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Opinión

  • | 2013/12/14 00:00

    La hora de Gustavo Petro

    Petro debe saber que la indignación y la protesta sin violencia y sin caos son fuente de legitimidad y también que no es posible prolongar indefinidamente las acciones ciudadanas sin desgastarlas y volverlas anodinas.

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El alcalde Gustavo Petro pasó en solo 48 horas de villano a héroe por cuenta de la desmesura y el abuso de poder del procurador Alejandro Ordóñez. No tenía un alto registro en las encuestas, los líderes de opinión no ahorraban críticas a su gestión, sus más encarnizados detractores aupaban un proceso de revocatoria, su oratoria se ahogaba en los fríos pasillos del Palacio de Liévano, la soledad lo acechaba cuando apenas transcurría la mitad de su mandato. Pero la decisión de destituirlo e inhabilitarlo por 15 años ha despertado la solidaridad nacional e internacional con su figura y con su historia. 

El lunes, a solo cinco horas del fallo, una multitud se agolpó en la Plaza de Bolívar para oírlo en su verbo fácil y para avivarlo en su dolor. El martes era el tema del día de todos los medios de comunicación del país. El miércoles su favorabilidad había subido 20 puntos en los sondeos de opinión y la del procurador los había perdido. 

El jueves ya contaba con un pronunciamiento a su favor de Kevin Whitaker, próximo embajador de Estados Unidos en Colombia; con el anuncio de que el representante de las Naciones Unidas en el país indagaría la posible violación de sus derechos humanos; y con la decisión del fiscal general de la Nación de investigar eventuales irregularidades del procurador al proferir el fallo.

Ni el enojo que ha causado el fallo ni la solidaridad son gratuitos. Las personas con alguna información, sin graves sesgos ideológicos, sin intereses económicos específicos en el cuantioso negocio del aseo, saben que en el fondo, en la sustancia, Petro tiene razón en la búsqueda de un cambio de modelo en la recolección de las basuras. 

Saben que tuvo graves fallas en la planeación y en la ejecución de las medidas, pero entienden que los operadores privados se estaban llenando los bolsillos de dinero y cobrando altas tarifas, entienden que está agotado el esquema de recoger desechos y botarlos en la periferia de la ciudad y ha llegado el momento de meterse en serio en el reciclaje, saben que la Corte Constitucional ha ordenado la vindicación social de los recicladores. Sienten que hay una brutal desmesura en la sanción por tres días de basuras regadas en las calles y varias noches de perturbación en las labores de aseo. 

Esas luces han titilado en la memoria de la gente a la hora de evaluar la decisión del procurador. Así mismo el recuerdo de la lucha implacable de Petro contra la corrupción. Quizá la visión de la ostentosa fiesta del matrimonio de la hija de Ordóñez y el desprecio del acucioso funcionario por los derechos inalienables de algunas minorías. Quizá los rumores de que el fallo está manchado por turbias conspiraciones contra el proceso de paz y veladas estrategias para sacar a Petro y llevar a Pacho Santos a la Alcaldía. Ha brotado la solidaridad con Petro, pero también el rencor de mucha gente contra Ordóñez y contra las jugadas sucias del uribismo.

Petro no se puede engañar. Petro no se puede equivocar ahora. Debe saber que puede volver rápidamente a la condición de villano. Para que esto no ocurra me atrevo a hacerle dos o tres recomendaciones. Son sugerencias para que mantenga la cabeza fría en esta que es su hora decisiva. Para que piense más en el futuro que en este presente cargado tanto de injusticias como de buenos presagios. 

Debe mantener el sentido y el tono de la entrevista a BBC Mundo. Aceptar que el destino más probable es su retiro de la Alcaldía. Dedicar sus mayores esfuerzos a organizar la casa y a buscar que el sucesor sea afín a su programa de gobierno. Debe saber que la indignación y la protesta sin violencia y sin caos son fuente de legitimidad y también que no es posible prolongar indefinidamente las acciones ciudadanas sin desgastarlas y volverlas anodinas. 

Petro no se puede dejar perturbar por la distancia o la indiferencia que el presidente Santos ha mostrado frente a los acontecimientos. Debe buscar un acuerdo con él para que la transición sea liderada por personas allegadas o respetuosas de su proyecto político. Un acuerdo que quizás implique una gran coalición para ganar las elecciones atípicas y cerrarle el paso a las pretensiones del uribismo de alzarse con la Alcaldía de la capital del país.
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