OPINIÓN

Cristina Plazas Michelsen

La lección que no podemos olvidar…

La recuperación no puede limitarse a reconstruir carreteras, viviendas y edificios.
23 de agosto de 2026 a las 9:20 a. m.

Después de una tragedia como la que acaba de vivir Colombia, las prioridades parecen evidentes: salvar vidas, atender a los heridos, encontrar a los desaparecidos, garantizar alimentación y buscar un techo para quienes lo perdieron todo. Pero hay otra urgencia que no podemos dejar para después: lograr que la niñez y la adolescencia regresen cuanto antes al colegio.

El terremoto también destruyó aulas. Más de 280 centros educativos resultaron afectados, algunos quedaron completamente destruidos y más de 400.000 estudiantes no han podido regresar a clases.

Colombia ya cometió una vez el error de mantener los colegios cerrados durante demasiado tiempo. Durante la pandemia, nuestros estudiantes estuvieron cerca de 150 días sin clases presenciales. Las consecuencias todavía las estamos pagando.

Y aquí quiero que hagamos memoria.

¿Se acuerdan de lo que fue la educación virtual durante la pandemia en las ciudades? ¿De los papás tratando de trabajar y, al mismo tiempo, pendientes de las clases de sus hijos? ¿De la batalla para lograr que se concentraran frente a una pantalla? ¿De las familias intentando reemplazar en la casa una dinámica escolar que sencillamente no podía trasladarse a una videollamada?

Y eso ocurría en hogares que tenían computador, buen internet, espacios separados y, muchas veces, tabletas y teléfonos inteligentes.

Ahora traslademos esa escena a algunas de las zonas más golpeadas por el terremoto.

Pensemos en el Chocó, en comunidades donde la conectividad es precaria o inexistente y en algunos lugares ni siquiera está garantizado el servicio de energía. Pensemos en una familia que tiene un solo teléfono celular y el papá o la mamá debe llevárselo para trabajar. En las guías que llegan por WhatsApp, pero no hay dónde imprimirlas. En intentar leer una tarea desde una pantalla pequeña, con una señal que aparece y desaparece.

En esas condiciones, la virtualidad no es educación virtual. En muchos casos, sencillamente significa cero clases.

Pero olvidemos por un momento los computadores, los celulares y la conectividad. Eso puede terminar siendo lo menos grave.

Pensemos en el trauma.

Hay niños, niñas y adolescentes que en cuestión de segundos vieron caer su casa, perdieron sus pertenencias, tuvieron que abandonar su barrio o están durmiendo en un albergue. Algunos perdieron familiares o amigos. Otros sintieron cómo la tierra se movía debajo de sus pies y todavía viven con el miedo de que vuelva a ocurrir.

Un terremoto no termina cuando deja de temblar. El miedo, la ansiedad, la tristeza, los problemas para dormir y los cambios de comportamiento pueden permanecer mucho después. Precisamente por eso, los expertos insisten en la importancia de recuperar cuanto antes las rutinas y los entornos conocidos y seguros. Volver al colegio, encontrarse con sus profesores y amigos, jugar, aprender y recuperar poco a poco la normalidad puede convertirse en una parte fundamental del proceso para enfrentar el trauma.

Pero el colegio cumple además una función de protección que ninguna pantalla puede reemplazar: permite verlos. Un profesor puede advertir que un estudiante dejó de hablar, está angustiado, no logra concentrarse o cambió repentinamente su comportamiento. Puede escucharlo, acompañarlo y ayudar a identificar cuándo necesita atención especializada. Después de una tragedia de esta magnitud, tener adultos atentos a esas señales es fundamental.

Y hay otra realidad que tampoco podemos olvidar: para muchos estudiantes, ir al colegio significa también comer.

En las zonas más vulnerables hay familias para las cuales la alimentación escolar representa una parte fundamental de lo que reciben sus hijos durante el día.

Por eso cerrar un colegio no significa solamente suspender clases. Significa perder educación, alimentación, protección, acompañamiento emocional y uno de los pocos espacios capaces de devolver estabilidad en medio de una tragedia.

Por eso la presencialidad importa tanto. Y por eso la virtualidad debe ser la última opción.

Ahora necesitamos a todo el país.

Al Gobierno nacional, a los alcaldes y gobernadores; a las empresas, las fundaciones, las iglesias, las cajas de compensación, las organizaciones sociales y los ciudadanos: hagamos del regreso a las aulas una causa de todos.

Los colegios con daños menores deben repararse de inmediato. Y mientras se reconstruyen aquellos que sufrieron daños graves, necesitamos creatividad. Hay que aprovechar toda la infraestructura pública disponible y establecer alianzas con privados, fundaciones e iglesias para adecuar bibliotecas, ludotecas, salones comunales, centros culturales y otros espacios seguros como aulas temporales.

Pero también necesitamos solidaridad.

Las empresas pueden adoptar colegios y financiar reparaciones o dotaciones. Las fundaciones pueden ayudar a reconstruir y adecuar espacios. Las iglesias pueden abrir sus instalaciones. Y los ciudadanos podemos donar.

Los invito a apoyar a las fundaciones y organizaciones que ya están trabajando en las zonas afectadas. Se necesitan recursos, materiales escolares, libros, computadores, pupitres y muchas manos dispuestas a ayudar.

No todos podemos reconstruir un colegio, pero todos podemos aportar algo.

La recuperación no puede limitarse a reconstruir carreteras, viviendas y edificios. También tenemos que reconstruir las rutinas, los espacios seguros y las oportunidades de quienes apenas están comenzando sus vidas.

El terremoto ya les quitó demasiado.

Entre todos, hagamos lo necesario para que no les quite también su educación.