Opinión

  • | 2017/03/18 23:00

    La ayuda norteamericana

    La ayuda para combatir las guerrillas convirtió a unas autodefensas campesinas sin ideología en unas verdaderas fuerzas que por cincuenta años mantuvieron en jaque al Ejército Nacional.

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Donald Trump lo anunció enfáticamente en su discurso de posesión: los Estados Unidos no van a seguir ayudando a sus aliados a pelear sus guerras ni a resolver sus problemas. Se van a limitar a ayudarse a sí mismos. America first.

No es que no haya sido siempre así: lo que pasa es que Trump lo anuncia en voz alta en vez de disfrazarlo bajo un altruismo hipócrita. America first quiere decir América para los norteamericanos, como en la Doctrina nacionalista proclamada hace casi 200 años por James Monroe, fortalecida hace más de 100 por Theodore Roosevelt, reiterada hace 40 por Ronald Reagan. Y aplicada siempre a rajatabla por todos los demás, republicanos o demócratas, Jefferson, Jackson, Wilson… incluyendo tal vez al mismo Jimmy Carter, el que aflojó la mano en Centroamérica y devolvió el canal en Panamá. Desde Washington, anterior a la formulación de la Doctrina, hasta Obama, cuya retórica sonaba diferente, todos la han aplicado por igual, sin mencionarla: America first.

Tampoco es que la realidad vaya a cambiar mucho con Trump: las intervenciones militares continuarán, pues en algo ha de usarse el presupuesto militar que el nuevo presidente acaba de aumentar colosalmente. Pero al menos no seguirán llamándose “ayuda”. Magnífico: que no nos ayuden más.

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Porque hay que ver en qué ha consistido la ayuda que hemos recibido de los Estados Unidos desde que empezó a llamarse así: digamos que desde que Franklin Roosevelt inventó la “política del Buen Vecino”. Empezó entonces la ayuda para combatir el comunismo, que regó de sangre toda la América Latina. En el caso específico de Colombia la primera manifestación de esa ayuda se vio el 9 de abril de l948, con el asesinato de Gaitán durante la Conferencia Panamericana que creó la OEA: y es llamativo que sobre ese episodio no han sido abiertos los archivos de los servicios norteamericanos, pese a que han transcurrido de sobra los 50 años reglamentarios. Después, dentro del mismo esquema, vino la ayuda para combatir las guerrillas, que convirtió a unas autodefensas campesinas sin ideología en unas verdaderas fuerzas guerrilleras que durante 50 años mantuvieron en jaque al Ejército Nacional. Más adelante el presidente Richard Nixon inventó la guerra contra las drogas, y recibimos entonces en Colombia la ayuda norteamericana para combatirlas. Una ayuda y un combate que han tenido el efecto de crear artificialmente un problema que no existía, y de convertirlo en el más grave de la historia del país. Esas dos guerras que han dominado nuestra historia de los últimos 70 años se las debemos directamente a la ayuda de los Estados Unidos.

Una ayuda que, por otra parte, se ha manifestado más bien a la inversa: ha sido una ayuda prestada por Colombia a los Estados Unidos para sus guerras externas e internas. Su Guerra Fría contra la Unión Soviética, en la cual el país participó de lleno con el envío de tropas, casi simbólicas, a la guerra de Corea, y que luego continuó dándose de manera mucho más cruenta y destructora en nuestro propio territorio gracias a la llamada Doctrina de Seguridad Nacional: seguridad que no era la nuestra sino la de los Estados Unidos. En ella seguimos participando (aunque el enemigo haya cambiado de nombre: no se llama ya comunismo internacional sino terrorismo internacional). Y en su guerra ficticia contra las drogas, cuyo eje pasa por Colombia en su calidad de país productor de varias de ellas. Comenzó hace 40 años con la marijuana, que destruyó en buena medida la Sierra Nevada de Santa Marta y sentó las bases de las grandes mafias; y solo cesó cuando los propios Estados Unidos se convirtieron en el primer productor y exportador de marijuana del mundo, como lo siguen siendo hoy. Y se agravó después con la cocaína, cuya siembra multiplicada por la persecución ha devastado grandes extensiones de selva, incluidos los parques naturales, y cuyo negocio alentado por la prohibición ha corrompido el país de arriba abajo, desde la economía hasta la justicia.

Así que sí, magnífico: que no nos ayuden más, ni les sigamos ayudando.

A menudo he citado un episodio más bien cómico del que fue protagonista Jeane Kirkpatrick, la embajadora de los Estados Unidos ante la ONU en los años ochenta del siglo pasado y faro ideológico del reaganismo. En visita a Costa Rica, pacífico país que tres décadas antes había suprimido su Ejército, les dijo la señora Kirkpatrick a sus anfitriones: “Mi gobierno quiere ayudarles a formar un ejército para luchar contra las guerrillas subversivas”. Le respondieron, sorprendidos: “Pero es que nosotros no tenemos guerrillas subversivas…”. Y ella concluyó: “Las tendrán cuando les hayamos ayudado a formar un ejército”.

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