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Opinión

  • | 2014/01/21 00:00

    ¿Un Dios discapacitado?

    Por el bien de la humanidad, las iglesias y las religiones deberían desaparecer.

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Es comprensible el escándalo que se armó con motivo del video donde aparece la más alta dirigente de la Iglesia de Dios Ministerial de Jesucristo Internacional, María Luisa Piraquive, prohibiendo la presencia de discapacitados en los púlpitos. Pero es injusto que toda el agua sucia les esté cayendo a ellos, pues en la práctica esa prohibición opera para todas las iglesias y espectáculos, aquí y en Cafarnaúm.
 
Un programa de TV como ‘El precio es correcto’ y una ceremonia religiosa tienen en común que quienes asisten lo hacen con la ilusión de obtener algo, premios unos y bendiciones otros, pero no son conscientes de que quedan enganchados a un mecanismo perverso donde los verdaderos beneficiados son quienes mueven los hilos de las marionetas. Esto se traduce en que el animador Iván Lalinde no es el dueño del negocio sino el títere que atrae espectadores, pero mientras más televidentes le consiga al canal, mayores ofertas recibe para hacer comerciales de detergentes. Del otro lado, el predicador sí es casi siempre el dueño del letrero, de modo que a medida que aumenta el número de adeptos consigue más recursos para abrirle nuevas sucursales al negocio.

Lo cierto es que los asistentes a esos templos quedan encandilados por un show mediático cuya parafernalia musical y coreográfica es copiada de la TV. Eso hace el espectáculo más divertido que una misa tradicional y es el motivo por el cual este tipo de sectas e iglesias de variopinto caletre viene creciendo con tanta facilidad, como quien multiplica los panes y los peces. Ello explicaría a su vez por qué al frente de la Iglesia Católica pusieron a Francisco, el más mediático de los últimos papas, a modo de salvavidas que les permite sobreaguar, recuperarse de sus escándalos y enfrentar tan feroz competencia. Sin desconocer, claro está, que con el Papa Francisco el catolicismo manifiesta una admirable capacidad de replantearse sus propios derroteros.
 
Para el caso que nos ocupa, el de la iglesia que sirve de base al movimiento político MIRA y el de su dueña la señora Piraquive, sorprende que alguien con tan escaso nivel académico y cultural haya podido construir semejante imperio de 850 templos y miles de millones de dólares en ingresos. Es aquí donde obliga aplicar el refrán según el cual “en el país de los ciegos el tuerto es rey”, pues no se entiende dónde puede residir el carisma de alguien que maneja un léxico tan pobre, al punto de justificar o atribuir la prohibición de discapacitados a “la conciencia”. 
 
Si de discapacitados se ha de hablar, la realidad cruda y desnuda nos dice que estamos frente a alguien que en sus sermones presenta trazas de minusvalía mental, o al menos dificultad para hilar un discurso medianamente coherente. 

Bien se sabe que la idea original fue de su marido, el pastor evangélico Luis Eduardo Moreno, quien fundó la iglesia en 1972 y falleció en 1996. La viuda recogió los frutos de un hombre al que se le atribuía el don de la palabra y con evidentes dificultades para la oratoria pero notorias destrezas para los negocios continuó su legado, afirmando que había recibido la profecía del mismísimo Dios, quien le habría dado las instrucciones sobre cómo dirigirla. Y a nadie se le pasó por la cabeza que pudiera estar mintiendo, o en busca de una tabla de salvación para que a la muerte de su marido –que ahora comienza a investigarse- no se le fuera de las manos semejante ‘fortuna’ celestial.
 
Decíamos de todos modos que con la gente del MIRA se estaría cometiendo una injusticia, pues ellos son el chivo expiatorio de un esquema que viene operando de modo casi idéntico en todas las religiones, canales televisivos, emisoras radiales, espectáculos, medios de comunicación y empresas comerciales en general, cual es el de trabajar en función de obtener una rentabilidad económica para sus dueños y asociados.
 
Asociados son los pastores o ministros por el lado evangélico o protestante, o los sacerdotes y las monjas por el lado católico, mientras que los dueños del negocio son los que han logrado escalar la cima más alta de la organización. Pero unos y otros la pasan bien gracias a los réditos que arroja la empresa y el ejercicio de su profesión, en este caso la de intermediarios de Dios sobre la Tierra. 
 
Lo verdaderamente llamativo –y paradójico, y aberrante incluso- es que quienes la pasan mal son precisamente los que con sus diezmos, limosnas o contribuciones alimentan a ese ejército de zánganos, pero nunca dejan de alimentar (valga la redundancia) las esperanzas de que el día menos pensado ese Gran Jefe al que llaman Dios se digne echarles una miradita, concederles una ‘bendición’ y sacarlos así de la pobreza material o espiritual en que se hallan.
 
Con lo cual llegamos a la pregunta del millón: y en medio de todo este engranaje corporativo de carácter multinacional, ¿qué lugar ocupa Dios? Buena pregunta para Dios, pero, mientras sale de su escondite o escoge a alguna de sus ovejas para responder con la revelación de su próxima profecía, podemos aventurar alguna hipótesis:
 
En el video de Semana.com donde se conoce lo que sería la primera reacción de la pastora Piraquive por las críticas a su iglesia, ella le echa la culpa al diablo de lo que está pasando: “el diablo está ensañado criticando, murmurando, calumniando, insultando y diciendo palabras soeces contra la iglesia y contra los creyentes. Yo creo que no encuentra más palabras vulgares para expresarse de la ira y la rabia y la envidia que tiene, por la iglesia que el Señor la está bendiciendo y la está respaldando”.
 
Ante lo cual, surgen interrogantes: ¿cómo así que si el Señor la está respaldando, es ese el modo de bendecirla? ¿Será que el don profético de la señora Piraquive se gastó de tanto usarlo y ello trajo como consecuencia que Dios perdiera la batalla frente al diablo? ¿Por qué ese Dios henchido de bondad, compasión y misericordia no ha podido hacer valer los derechos de sus hijos minusválidos, para que sean pastores de esa o de cualquier otra iglesia? ¿Alguien ha visto acaso un sacerdote católico discapacitado, desde su ordenación, quiero decir? ¿O no será que desde el principio de los tiempos nos vendieron como todopoderoso el que en tales condiciones sería un Dios hasta cierto punto discapacitado?
 
Son preguntas que para muchos adquieren la categoría de blasfemia, pero aquí se plantean como una reflexión filosófica expresada además en las palabras que un día les dije a unos Testigos de Jehová: “lo importante no es cambiar de pastor, sino dejar de ser rebaño”.
 
En otras palabras, si Dios es omnisciente y omnisapiente, ¿para qué necesita de sacerdotes, pastores o jerarcas que terminan cayendo en la tentación de abusar de su poder o su prestigio? Ya es tiempo entonces de recapacitar en torno al papel dañino que las iglesias como aparatos de poder han representado a lo largo de los siglos, y comenzar a practicar el sano ejercicio de establecer comunicación directa con Dios, sin intermediarios pervertidos, corrompidos por la avaricia o contaminados de las más terribles sospechas.
 
Por el bien de la humanidad, las iglesias y las religiones deberían desaparecer. 
 
En Twitter: @Jorgomezpinilla
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