comenzaron a recoger a sus muertos para enterrarlos en sus propias veredas. Durante este lapso, río abajo fueron flotando 4 cadáveres más. Solo 40 horas después de la masacre, el Ejército y el CTI de la Fiscalía llegaron a Pueblo Nuevo. Para ese momento solo 4 cadáveres permanecían en el caserío. Aún los estaban velando. Y comenzaron a aparecer toda suerte de informaciones contradictorias sobre lo sucedido. Como el Ejército solo hablaba de los 4 muertos que encontraron en su visita, las versiones oficiales comenzaron a bajarle el tono a los hechos.

En contexto: Masacre en Nariño sí ocurrió: confirman 13 muertos después de una semana

Desde un primer momento, la fuerza pública dijo que se había tratado de un combate entre las disidencias de las Farc y el frente Comuneros del Sur del ELN, y que solo cinco personas habían perecido. Luego, lo aumentaron a seis. Pero entre una masacre y un combate hay una diferencia profunda. Este último solo se configura cuando hay intercambio de disparos entre dos fuerzas supuestamente en igualdad de condiciones.

Pero eso no ocurrió en Pueblo Nuevo, según los testimonios que recogió SEMANA en la zona. Si bien se trataba de una fiesta en la que había miembros de las disidencias de las Farc, todas las personas allí reunidas estaban completamente relajadas y no tenían cómo defenderse. Era una fiesta. Ni un solo testigo, por lo pronto, sostiene que los disidentes respondieron los disparos. Pero además el lugar estaba lleno de niños, mujeres y hombres que nada tenían que ver con el conflicto. Y los agresores dispararon sin discriminación alguna.

El frente 29 de las Farc históricamente había controlado Pueblo Nuevo. La zona está atestada de cultivos de coca y sirve de ruta para el narcotráfico. Pero con el proceso de paz, la guerrilla dejó libres esos espacios. Aunque los disidentes quisieron seguir con el negocio, el ELN, que nunca se había aparecido por esos lares, comenzó a ganar terreno. Una vez cometieron la masacre, el grupo dejó izada una bandera de la organización justo a la orilla del río, a modo de mensaje. Y de sentencia.

Al municipio de Magüí Payán, olvidado por el Estado, la pobreza se le sale por los poros, por las casuchas de madera, por la desnutrición de los niños, por la falta de atención médica especializada. Para llegar hasta allá desde Tumaco, hay que hacer una travesía extrema, sobre todo por el estado de la vía. Por esta época la trocha tiene tanto barro, que hasta los camperos quedan atrapados. Y nadie puede ocultar que la coca y la minería ilegal mueven la economía. Pero ese dinero queda en manos de los grupos armados. Allá la única fuente de empleo formal es la Alcaldía municipal. La gente que sale de las zonas rurales necesita de todo: “El que se enferma viene a pedir droga; el que se muere, el ataúd; el que quiere transportarse, la gasolina. La gente no tiene nada. Toca darles la comida, todo”, dice el alcalde Quiñónez.

La vida en medio de la muerte

Con el transcurrir de los días, el personero Angulo recibió las denuncias de cada uno de los parientes de las víctimas que fueron llegando desplazados al casco urbano. Ocho días después de la matanza, tanto él como el alcalde Quiñónez tenían las identidades, los números de cédula, las historias de cada uno de los muertos y las coordenadas de dónde habían sido enterrados. En sus cuentas, 13 personas murieron asesinadas en la fiesta de cumpleaños. 9 tenían relación con las disidencias de las Farc y 5 nada tenían que ver. SEMANA accedió a esa lista y habló con varios de los familiares ahora desplazados.

El alcalde y el personero entonces emitieron un comunicado que levantó una polvareda entre los demás entes oficiales. El secretario de Gobierno de Nariño, Édgar Isarandá, los desmintió públicamente y dijo que solamente habían aparecido cinco cuerpos. “No han hecho una misión de verificación de los hechos. No se trató de una masacre sino de un choque entre el ELN y disidentes del frente 29 de las Farc”.

Lo absurdo de las declaraciones de Isarandá, según el alcalde Quiñónez, es que diez días después de la masacre ningún funcionario de esa Gobernación se había aparecido por Magüí Payán. No hubo nunca un acompañamiento presencial. La Defensoría del Pueblo sí llegó al lugar y respaldó las declaraciones de las autoridades locales. John Jairo Rodríguez, el secretario de Gobierno de Magüí, decía también: “Cuál va a ser la necesidad de la gente de la zona de pedirle a uno diez ataúdes, si solo tienen cinco cadáveres. Nadie querrá tener un ataúd en su casa. Eso no tiene sentido”.

A casi 15 días de la matanza, comienzan a saberse más detalles de la trágica fiesta de Pueblo Nuevo. Desde el momento en que sonaron los disparos, 4 menores de edad se dieron por desaparecidos. Mayerly Esterilla de 17 agarró a su bebé, Valery, de 3 meses de nacida, y salió a correr monte adentro.

Y corrió y corrió hasta que se perdió en la selva. Lo mismo le pasó a Laura Hernández, de 10 años, y a William Stiven, de 17. Los 4 se encontraron en el monte. Deambularon sin un rumbo claro, sin comida y tomando agua de los caños. Al cuarto día, luego de una búsqueda intensa, la comunidad los encontró deshidratados. En sus pieles aún aparece el signo de las quemaduras y las llagas del roce con la manigua. Que Valery se haya salvado, tan pequeñita, tan indefensa, es el milagro del que se habla en Pueblo Nuevo en medio de la tragedia.

En Magüí no deja tampoco de resonar la historia de Édinson Marcial Ortiz, representante legal del Consejo Comunitario de Pueblo Nuevo, Manos Amigas. Édinson, líder de vieja data, estaba en la fiesta. Cuando vio que comenzó la balacera, corrió hacia el río y ahí le dispararon. Al caer al agua, lo remataron. Su cuerpo, que permaneció tres días en el Patía, sigue aún en la morgue de Tumaco. Por su estado de descomposición no han podido cotejar las huellas dactilares. Ahora tratan de cotejar el ADN con parientes para identificarlo plenamente.

También murió Yensi Carolina Arubio Arboleda, una jovencita de 22 años que le había comentado a una de sus tías que tenía un retraso en el periodo. Pensaba que estaba esperando bebé. El padre, en la declaración ante el personero, dijo que lo más probable es que fuera cierto: era lo que más quería.

En Magüí ahora hay una crisis humanitaria. Han ido llegando familias desplazadas de Pueblo Nuevo, sin tener muy claro qué será de sus vidas, pues no pueden volver al caserío. A la Alcaldía se le está acabando el presupuesto para sostenerlos, pues lo necesitan todo: comida, vestido, atención psicológica. Todo lo que un ser humano requiere para recomenzar después de semejante duelo.

El alcalde Quiñónez y el personero Angulo enfrentan una situación de seguridad preocupante. Ambos andan por el pueblo apenas con un policía asignado para escoltarlos. Haber emitido el comunicado en el que revelaban el número de muertos y los posibles autores de la masacre, según los datos que habían recogido, los puso en el ojo del huracán. Justo cuando SEMANA llegó al municipio, el alcalde había acabado de pasar un susto. Esa mañana había descubierto que tres hombres armados lo esperaban afuera de su casa. Cuando Quiñónez llamó a la Policía, los tipos ya habían desaparecido. -¿Tiene miedo por su vida? “Claro que sí tengo miedo”, acepta el alcalde, apoyado sobre un balcón del desvencijado edificio municipal. “Aquí estamos a la mano de Dios”, dice.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 1861

PORTADA

Prieto en la mira

La imputación de cargos al exgerente de la campaña de Santos sorprendió. Pero esta no tiene que ver con el escándalo de Odebrecht ni con la financiación de las campañas. ¿Por qué?