Colombia y varios países de América Latina se preparan nuevamente para afrontar la llegada del fenómeno de El Niño, un evento climático que para este año es proyectado como uno de los más intensos registrados históricamente.
Entidades como XM, operador del Sistema Interconectado Nacional, y la Asociación Nacional de Empresas Generadoras (ANDEG), han advertido sobre las posibles implicaciones derivadas del aumento de la temperatura superficial del océano Pacífico, cuyas anomalías podrían ubicarse entre 1,5 °C y 2,5 °C.


En medio de la incertidumbre generada por el comportamiento climático, SEMANA habló con Camilo Prieto Valderrama, profesor e investigador en energía y sostenibilidad de la Pontificia Universidad Javeriana y PhD(c) en Ingeniería con énfasis en energía.
SEMANA: ¿Por qué se habla de un ‘Súperniño’ en las proyecciones del fenómeno de esta temporada?
Camilo Prieto: El diagnóstico de un fenómeno de El Niño se realiza cuando la temperatura superficial de una región específica del océano Pacífico registra un incremento sostenido de 0,5 grados Celsius durante cinco meses consecutivos. Aunque aparentemente puede parecer una variación menor, en términos energéticos representa una alteración significativa del sistema climático global.
Cuando se habla de un ‘Súperniño’ es un término coloquial, ya que técnicamente es denominado como Niño severo o muy severo, y hace referencia a anomalías superiores a los 2 grados Celsius en esa región oceánica durante el mismo periodo de tiempo (5 meses continuos).
Esa acumulación energética genera perturbaciones importantes en el sistema climático terrestre, que en el caso colombiano suelen manifestarse mediante una reducción considerable de las precipitaciones, especialmente en la región Andina, así como un incremento generalizado de las temperaturas.

SEMANA: ¿Qué diferencia existe entre el impacto en Colombia y en otros países?
C. P.: El fenómeno de El Niño tiene repercusiones climáticas incluso en regiones como el sur de Estados Unidos, Perú o Ecuador. Sin embargo, sus efectos no son homogéneos. Existen países donde el impacto principal no se traduce en disminución de lluvias, sino en variaciones térmicas o incluso incrementos de precipitación en áreas específicas. Por eso resulta fundamental analizar este fenómeno desde una perspectiva territorial y comprender cuáles serían las implicaciones concretas para Colombia.

SEMANA: ¿Qué implica un incremento de 2 a 2,5 grados Celsius en la temperatura del Pacífico y cuáles serían los sectores más afectados?
C. P.: Es importante precisar que ese incremento térmico corresponde exclusivamente a la temperatura superficial del océano Pacífico y no a la temperatura global del planeta. ¿Qué consecuencias tiene esto? Principalmente una reducción de las precipitaciones. Y esa disminución impacta múltiples sectores. El primero que suele asociarse es el energético, debido al antecedente del racionamiento eléctrico de 1992.
Sin embargo, existen otras afectaciones relevantes, particularmente en el sector agropecuario, donde menores lluvias reducen los rendimientos agrícolas y la capacidad de llenado de grano. Otro componente crítico es el saneamiento básico, como quedó evidenciado recientemente con los racionamientos de agua en Bogotá. A esto se suma un aspecto del que poco se habla: las afectaciones en salud pública.

SEMANA: ¿Qué probabilidades existen actualmente de que se configure un ‘Súperniño’?
C. P.: Lo que resulta especialmente preocupante es que la probabilidad de un ‘Súperniño’ hacia enero del próximo año ya se aproxima al 30 %. En climatología siempre se trabaja en términos probabilísticos; no es cosa de un sí o de un no, como nos gusta a los seres humanos. No obstante, si el escenario de un ‘Súperniño’ se materializa, el panorama cambia sustancialmente.
Lo digo con claridad: Colombia no está preparada para enfrentar un probable ‘Súperniño’. El país no cuenta actualmente con las herramientas suficientes y, de hecho, muchos de los modelos climatológicos nacionales ni siquiera contemplan ese escenario debido a su baja frecuencia histórica. Incluso un fenómeno de El Niño convencional ya representa enormes dificultades para el país.
Actualmente, Colombia opera cerca de su límite energético. La dependencia creciente del gas natural licuado importado refleja las limitaciones de las reservas nacionales, mientras la capacidad de importación también comienza a acercarse a su máximo operativo. En un escenario extremo, el país podría enfrentar simultáneamente estrés térmico y estrés energético, generando riesgos importantes para el sistema eléctrico nacional.

SEMANA: Desde el sector energético se ha advertido sobre déficits importantes frente al fenómeno de 2023-2024. ¿Qué análisis hace usted sobre esta situación?
C. P.: Existen varias dificultades estructurales. En primer lugar, varios proyectos de energías renovables, especialmente eólicos en La Guajira, no han entrado ni entrarán en operación dentro de los tiempos previstos. Tres proyectos grandes como EDPR, ENEL y EPM no alcanzan a entrar a tiempo, solo el de EPM (que lo compró Ecopetrol) debería estar andando el próximo año.
A esto se suma el retraso en proyectos de líneas de transmisión, fundamentales para garantizar resiliencia y distribución eficiente de energía en el sistema nacional. Nuestras reservas de gas natural han venido colapsando desde hace más de 10 años. La decisión del actual Gobierno de frenar nuevos contratos de exploración agrava aún más el panorama. ‘Tenemos más que suficiente’, señalaban, sin embargo, la evidencia técnica nos dice que no.
Desde hace pocos años, pasamos de importar gas natural solo para aportar una cuota a las térmicas. Hoy, cuando un ciudadano utiliza gas natural domiciliario, entre el 21 % y el 23 % de ese suministro ya corresponde a gas natural licuado importado. Esto tiene implicaciones económicas y ambientales relevantes.
Adicionalmente, el país enfrenta limitaciones en capacidad de regasificación, debido a que la infraestructura existente fue diseñada principalmente para respaldar generación térmica y no para atender masivamente el consumo residencial.

SEMANA: ¿Cómo impactaría este fenómeno a las reservas hídricas?
C. P.: La dinámica es compleja. Actualmente, algunas hidroeléctricas están reservando agua para enfrentar posibles escenarios críticos futuros, lo que también influye sobre el precio de la energía. Algunas personas interpretan esto como especulación, pero realmente responde a la necesidad de administrar cuidadosamente el recurso hídrico ante un eventual estrés hidrológico severo.
Cuando disminuyen las precipitaciones, los embalses deben operar con criterios de máxima eficiencia, no solo para generación eléctrica, sino también para garantizar abastecimiento de agua potable y saneamiento básico. Por eso resulta fundamental que alcaldías, gobernaciones y el Gobierno Nacional implementen desde ahora campañas intensivas de ahorro de agua y energía dirigidas a hogares, empresas e instituciones públicas.

SEMANA: ¿Qué riesgos representa un ‘Súperniño’ para la salud pública?
C. P.: En gestión del riesgo existen dos variables centrales: la amenaza y la vulnerabilidad. La amenaza climática no puede eliminarse; el fenómeno va a ocurrir y posiblemente se intensifique. Lo que sí puede reducirse es la vulnerabilidad institucional y social.
En materia de salud pública, es indispensable fortalecer la vigilancia epidemiológica. Alcaldías, gobernaciones y Gobierno Nacional deben aumentar significativamente la inversión destinada a equipos técnicos de epidemiología de campo, talento humano especializado y herramientas tecnológicas que permitan detección temprana de enfermedades y seguimiento oportuno de brotes.
La salud pública no se resuelve únicamente mediante comunicados o circulares administrativas. Requiere inversión sostenida en capacidades técnicas, sistemas de monitoreo y procesos de educación ciudadana que permitan adoptar medidas preventivas desde los hogares y las comunidades.
