Cuidar a los padres durante la vejez mientras se mantiene la crianza de los hijos puede convertirse en una doble carga para unos adultos que deben responder simultáneamente por las necesidades de dos generaciones. Además del impacto emocional y familiar, esta responsabilidad tiene consecuencias sobre el tiempo disponible, la vida laboral y las finanzas de los hogares.

El tema cobra mayor relevancia en Colombia ante el peso que ya tiene el trabajo doméstico y de cuidado no remunerado. Según el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (Dane), en 2024 este trabajo tuvo un valor económico de $ 340,5 billones, equivalente al 19,9 % del PIB nacional. De las 44.326 millones de horas dedicadas a estas actividades, el 75,9 % correspondió a mujeres.
El impacto se concentra en las edades en las que muchas personas tienen simultáneamente responsabilidades laborales y familiares. Las cuentas nacionales de transferencia del tiempo del Dane muestran que entre los 27 y los 59 años se registra la mayor brecha en el tiempo destinado al trabajo doméstico y de cuidado: las mujeres dedicaron en promedio 23,5 horas semanales a estas actividades, frente a 8,6 horas de los hombres.
Esto significa que, para quienes deben cuidar a sus hijos y, al mismo tiempo, atender las necesidades de padres mayores, la conciliación puede convertirse en un desafío adicional. El cuidado no remunerado, además, vuelve a aumentar durante la vejez después de concentrarse en los primeros años de vida. El Dane señala que su suministro recae principalmente en las mujeres en edad productiva, de 15 a 59 años, quienes destinan en promedio 5,2 horas semanales frente a 1,5 horas de los hombres.

A esta realidad se suma el componente emocional. Joaquín Mateu Mollá, director de la Maestría en Gerontología y Atención Centrada en la Persona de la Universidad Internacional de Valencia (VIU), explica que el cuidado de los padres implica una inversión de roles: quienes fueron cuidados pasan a asumir el papel de cuidadores. Según el experto, cuando esta transición se impone como una obligación, puede generar sentimientos de culpa, resentimientos y tensiones en las relaciones familiares.
El problema adquiere otra dimensión cuando esa responsabilidad coincide con la crianza de los hijos. Para Mateu, el cuidado debería sustentarse en la voluntad y en vínculos afectivos, mientras que la respuesta frente al envejecimiento de la población no puede recaer únicamente en las familias.
Los datos del Dane muestran, además, que las mujeres en edad productiva ya soportan una parte desproporcionada de estas tareas. En los hogares nucleares con hijos, ellas asumieron el 75,5 % de las horas de trabajo doméstico y de cuidado no remunerado; en los hogares extensos, la proporción llegó al 81,5 %.

Por eso, el debate trasciende la obligación familiar. Mateu plantea la necesidad de sistemas de cuidado con financiación pública, servicios profesionales y apoyo comunitario, acompañados de medidas como conciliación laboral, teleasistencia, subsidios y viviendas accesibles.
La dimensión económica también es evidente: las mujeres produjeron en 2024 el equivalente a $ 213,4 billones en trabajo doméstico y de cuidado no remunerado, frente a $ 75,7 billones aportados por los hombres.
Así, mientras el envejecimiento aumenta las necesidades de cuidado, la llamada ‘generación sándwich’ enfrenta el reto de sostener a sus hijos y padres sin que esa responsabilidad termine afectando sus oportunidades laborales, sus ingresos y su propia estabilidad financiera.
