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Opinión

  • | 2014/05/03 00:00

    Quiero ser el 'Body man' de Martín Santos

    Así se llaman los sitios de ahora: Bruto, Gordo, El Bandido. Uno ya no sabe si están hablando de bares o de expresidentes.

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Se me iluminaron los ojos cuando leí la entrevista que el primer vástago de la Nación, el joven Martín Santos, concedió a María Jimena Duzán en la más reciente edición de esta revista, y se me iluminaron desde el principio, cuando, con gran humildad, el muchacho explica cuál es su rol en la campaña del papá: “Como estaba  trabajando en Miami, decidí pedir una licencia de tres meses para
venir a estar a su lado. En la campaña desempeño un papel que en Estados Unidos se llama el ‘body man’”.

Inicialmente supuse que el término body man servía para designar a todo varón que vista de body, aquella prenda femenina que causaba furor en los años noventa: imaginaba a Martín con un mameluco ceñido, abrochado con tres botones por debajo, y pensaba que caminar en semejante pinta sería su aporte a la campaña.

Pero las dudas me invadían: ¿hay descuentos en Bodytech para el bodyman? ¿Qué hace un bodyman, anyway?, me pregunté, ya contagiado por su forma de hablar. Por fortuna, el mismo Martín lo aclaró en seguida: “El ‘body man’ está con el candidato las 24 horas, disponible para todo lo que necesite”. Y entonces lo imaginé en acción:

–Martín.
–Dígame, candidato.
–Ordena tu cuarto.
–Como mande, candidato.

Digo que se me iluminaron los ojos porque, tan pronto como leí esas declaraciones, soñé con ser yo también un body man: el body man de mi papá, en concreto, ahora que pasó merecidamente al retiro. Entrecerraba los ojos y caía en la ensoñación de que lo acompañaba al banco de un parque, y le pasaba un sudoku, un crucigrama, un lápiz: todo lo que le fuera útil en su nueva condición de jubilado. Quería ser su body man; la Chita de Tarzán.

Pero súbitamente comprendí que cada vez que mi papá me daba órdenes del tipo “vaya calentando el carro”, “tráigame un vaso de agua”, o incluso “bote la gallinaza que es mentira que saca pelo”, yo estaba ejerciendo inconscientemente de body man. Y entonces cambié de aspiración. Y ahora quiero ser el body man de Martín Santos.

Y hago bien. Martín es el único delfín en que confío. Según leí en esta misma revista, el hijo de Óscar Iván Zuluaga es una mezcla entre Kirkegaard y Turbay Ayala: un núbil centauro mitad filósofo, mitad manzanillo, que no solo heredó de su taita el envidiable entrecejo, sino que también imita con mucha gracia al senador Uribe: tal y como lo ha hecho su papá en estas elecciones. Para completar, el muchacho inventó un ejercicio lúdico llamado Congreso Joven, en el cual, por iniciativa suya, sus compañeros de octavo grado del Gimnasio La Montaña simulaban ser senadores para comprender el funcionamiento de la rama legislativa. Ha sido la única vez en que el caco del curso aprobó con honores. Por lo demás, en la campaña uribista el cargo de body man ya lo ocupa Óscar Iván, que es el body man de Uribe.

Me siento, pues, preparado para asumir el reto. Quiero ser el body man del body man. No será fácil elaborar su agenda, noblemente inclinada hacia el aspecto social: salir de rumba con Valeria y Manolo; reservar en El Bandido para comer con Mao y Julieta. El Bandido, para quien no lo sepa, es un restaurante que está de moda. Así se llaman los sitios de ahora: Bruto, Gordo, El Bandido. Uno ya no sabe si están hablando de bares o de expresidentes. Cuando estaba en furor Astrid y Gastón, cualquiera suponía que era un homenaje a la hermana de Íngrid y su esposo, el exembajador francés. Aunque la gastona, según entiendo, es ella. Pero ahora, quienes no sepan que El Bandido es el lugar de moda, creerán que se trata de un restaurante temático inspirado en Samuel Moreno, en el cual hay retrasos para servir, la cuenta viene con sobrecostos y uno negocia una propina del 6 por ciento con Hipólito Moreno.

En tanto body man de Martín, estoy dispuesto a jugar golf con él en Mesa de Yeguas; acompañarlo a Miami para que se reúna con su jefe, don Emilio Azcárraga, que tiene intereses en Colombia, vea usted cómo es la vida: a lo mejor le sirvan las conexiones del joven Martín, quién quita; hacer paralelos entre su “estirpe”, como lo dijo en la entrevista, y la de Germán Vargas Lleras; y felicitarlo cuando informe a los lugareños de un pueblo que su papá les manda saludos.

Ser el body man de Martín será mi oportunidad de ingresar a la campaña de Santos, a la que siempre he querido pertenecer. Y más ahora, cuando el doctor J.J. Rendón acude nuevamente a rescatarla del fango.

Me gustaría estar allí, en el primer anillo. Debatir la ortografía de un eslogan con Roberto Prieto. Aguantarme un regaño mañanero, salpicado de insultos y de gritos, de Vargas Lleras. Pedirle a Juan Mesa que carraspee lo más fuerte que pueda en mi oído. Y ver cómo hacen agua mientras J.J. se enfunda en su traje de Matrix, dictamina la propaganda negra contra el voto en blanco y prohíbe al presidente candidato bailar en público o montar en bicicleta delante de las cámaras: si quiere hacer ejercicio, que vaya a Bodytech con el bono del Body man.

Me siento lo suficientemente desconectado del país como para integrarme a la campaña, y soy lo suficientemente cínico como para empeñarla ante los Name, Ñoño Elías, Musa Besaile. Y demás senadores a quienes los pobres niños del Gimnasio La Montaña deben imitar para pasar el año.
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