Las semanas finales de la administración Petro han sido particularmente complejas. Vencido su candidato por un margen estrecho, tanto el presidente como el senador Cepeda se negaron a reconocer el resultado de las urnas, una postura típica en aquel, que, contra toda evidencia, rehusó reconocer el triunfo de Duque en 2018 e hizo cuanto pudo para dañar el bien ganado prestigio de la Registraduría. No sorprende: “vaca ladrona no olvida el portillo”. Luego dijeron que se declaraban en desobediencia civil frente a las decisiones que eventualmente adoptare el nuevo gobierno, lo cual, si fuere eficaz, implicaría el colapso del Estado, que es lo que sucedería si una rama del poder público queda paralizada.
Con el paso de los días, las razones para esa manifestación de rebeldía se han ampliado: que Abelardo se propone extraditar a Petro, que el nuevo gobierno quiere reversar las conquistas sociales logradas por su administración, que es un subordinado de Trump.
Después incorporaron en la temática de la protesta otra cuestión: que De La Espriella se niegue a renunciar, antes de posesionarse, a su nacionalidad estadounidense. Esta petición carece de fundamento jurídico. La Carta no prohíbe la fidelidad por el Presidente a dos distintas naciones (lo cual, en mi opinión, es un error). Petro es colombiano e italiano sin que nunca esa doble condición haya sido objetada. ¿Por qué nadie dijo nada? Porque Italia dejó de ser un imperio en el siglo V de nuestra era, y carece, que sepamos, de la intención de revivir ese pasado glorioso en nuestra región. El origen italiano de Cristóbal Colón no da para tanto.
El ultimátum de Petro y Cepeda es difícil de aceptar por Abelardo. Quizás crea que esa nacionalidad dual puede afectar su credibilidad ante los colombianos y, en algún momento, quiera devolver esa ciudadanía, pero es casi imposible que lo haga bajo chantaje. Sin embargo, en su discurso de posesión conviene que diga que no subordinará el interés nacional al de ningún otro país.
No obstante, en el terreno político, el debate tiene enorme relevancia; si surgen, como es muy factible, posturas contrarias entre nuestro país y Estados Unidos, los cuales, como es bien sabido, se han concedido el derecho de intervenir por la vía armada en nuestra región. La “extracción” de Maduro puede justificarse desde varios puntos de vista, pero fue contraria a derecho. ¿Qué haría De la Espriella si los marines vinieran, sin permiso alguno, a realizar, como ya lo han hecho en Venezuela y Ecuador, otras “extracciones”? ¿O a matar, sin fórmula de juicio, a narcoterroristas extranjeros? (Por absurdo que parezca, los traficantes estadounidenses no son terroristas).
Salvo que ignoremos el alcance de los términos, la desobediencia civil (o sea, inerme) es una conducta ilegal, por la elemental consideración de que es obligatorio cumplir las normas vigentes, comenzando por la propia Constitución como ella misma lo ordena: “Toda persona está obligada a cumplir la Constitución y las leyes”. Conviene precisar que esa ilegalidad, que es inherente a la desobediencia civil, solo se justifica en eventos de injusticia superlativa. Liberar a la India del colonialismo inglés fue el propósito perseguido por Gandhi. Martin Luther King se propuso, mediante la resistencia pacífica, erradicar de su país la discriminación de los negros.
Frente a casos tan importantes como estos, resulta excesivo que el perdedor de una contienda electoral intente, mediante presión indebida, desconocer unos resultados electorales que ya han sido validados por la autoridad competente, y que gozan de generalizado respaldo, dentro y allende las fronteras de Colombia.
En verdad, lo que observamos no es una manifestación de desobediencia civil. Es un conato de golpe de Estado. A lo cual añado que la posibilidad de que esas acciones interrumpan la transición democrática es remota. Lo probable es otra cosa: que esos eventos terminen en disturbios. Esa película la hemos visto varias veces en el pasado reciente. Muertos y heridos, daños cuantiosos, parálisis económica hubo en los años 2019 y 2021.
Tal como se había pronosticado, el fin de las guerrillas políticas abrió un espacio para la izquierda inerme. Gracias en parte a Petro, fue posible superar el estigma de la “combinación de las formas de lucha”, o sea del uso simultáneo de las armas y la política electoral para derrotar a la burguesía y lograr el triunfo del proletariado. Hoy puede decirse que la izquierda radical representa a medio país. Para quienes en ella militan, el desafío, en este nuevo cuatrenio, consiste en aprender a convivir con otras fuerzas políticas, distintas e, incluso, opuestas, bajo las reglas de la democracia representativa. Es lo que hacen los partidos comunistas y socialistas en Europa. “El último de los Aurelianos” no es el líder adecuado para esa misión. Puede aniquilar, con su conducta mendaz, errática y provocadora, el patrimonio político que ayudó a construir.
Tal vez Cepeda sea el líder que la izquierda necesita. A partir de la reafirmación de las luchas en pro de la justicia social, tal como la izquierda la entiende, y del papel preponderante que concede al Estado como gestor de la economía, tendría que ser consciente de que los tiempos de la revolución ya pasaron; que el objetivo actual no es tomarse el poder, sino transformar la sociedad bajo las reglas de la democracia representativa. Para asumir esa tarea vería con claridad que las claves del futuro no están escondidas en la biografía de Simón Bolívar. En procura de estos objetivos, Petro es, por el contrario, un fardo pesadísimo.
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Aterrado por el lenguaje agresivo de nuestros actuales líderes, reflexiono sobre los orígenes de la guerra civil no declarada que comenzó a germinar en 1946 y explotó en 1948. En aquel entonces, las palabras de Gaitán, Laureano y Carlos Lleras, entre otros, suscitaron odio entre la población campesina, y ese odio produjo millares de muertos. El llamado a la prudencia y la ecuanimidad es elemento central del Manifiesto del Centro Político liberado esta semana. Recomiendo su lectura.
Briznas poéticas. Rafael Cadenas, gloria de la poesía venezolana, nos envía esta joya mínima:
“A menudo el instante
Entra en escena,
se entroniza,
Te desdibuja
Como cuando éramos niños”.
