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| 7/29/2017 10:15:00 PM

Los pasos hacia la reconciliación del país

Mientras el país político se insulta en la redes sociales, los jefes paramilitares y guerrilleros se dan la mano, y en las regiones antiguos enemigos empiezan a dialogar entre sí y mirar hacia adelante.

El miércoles 19 de julio se produjo un encuentro hasta hace poco impensable. A las seis de la tarde llegaron hasta la casa provincial de la Compañía de Jesús, en el barrio Teusaquillo de Bogotá, tres exjefes de las desaparecidas Autodefensas Unidas de Colombia, AUC: Fredy Rendón (el Alemán), Iván Roberto Duque (Ernesto Báez) y Edward Cobos (Diego Vecino). Frente a ellos se sentaron tres de los más altos dirigentes de las Farc: Luciano Marín (Iván Márquez), Jorge Torres (Pablo Catatumbo) y Sausias Pausias Hernández (Jesús Santrich). Al encuentro asistieron como testigos el sacerdote jesuita Francisco de Roux, el político Álvaro Leyva, asesores legales de ambas partes y un par de facilitadoras que no han querido aparecer públicamente.

Al principio, como era previsible, había nerviosismo, pues por un capricho del azar tres lustros atrás, cuando eran enemigos acérrimos, estos hombres se habían cruzado unos con otros. Márquez y el Alemán se enfrentaron a muerte en Urabá, y convirtieron a la región en una ciénaga de sangre y en el laboratorio más espeluznante de la guerra irregular en el país. Santrich y Vecino sabían el uno del otro porque fueron enemigos en la costa Caribe. El uno nació en los Montes de María y actuó como insurgente en toda la costa. El otro administró fincas asoladas por la guerrilla en Sucre y Bolívar hasta que se enroló en las AUC, también en esta región. Ambos grupos se disputaron el territorio a sangre y fuego, dejando una estela de muerte, desplazamiento y despojo inenarrable. Báez y Catatumbo tienen un pasado terrible que los une. Cuando el primero era uno de los jefes de las AUC, esta organización secuestró y asesinó a la hermana del segundo, como una venganza casi personal con los jefes guerrilleros.

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Con ese mapa de historias cruzadas esta no era una cita cualquiera. En realidad, los exparamilitares habían buscado este encuentro desde años atrás, cuando aún estaban en la cárcel y mientras transcurrían las negociaciones de La Habana. Enviaron varios mensajes con personas del gobierno y en especial una carta que nunca llegó a Cuba. Ahora, cuando las Farc ya dejaron los fusiles y se habla de un pacto nacional para erradicar la violencia política de manera definitiva, este parecía ser el momento adecuado.

La conversación arrancó con unas palabras del padre De Roux, y luego Santrich contó un chiste, en relación con el decreto presidencial que puso fin a su huelga de hambre, que relajó el ambiente. Luego cada uno de los asistentes habló. Las primeras palabras corrieron por cuenta del Alemán, quien puso un tono sincero y conciliador al encuentro. En algún momento mencionó como un error de las AUC el haber involucrado a las familias de los guerrilleros en su confrontación. Luego habló Diego Vecino sobre la intención sincera de reconciliar al país, y Ernesto Báez hizo con su conocido estilo grecoquimbaya un discurso largo sobre los errores cometidos en una guerra a la que se vieron empujados. Luego leyeron apartes de la carta extraviada rumbo a La Habana, en la que los antiguos jefes paramilitares les anunciaban a los negociadores de las Farc su respeto a la negociación y solicitaban un diálogo con miras a una reconciliación nacional.

Los miembros de las Farc, por su parte, recalcaron que no sentían ningún tipo de odio hacia ellos, y que su intención de acogerse a la civilidad era absolutamente sincera y para siempre. También mencionaron por supuesto sus temores de que sectores otrora cercanos a las AUC busquen venganza, y se reabra el capítulo de la violencia. En las intervenciones todos reconocieron la inutilidad de la guerra, el cansancio con la violencia, y la oportunidad de construir un país diferente al que ellos hirieron de muerte con sus fusiles. “Es que ya estamos muy viejos para andar matándonos”, dice el Alemán, quien paradójicamente era el más joven del encuentro. “Creo que fueron sinceros”, dice por su parte uno de los miembros de las Farc sobre sus interlocutores.

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Los otrora paramilitares llamaron la atención sobre los riegos de un posconflicto mal hecho, al que ellos le atribuyen el reciclaje de sus hombres en bandas criminales. Coincidieron en que hay que frenar las amenazas del crimen organizado en las regiones. Las Farc manifestaron su intención de mantener un diálogo abierto “hasta con el diablo” con tal de que cese la violencia política en definitiva. Unos y otros dejaron claro que ideológicamente son diametralmente opuestos. Pero también que están dispuestos a convivir en los mismos territorios, pacíficamente, y adheridos a la legalidad. Hablaron sobre la importancia de que la verdad sea la columna vertebral del proceso que viene para el país, y que haya una verdadera reparación a las víctimas. Para todos ellos este es un primer paso para un cierre definitivo de la guerra. La primera piedra para la no repetición que es, finalmente, la prueba ácida para el país.

La noticia del encuentro y las fotos en las que todos, sonrientes, se aprietan las manos generaron diversas reacciones. Desde los críticos que piensan que hay una dosis de cinismo en un encuentro de victimarios hasta quienes consideran que este episodio es un espejo claro de que el proceso de paz es irreversible. Esta reunión contrasta con el odio que se expresa en las redes sociales, especialmente por quienes nunca sufrieron la guerra. Mientras crece la pugnacidad del debate electoral alrededor del acuerdo de La Habana, en las regiones de Colombia se vienen dando de manera silenciosa, lenta y casi invisible los primeros pasos del tan anhelado proceso de reconciliación.

Avances improbables

Desde hace varios meses la Oficina del Alto Comisionado para la Paz ha alentado un proceso que Sergio Jaramillo llama “diálogos entre improbables”, adoptando la metodología diseñada por el experto menonita Jean Paul Lederach. Estos diálogos apenas están en una etapa inicial y el más interesante de ellos tiene lugar en el Cesar.

Se puede decir que todo comenzó el año pasado cuando el hermano de Simón Trinidad y el hijo de Jorge 40 se dieron la mano en un evento público y hablaron de perdón y reconciliación. El episodio pasó inadvertido para el país, pero no en una región donde personas de las más diversas tendencias e intereses, desde militantes del Centro Democrático hasta líderes exiliados de la izquierda, desde empresarios hasta indígenas, han comenzado a encontrarse para hablar sobre la paz en el Cesar.

“En la primera reunión se respiraba una gran desconfianza entre todos. Nadie tomaba la palabra. Algunos solo decían ‘¿y éste que hace aquí?’”, cuenta un testigo del encuentro. Para romper el hielo, Jaramillo invitó a dos personas externas: al general Fredy Padilla de León y al experto Manuel Ramiro Muñoz. Ambos dejaron un mensaje claro: estos diálogos no son para resolver el pasado, ni hacerse reclamos, ni echarle sal a las heridas. Parten de la premisa de que acabada la guerra, todos quienes la sufrieron o se ubicaron cerca a cada uno de los bandos tienen que vivir en el mismo territorio y, por lo tanto, evitar que vuelva la violencia. Sacar adelante a sus regiones, con una mínima visión compartida, aunque subsistan diferencias ideológicas, religiosas o políticas. Jaramillo dice que por eso él prefiere hablar de convivencia antes que de reconciliación porque es un objetivo más realista.

Algo similar vienen impulsando varias organizaciones como Cespaz, la CVS y la Marcha Patriótica en Magdalena Medio. Desde febrero empezaron a promover lo que ellos llaman Diálogos Útiles en diez municipios, con su columna vertebral en una gran mesa creada en Barrancabermeja y animada, entre otros, por el alcalde. El objetivo es prepararse para la implementación del acuerdo de paz y lograr acuerdos sobre las prioridades en materia de desarrollo rural. Lo interesante es que por primera vez se han sentado personas e instituciones que otrora se veían con desconfianza y miedo, como los ganaderos, las organizaciones campesinas que defienden las zonas de reserva campesina y las Farc.

En Norte de Santander, donde el posconflicto tiene mayor complejidad por cercanía a la frontera, la coca y la presencia de grupos como el ELN y el EPL, existe un diálogo convocado por el gobernador en el Consejo de Paz, en el que se han sentado actores antiguamente enfrentados. Incluso participa uno de los voceros autorizados del ELN, dada la alta influencia de esta guerrilla en el Catatumbo. Al mismo tiempo, miembros de las Farc han sostenido un diálogo con grandes empresarios palmeros con miras a construir alianzas productivas de cara a la reincorporación de los guerrilleros.

Otro caso bastante interesante se está gestando en el Urabá antioqueño. Como se sabe, uno de los conflictos más difíciles de esta zona ha sido la restitución de tierras, que ya deja varios amenazados, heridos y hasta muertos. Después de muchos intentos, Ricardo Sabogal, de la Unidad de Restitución de Tierras, acompañado por la Pastoral Social y la OEA, ha logrado que nazca un espacio de diálogo entre empresarios bananeros y miembros de la elite local, con las organizaciones de reclamantes y los sindicatos. Tomó un año sentarlos a todos en una mesa. La regla del juego es no hablar de lo que los divide, como la batalla judicial por los predios, que le corresponde a la Justicia, sino conversar sobre cómo van a sacar a la región adelante en el nuevo contexto. No es fácil por la desconfianza, pero todos están convencidos de que el diálogo debe continuar. “Cuando se conversa todo el mundo baja la guardia”, dice Sabogal, y señala que aún faltan sectores muy importantes como los ganaderos en dicho diálogo. Aclara también que en este espacio no importa si la gente respalda o no el acuerdo de paz, sino el futuro de la región.

La foto entre Márquez y el Alemán le da tranquilidad a muchos en Urabá. Mario Agudelo, quien fue uno de los jefes del EPL, organización que dejó las armas al principio de los años noventa, exalcalde de Apartadó y exdiputado, dice que estos encuentros son cruciales para que la reincorporación de los combatientes no termine en un baño de sangre, como ocurrió con ellos. Agudelo recuerda que en aquella época los jefes del EPL también se reunieron con los paramilitares, en cabeza de Fidel Castaño, para garantizar que no fueran asesinados, pues los consideraban la mayor amenaza en la vida civil.

Lo paradójico es que quienes terminaron por declararles la guerra en la legalidad fueron las Farc, y eso reabrió un largo y sangriento periodo. Hoy Agudelo dice que es diferente porque la guerra sí ha llegado al final, pero señala una paradoja: “En los noventa había consenso en la clase política alrededor de la paz, había polarización en los territorios. Hoy es al revés”.

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Otro territorio donde la guerra ha sido tremenda, y donde los nuevos conflictos por la tierra, la minería y las economías ilegales están que arden, es el Cauca. La semana pasada, a instancias del gobernador, por primera vez se sentaron a hablar todos los sectores del departamento. Desde la Andi y la Cámara de Comercio, pasando por el Consejo Regional Indígena del Cauca y los cabildos del norte del Cauca. Allí, como en los otros lugares, no se trata de resolver todos los problemas, sino de tratar de imaginarse la región en el futuro.

Así, cientos de iniciativas vienen andando en todo el país, con las Farc o sin ellas, con el gobierno o sin él. A muchas las animan la Iglesia, que tiene un proyecto de iniciativas de paz en 100 municipios, y redes como Prodepaz, que lleva más de 20 años preparando a las comunidades para un momento como este. “En las regiones hay diversidad y diferencias, pero no necesariamente polarización”, dice monseñor Héctor Fabio Henao, director de la Pastoral Social.

A eso se han sumado iniciativas de empresarios y sectores de la clase dirigente, como Convergencia, un grupo selecto de líderes entre los que están Rosario Córdoba, del Consejo de Competitividad, el padre Francisco de Roux y Frank Pearl, quienes este fin de semana se reunieron en las afueras de Bogotá para plantear los escenarios de futuro que tendrá Colombia sin guerra. Y el diálogo minero-energético que viene promoviendo la Fundación Paz y Reconciliación, de la mano del BID, para evitar que los conflictos mineros se conviertan en nuevas fuentes de violencia.

¿Polarización o campaña electoral?

No hay que ser un genio para saber que el camino del diálogo es el más adecuado para resolver los conflictos. Pero en Colombia la guerra había creado un verdadero corto-circuito entre muchos sectores que se han tratado por décadas como enemigos y pocas veces se han escuchado. El fin del conflicto está permitiendo por primera vez un diálogo realmente civilizado, lo que sin duda puede crear un clima de concordia inédito.

Ahora, el diálogo es el primer paso de un proceso de reconciliación que será complejo, lento y al que le asoman muchos peligros. El primero de ellos son las elecciones que por naturaleza tienden a dividir a la gente en las regiones. En esta coyuntura es aún más inquietante dado que el caballo de batalla sobre el que cabalgan los políticos, en búsqueda de réditos electorales, es el acuerdo de paz. La estrategia de polarizar alrededor de ellos, de incentivar miedos y desconfianzas da votos como se demostró en el plebiscito, y algo similar se puede reflejar en estos meses.

Un segundo desafío proviene de la necesidad de acelerar la implementación del acuerdo de paz en las regiones. Los Programas de Desarrollo con Enfoque Territorial han generado todo tipo de expectativas, así como los programas de sustitución de cultivos y lo relativo a la formalización de la tierra. Si el Estado se enreda al ejecutarlos, la desconfianza, que es el principal obstáculo para construir la paz, tenderá a crecer.

En tercer lugar es importante que el proceso de justicia transicional, con su carga de verdad y reparación, sirva en las regiones como un hilo para suturar heridas y no como un bisturí para mantenerlas abiertas. Una cacería de brujas, o convertir la Justicia en otro campo de batalla, con ganadores y vencedores, sería el mayor riesgo para la incipiente marea de entendimiento.

Finalmente, el gobierno y el Estado tendrán en algún momento que darle un canal institucional a estos esfuerzos locales de construcción de paz. Eso requiere un liderazgo. Hasta ahora, el vicepresidente Óscar Naranjo se ha dedicado a generar confianza y establecer un diálogo abierto. Sin embargo, se necesita aún más liderazgo del gobierno nacional. “Todo esto debe desembocar en un fortalecimiento del Estado y las instituciones”, dice monseñor Henao.

Tal como escribió el padre De Roux en su columna de esta semana, a propósito de la reunión entre los jefes de las Farc y los exjefes de las AUC, las personas cambian. La página de la guerra, que unos y otros escribieron con sangre, le está dando paso a una página aún en blanco: la de la reconciliación.

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